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    Objeciones de la memoria
Martí Batres Guadarrama
22 de febrero de 2008

La ruta de la privatización del petróleo

A los promotores de la privatización del petróleo no les gusta llamar a las cosas por su nombre. Por eso dicen que no se va a privatizar Pemex, que no se va a vender “un solo tubo de esta empresa”, que “no habrá capital privado al interior de la paraestatal”, que “ninguna planta industrial pasará a manos privadas”. Y en efecto, la ruta de la privatización del crudo es otra.

Puede ocurrir aún sin vender la empresa. El antecedente más cercano es el caso de la electricidad. La CFE no ha sido vendida a ninguna empresa privada —ni en su totalidad ni en partes—, pero en 15 años los particulares alcanzaron ya el control de 33% de la generación eléctrica nacional. Esto es lo que se quiere hacer en el caso del petróleo.

La propuesta que tienen, y que aún no han dado a conocer, es abrir a empresas extranjeras privadas, en particular de EU, la exploración y explotación de los yacimientos aún no industrializados por Pemex. Por eso insisten en que no se venderá esta empresa.

Sin embargo ese proyecto está encaminado a la peor privatización posible. Se trata de entregar a manos privadas extranjeras las reservas potenciales para que éstas se queden con la parte más jugosa —económicamente hablando— de la riqueza petrolera actual. En tanto, se condena a Pemex a un proceso de chatarrización de las instalaciones donde actualmente se explotan los mantos por agotarse.

De esta forma, con el paso del tiempo, las empresas privadas irán controlando un porcentaje cada vez mayor de las reservas de crudo extraídas del subsuelo mexicano, mientras que la empresa pública más importante del país se hará cada vez más pequeña.

En síntesis, la explotación petrolera entraría en un acelerado proceso de privatización. La planta productiva nacional compraría cada vez más derivados del petróleo a empresas como Texaco, Chevron, Exxon, Mobil, Standard Oil, Royal Dutch Shell o British Petroleum. En contrapartida, Pemex pasaría a ser una empresa más, pero eso sí, con una carga fiscal insostenible y con enorme endeudamiento heredado de diversas administraciones.

Los resultados del proyecto al que ruborizadamente llaman “alianzas estratégicas”, serían varios, entre otros: las grandes compañías extranjeras se apropiarían de las reservas restantes; éstas engrosarían el potencial energético del vecino del norte; el Estado mexicano perdería la principal fuente de sus ingresos; México, como nación, dejaría de controlar la más importante de sus industrias. Pero sobre todo: una vez establecidas, nunca volveríamos a sacar a las compañías petroleras extranjeras de nuestro territorio.

 
 
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