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    La Primera Dama
Colectivo
17 de febrero de 2008

Al infierno en microsusto

Aunque el pasito tun tun fue inventado para cadencias más sabrosas, así es como avanza el microsusto que se abre paso entre frenazos y acelerones calculados quién sabe si para amedrentar a quienes ya están a bordo, bamboleándose como fichas de dominó, o para burlar a quienes esperan subir pero hasta el último instante apuestan si el capricho del conductor lo hará parar o si en el último instante va a seguirse a la siguiente esquina, porque no tiene quién lo mande y aparece cuando le viene su real gana.

Ahora sí acelera a fondo para ganarle a otro microbusero que salió un poco antes y ya le ha agandallado varios pasajeros. Éstos se aferran a los asientos pringosos, desollados y brillantes como espejos: algunas son sillas tan chaparras que hay que cuidarse de los pisotones, otras se inclinan como resbaladillas y los sufridos ciudadanos tienen acceso gracias a su tarifa de dos pesos cincuenta al reto de una sesión de sentadillas que ni en el estudio de pilates les trabajaría los músculos con más rigor. Arreglárselas con los paquetes y los niños son habilidades que no agregan puntuación, pero permiten sudar un poco más a fondo en el agobio del pasillo abarrotado.

Llegar al destino prometido en el parabrisas del vehículo es posible, aunque nadie jamás está seguro. Quien viaja en microbús hace una alarde de la fe que quizá ya ha demostrado en peregrinaciones mejor encaminadas, pero ahora se prueba más sufridamente: una fe ciega que se afirma contra la incomodidad, contra el peligro constante, contra el trato brutal que si fuera aplicado a reses ya habría llamado la atención de alguna sociedad protectora de animales.

“Abandonad toda esperanza” debe decir más de un letrero a bordo de los microbuses donde Jesucristo suda gruesos goterones de sangre y eleva la mirada para contarse las espinas, preguntándose por qué este nuevo calvario en aras de una redención que nunca llega. ¡Lo que cala son los filos!

Qué razón tiene: todo esto no es más que una instantánea del purgatorio. El infierno sería atravesar la ciudad durante el paro de los 22 mil microbuses que atormentan a 6 millones de pasajeros cada día. Semejantes trancazos no hay que asestarlos, basta con dejar que por unos cuantos días el gobierno capitalino y los usuarios se imaginen crucificados entre el Metro pululante y las calles convertidas en hormigueros desmecatados. Ni a quien se le ocurra tomarse a la ligera la amenaza. Lo que los usuarios quisieran deslizar al debate es la pregunta sobre una verdadera mejora de este servicio sucio, peligroso e ineficiente en el que diariamente inmolan su equilibrio.

lg211@nyu.edu

Variaciones a la crónica de viaje

Todo apuntaba a que el lunes 11 de febrero de este año, la ciudad de México se vería inundada por cientos de pasajeros huérfanos de transporte público, dícese: microbús. Eso no ocurrió y muchos agradecieron que el 11 todo transcurriera de manera “normal”. Más allá de lo sorprendente que resulta este agradecimiento por un servicio que ha instituido infinidad de siniestras crónicas, es precisamente su condición generadora de éstas lo que se vuelve especialmente atractivo para soltar la pluma.

La crónica de un viaje en microbús por la ciudad de México es un género que ha alcanzado el grado de cliché bastante conocido por todos: los que viajan en él y los que han escuchado las siniestras narraciones para confirmar que hicieron bien en comprar un coche, caminar o viajar en taxi. Pero no se trata de cualquier crónica urbana, sino de aquella que encierra aspectos tan literarios como desconcertantes, contradictorios y antropológicos.

Desde el punto de vista literario, la narración de esta crónica aborda siempre los mismos eventos, pero en cada caso existe un detalle que la distingue de su antecesora y de su sucesora; así, las crónicas del viaje pueden considerarse un relato perenne que, sin embargo, cambia. Estos relatos son, además, parte de la tradición narrativa oral que en esta ciudad se transmite de generación en generación, como parte de las instrucciones de uso para lograr sobrevivir a una travesía en su interior. Relatada ad infinitum, se trata también de un ejercicio en el que cada narrador-pasajero-agraviado puede hacer de su crónica algo memorable, intenso, o simplón e insulso, y gracias a que las condiciones de este transporte no cambian con el paso de los años, he aquí una de esas premisas narrativas atemporales y universales —para quienes vivimos en esta ciudad— que pueden emplearse a la perfección para ejercitar a los alumnos de un taller literario y estructurar nuevas narraciones sobre el tema.

El desconcierto y la contradicción se ocultan en el estoico mutismo de sus pasajeros: aquellos que suelen contar la crónica y quejarse amargamente, siempre y cuando estén fuera del micro, adentro: nadie quiere enfrentarse solo al taimado chofer que amenaza con lanzar la bocanada de humo al primero que se atreva, o una retahíla de insultos para vacunarlo contra la intención de volverlo a hacer.

Esa actitud, la del mutismo colectivo de los pasajeros, es lo que quizá revele el aspecto antropológico de esta particular crónica, si bien generado mucho más allá del micro, ejemplificado de manera perfecta en su interior: cada uno de sus pasajeros desnuda, en el silencio y comportamientos sumisos, su condición de perteneciente a la sociedad de masas, es decir, individuo caracterizado por el anonimato (al subir al micro o colgarse de él, se pierde la calidad de persona para convertirse en parte de la masa humana que cabe en su interior), y carente de vínculos sociales (junto a los extraños, las excepciones que confirman la regla son aquellos que ceden el asiento, reniegan por la seguridad de los que van colgados o pugnan porque el micro se detenga en la esquina a fin de que el otro baje seguro); a causa de ese desarraigo cultural, no es extraño que frente a los múltiples males del micro el pasajero se muestre totalmente impotente, e incluso, termine conviniendo con la disposición de cometer los males él mismo (las lecciones de cómo hacer para “agandallar” el asiento, hacerse el distraído para no cederlo, entrarle a codazos para poder bajar y un largo etcétera).

Entre la mala condición de las unidades, las actitudes no siempre amables de los choferes, nuestra necesidad de continuar usándolos y las deplorables actitudes que terminan adoptando los pasajeros —condiciones que a lo que se ve no cambiarán en el futuro inmediato—, es posible asegurar que esas crónicas de viaje tenebroso continuarán floreciendo sobre terreno fértil, como la compañía indispensable de cada viaje en micro por la ciudad de México.

vizania@hotmail.com

 
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