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Paul Krugman
21 de febrero de 2008

La pobreza envenena

“La pobreza en edad temprana envenena el cerebro”. Así empezaba una nota publicada el domingo en el Financial Times, que resumió una investigación presentada la semana pasada ante la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia (AAAS, por sus siglas en inglés)

“La pobreza en edad temprana envenena el cerebro”. Así empezaba una nota publicada el domingo en el Financial Times, que resumió una investigación presentada la semana pasada ante la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia (AAAS, por sus siglas en inglés).

La nota explicó que neurocientíficos descubrieron que “muchos niños de familias muy pobres y estatus social bajo experimentan niveles nocivos de hormonas del estrés, los cuales dañan su desarrollo neuronal”. El efecto es que perjudican el desarrollo del lenguaje y la memoria —y por lo tanto la capacidad de escapar de la pobreza— para el resto de la vida del niño.

Así que ahora tenemos otra razón, incluso más convincente, para estar avergonzados por el fracaso de Estados Unidos en su lucha contra la pobreza.

Lyndon B. Johnson declaró su “guerra contra la pobreza” hace 44 años. Contrario a la cínica leyenda que se ha propalado, en los siguientes años se registró de hecho una importante reducción de la pobreza, especialmente entre los niños, cuyo índice de pobreza disminuyó de 23% en 1963 a 14% en 1969.

Pero a partir de entonces el avance se estancó: la política estadounidense se inclinó a la derecha, la atención se centró no en el sufrimiento de los pobres sino en los supuestos abusos de beneficiarios del sistema de asistencia social que incluso compraban Cadillacs, y la lucha contra la pobreza fue en gran parte abandonada.

En 2006, 17.4% de los niños de Estados Unidos vivían por debajo de la línea de pobreza (LP), cifra considerablemente superior a la de 1969. E incluso esta medida probablemente subestima la verdadera profundidad de la miseria que sufren muchos niños.

Vivir en la pobreza o cerca de la línea de pobreza siempre ha sido una forma de exilio, de ser eliminado de la sociedad en general. Sin embargo, la distancia entre los pobres y el resto de nosotros es mucho mayor ahora que hace 40 años, debido a que el ingreso de la mayoría de los estadounidenses ha aumentado en términos reales, mientras que la línea de pobreza oficial no.

Hoy, ser pobre en Estados Unidos es, incluso más que en el pasado, ser un marginado en su propio país. Y eso, nos dicen los neurocientíficos, envenena el cerebro de un niño.

La incapacidad de Estados Unidos para lograr avances en la reducción de la pobreza, especialmente entre los niños, debería provocar muchos exámenes de conciencia. Desafortunadamente, lo que con frecuencia provoca es una gran creatividad para fabricar excusas.

Algunas de estas excusas toman la forma de declaraciones de que los pobres de Estados Unidos realmente no son tan pobres, afirmación que siempre me ha hecho preguntarme si quienes la hacen vieron algo de televisión durante el huracán Katrina, o si han mirado a su alrededor mientras visitan alguna ciudad importante de Estados Unidos.

Pero las justificaciones para la pobreza principalmente se relacionan con la afirmación de que Estados Unidos es la tierra de las oportunidades, un lugar donde la gente puede iniciar siendo pobre, trabajar duro y volverse rico.

Lo cierto es que las historias de haber consumado el sueño americano son raras, y las historias de gente que no puede escapar a la pobreza de sus padres son muy comunes.

Según estimaciones recientes, los niños estadounidenses nacidos de padres que pertenecen a 25% más bajo de la pirámide de ingresos tienen casi 50% de posibilidades de permanecer ahí, y casi 67% si son negros.

Esto no es una sorpresa. Crecer en la pobreza le coloca en una posición de desventaja en todo momento.

Voy a asociar estos nuevos estudios sobre el desarrollo del cerebro en edad temprana con uno realizado por el Centro Nacional de Estadísticas para la Educación, que analizó en 1988 a un grupo de estudiantes de secundaria. El estudio determinó, a grandes rasgos, que en el Estados Unidos moderno la posición social de los padres es más importante que la capacidad: los estudiantes que tuvieron un buen desempeño en una prueba estándar, pero que provenían de familias de estatus bajo, tenían menos probabilidades de cursar la universidad que los estudiantes que tuvieron un desempeño pobre pero tenían padres acomodados.

Nada de esto es inevitable.

Las tasas de pobreza son mucho más bajas en la mayoría de los países europeos que en Estados Unidos, principalmente gracias a los programas gubernamentales que ayudan a los pobres y a los menos afortunados.

Y los gobiernos que se lo proponen pueden reducir la pobreza. En Gran Bretaña, el gobierno laborista que llegó al poder en 1997 hizo de reducir la pobreza una prioridad y, a pesar de algunos reveses, su programa de subsidios al ingreso y otro tipo de ayuda han logrado bastantes avances.

La pobreza entre los niños, en particular, ha sido reducida a la mitad de acuerdo con la medida que corresponde de manera más cercana a la definición estadounidense.

En este momento es difícil imaginar que algo similar pueda suceder en este país. En honor a la verdad —y a John Edwards, que los acicateó para hacerlo—, tanto Hillary Clinton como Barack Obama están proponiendo nuevas iniciativas contra la pobreza. Pero sus propuestas son modestas en alcance y están lejos de ser temas centrales de sus campañas.

No los culpo por eso; si un progresista gana la elección, será prometiendo calmar la ansiedad de la clase media más que ayudar a los pobres. Y por varias razones, el cuidado médico, no la pobreza, debe ser la prioridad número uno de una administración demócrata.

Pero esperemos que, a final de cuentas, la nación retome la tarea que abandonó: poner fin a la pobreza que todavía envenena tantas vidas estadounidenses.

 
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PERFIL
 
Sin duda, uno de los economistas más destacados del mundo. Autor de más de 18 libros y columnista estrella del New York Times, ha pasado toda su vida académica investigando y dando clases en Yale, Stanford, MIT y actualmente Princeton. Krugman escribe, según sus propias palabras, para incomodar a la gente. "Si una columna no genera inquietud al leerla, entonces el autor ha malgastado el espacio. Esto es particulamente cierto en economía, donde todos tienen fuertes puntos de vista, pero pocos se detienen a reflexionar sobre ellos".
 
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