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José Carreño Carlón
21 de febrero de 2008

Fidel y AMLO: ‘razón histórica’ para ‘presidencias ’ vitalicias

Enraizada en la patria misma, la pretensión del liderazgo legítimo e imprescindible

Los veneros de petróleo, escriturados como último asidero del caudillismo

Fidel Castro ha vuelto a ocupar, desde las primeras horas del martes, un lugar destacado de la agenda pública mexicana. La amplia cobertura de los medios de nuestro país sobre la decisión del líder cubano de dejar en definitiva algunos de los principales cargos de gobierno que le permitieron concentrar el poder en la isla a lo largo de casi medio siglo parece resultado de una rigurosa aplicación del concepto de valores de las noticias.

Aparece obviamente el valor de la oportunidad de la cobertura, pero enseguida resalta el valor de la cercanía, la familiaridad del personaje con significativas audiencias de los medios mexicanos.

Primero, porque la relación de México con la Cuba de la revolución encarnada en Fidel Castro se convirtió desde los años 60 del siglo pasado en el referente simbólico de la capacidad de México y del valor de sus gobernantes para mantener la dignidad de la política exterior y de la política a secas de las cabezas del Estado mexicano.

Segundo, porque la Revolución Cubana y sus líderes marcaron la llegada al uso de la razón política de varias generaciones de mexicanos que hoy ocupan sitios relevantes de gobierno, partido, universidades y medios de comunicación.

Tercero, porque Fidel Castro se convirtió en un personaje legendario para las audiencias más amplias del país por su supervivencia a 10 presidentes de Estados Unidos que lo erigieron en pánico continental.

Cuarto, porque estas mismas audiencias mexicanas lo hicieron suyo, lo sintieron local al escucharlo en la televisión nacional con su despliegue de habilidades histriónicas, escénicas y políticas frente a su menos agraciada contraparte mexicana —el presidente Fox y su Cancillería—, y porque el poder de recordación de aquel programa estelar se reforzó y se prolongó en el tiempo con toda clase de parodias, chistes y anuncios publicitarios.

Quinto, porque Fidel Castro no sólo se ha mantenido como una figura tutelar de la izquierda mexicana, sino que todavía algunos de sus personajes más destacados de hoy se mantienen mimetizados en los reflejos políticos y retóricos del líder cubano.

De esos reflejos, con la alta calidad del modelo original, está colmado el texto con el que Fidel anunció su decisión del martes. Y de los mismos reflejos, pero con la baja calidad de un modelo de imitación, está plagada la retórica de Andrés Manuel López Obrador, el líder más poderoso de la izquierda mexicana, en su reaparición mediática de la semana.

Presidentes legítimos/vitalicios

Sobran las especulaciones de los medios mexicanos e internacionales sobre si el movimiento del líder cubano le restará peso en el mando de su país. Los códigos de su discurso no requieren mayores esfuerzos de decodificación. La “razón histórica” encarnada en su persona, la “causa histórica” que encabeza, animan también su “deseo” de “siempre”, dice, de “cumplir el deber hasta el aliento”. “Es lo que puedo ofrecer”, remata. Es decir, un mando vitalicio, independientemente de que esta vez no opte por el cargo de presidente del Consejo de Estado que se confirió desde 1976, o por el de primer ministro que se dio en 1959, con lo cual completaría un mando real de 50 años el próximo 1 de enero de 2009.

La (mala) réplica mexicana ha prefigurado también esta semana su mando vitalicio. No sólo en las fantasías de “su sexenio”, que está corriendo ahora como “presidente legítimo”, sino con su disposición expresa de mantener a perpetuidad el mando real sobre el partido de la izquierda mexicana.

En cuanto al primer punto, Jacobo Zabludovsky le preguntó en Radio Centro la semana pasada: —“¿Va a ser usted nuevamente candidato a la Presidencia de México?”. —“Yo ya soy presidente legítimo de México y estoy trabajando en esa encomienda”, respondió, y siguió: “Lo del 2012, lo que tendrá que llegar, pues eso no es ahora lo fundamental…”. Luego vino el comentario socarrón de Jacobo: —“Deduzco que usted, señor López Obrador, no será candidato a la Presidencia de México otra vez, porque si es usted presidente legítimo equivaldría a tratar de violar la Constitución que impide la reelección”. Y ante esto, AMLO se apresuró a atajar: —“Eso habría que verlo en su momento, ahí los juristas lo tendrían que resolver, no vamos a sacar adelante al pueblo si no hay una transformación de la vida pública de México y eso es mucho más importante que cualquier cargo, aunque se trate del cargo de Presidente de la República”, porque lo importante es el poder de mando, le faltó quizá redondear.

Pero eso fue lo que se encargó AMLO de dejar en claro —en el plano de su partido— en la entrevista de esta semana con Joaquín López Dóriga en Radio Fórmula. A la pregunta de si no es romper el equilibrio de una contienda interna en el PRD el hecho de que López Obrador se pronuncie a favor de uno de los candidatos, el líder supremo respondió que estaba en su derecho. Y ante la repregunta de si eso no polariza también la situación dentro del PRD, AMLO lanzó un agregado para subrayar que, además, su liderazgo es imprescindible, al recordar que en alguna ocasión decidió abstenerse de decidir y se creó un lío.

También en este punto Fidel describe mejor esa calidad de imprescindible, sólo vulnerable con la eventual muerte del líder. Después de contar que sus “compañeros de la dirección del Partido y el Estado fueron renuentes” a considerarlo apartado de sus cargos a pesar de su “estado precario de salud”, además de que en ese aspecto “era incómoda” su “posición frente a un adversario (Estados Unidos) que hizo todo lo imaginable por deshacerse” de él “y en nada (le) agradaba complacerlo”, admite que “en el caso de un desenlace adverso (de su enfermedad), vendrían noticias traumáticas a nuestro pueblo en medio de la batalla”, por lo que es necesario, se resignó finalmente, “prepararlo” para su “ausencia, sicológica y políticamente”. Ésta es, dice, su “primera obligación después de tantos años de lucha”.

La suave patria petrolera

En su turno, AMLO trata de enraizar en la patria misma su pretensión de liderazgo legítimo y vitalicio. Él es el defensor de la patria frente a los traidores que pretenden cambiar la situación de una industria petrolera en franco declive productivo. Ésta es la razón histórica, la causa histórica que lo hace una vez más imprescindible.

A él el niño Dios no le escrituró un establo sin los meros-meros veneros de petróleo, que López Velarde supuso escriturados por el diablo.

Para la estrategia de AMLO, la causa petrolera puede ser el último asidero de su liderazgo caudillista y de allí su vehemencia en mantener a raya todo intento de reforma en la materia.

Una vez más sigue, con mala factura, el modelo original. “Prepararse siempre para la peor de las variantes… El adversario a derrotar es sumamente fuerte, pero lo hemos mantenido a raya durante medio siglo”, se ufana Fidel en esta despedida, en condiciones que nada tienen que ver con la de su admirador local.

jose.carreno@uia.mx

 
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PERFIL
 
José Carreño Carlón: Premio Nacional de Periodismo por artículo de fondo, director de la oficina presidencial de comunicación, son algunos datos de una trayectoria de décadas en la comunicación pública.

Profesor de derecho de la información de la UNAM y coordinador de periodismo de la Universidad Iberoamericana, realizó sus estudios de licenciatura en la Universidad Nacional y los de pos-grado en Leiden (Países Bajos) y Navarra (España)

 
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