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Una crisis de fe
Hace una década, durante la última crisis financiera global, la palabra en boca de todo el mundo era “contagio”. Los problemas que comenzaron en un país lejano del que la mayoría de la gente no sabía nada (Tailandia); con el tiempo se extendieron a naciones mucho más grandes sin conexión obvia con el sudeste de Asia, como Rusia y Brasil Actualmente estamos presenciando otro tipo de contagio, no tanto entre países sino entre mercados. Los problemas que comenzaron hace poco más de un año en un oscuro rincón del sistema financiero —los títulos respaldados por hipotecas de alto riesgo con calificación BBB menos—, se han propagado a los bonos corporativos, los préstamos automotrices, las tarjetas de crédito y, ahora —la víctima más reciente—, los préstamos estudiantiles. De hecho, esta semana el estado de Michigan suspendió un importante programa de préstamos estudiantiles debido al repentino colapso de otro mercado de 300 mil millones de dólares del que nunca se ha escuchado hablar: el mercado de títulos de tasa variable fijada por subasta. ¿Por qué una crisis que comenzó con los préstamos a un grupo limitado de compradores de vivienda terminó fracturando una gran parte del sistema financiero? Porque, en última instancia, es más que una crisis de hipotecas de alto riesgo; de hecho, es más que una crisis inmobiliaria. Es una crisis de fe. Sé que eso suena dramático, pero permítame contar lo que acaba de suceder con los títulos a tasa variable fijada por subasta. Al igual que muchas de las innovaciones financieras que ahora están siendo cuestionadas, los títulos a tasa variable fijada por subasta son operaciones complicadas que parecían ofrecer algo a cambio de nada. Parecían ofrecerle a los emisores, normalmente gobiernos locales o agencias cuasigubernamentales, como la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey y la Agencia de Préstamos Estudiantiles para Educación Superior de Michigan, una manera de obtener préstamos a largo plazo sin tener que pagar las relativamente altas tasas de interés que los inversionistas generalmente solicitan sobre los créditos a largo plazo. Al mismo tiempo, parecían ofrecerle a los inversionistas un instrumento tan bueno como el dinero —siempre disponible en caso de ser necesario—, pero que pagaba tasas de interés superiores a los depósitos bancarios. Claro que en todo este proceso la palabra clave es “parecían”. Los títulos a tasa variable fijada por subasta parecían ser igual de buenos que el dinero en efectivo porque involucraban la realización de, bueno, subastas regulares, llevadas a cabo hasta una vez por semana, en las que los inversionistas que querían salirse le vendían sus posiciones a inversionistas que querían entrar. En principio, siempre era posible que las subastas fallaran debido a la falta de suficientes compradores dispuestos, pero se suponía que eso nunca sucedería. Entretanto, estos valores parecían ser un buen negocio para los que tomaban prestado a pesar del hecho de que incluyen una cláusula de penalización: si una subasta fracasa, la tasa de interés que debe pagar el emisor aumenta. (La Autoridad Portuaria tuvo una subasta fallida la semana pasada y la tasa de interés que paga se disparó de 4.3% a 20%). Mire, se suponía que nunca habría subastas fallidas, por lo que las penalizaciones nunca serían relevantes. Ahora, lo que supuestamente nunca debió suceder está sucediendo. En las últimas semanas han fracasado una serie de subastas, dejando sin espacio de maniobra a inversionistas que pensaban que tenían acceso inmediato a su dinero, aun cuando los emisores han tenido que pagar tasas de penalización. El colapso del mercado de los títulos de tasa variable fijada por subasta no es un reflejo de problemas recién descubiertos en los emisores: la Autoridad Portuaria tiene actualmente unas situación financiera tan sólida como la de hace un mes. En lugar de eso, se trata de un contagio de la más amplia crisis crediticia. Una fuente de contagio son las aseguradoras de bonos llamadas monolínea, las compañías de seguros especializadas que supuestamente deben garantizar la deuda. Estas compañías aseguraron a los compradores de deuda gubernamental local contra pérdidas, pero también garantizaron muchas inversiones relacionadas con las hipotecas de alto riesgo, lo que hace a muchos preguntarse si realmente tienen el dinero para compensar a los perdedores en otros mercados. Más importante es, sin embargo, la manera en que la crisis financiera siempre en expansión ha cimbrado la fe de los inversionistas en el sistema en su conjunto. La gente ya no confía en las declaraciones de que los elegantes instrumentos financieros funcionarán del modo en que supuestamente deben hacerlo; después de todo, saben lo que le sucedió a la gente que creyó que sus títulos respaldados por hipotecas de alto riesgo eran seguros, inversiones con calificación triple A. ¿Por qué, entonces, habrían de creer que los títulos de tasa variable fijada por subasta son igual de buenos que el efectivo? Y la pérdida de confianza puede convertirse en una profecía autocumplida. Ahora que los nuevos inversionistas se rehúsan a comprar títulos de tasa variable fijada por subasta porque ya no consideran que son igual de buenos que el dinero en efectivo, estos instrumentos se vuelven una inversión mucho peor. No hace falta decir que todo esto es malo para la economía. Quiero pensar que lo que está sucediendo es una especie de repetición —a menor escala— de la crisis bancaria que arrasó con Estados Unidos en 1930 y 1931. Los frustrados inversionistas que no pueden sacar su dinero de los valores a tasa variable fijada por subasta no son tan “fotografiables” como las turbas molestas arremolinadas afuera de los bancos cerrados, pero el principio es el mismo. Y los efectos también: los que necesitan crédito no pueden obtenerlo, y la economía sufre. Una medida sencilla de la gravedad del problema de crédito es esta: aunque en las últimas semanas la Reserva Federal ha recortado drásticamente la tasa de interés que controla, los costos de crédito que enfrentan muchas compañías y hogares de hecho han aumentado. Y el contagio financiero sigue propagándose. ¿Cuál será el siguiente mercado?
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