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José Carreño Carlón
14 de febrero de 2008

El mensaje del norte: el elector desea cambios, no divisiones

El proceso electoral de EU generará expectativas en los votantes mexicanos

El papel de los jóvenes en el fenómeno Obama podría replicarse aquí en 2012

Del norte les llega un norte a los políticos mexicanos. Un norte en el sentido de guía o de pista, de tip o de dirección. Se trata de un norte bastante claro: después de periodos de empantanamiento de los asuntos públicos, entre grandes tensiones y discordias, como ha ocurrido en los dos cuatrienios de Bush en Estados Unidos o en los sexenios de Fox y de Zedillo en México, los electores exigen cambios reales para darles curso a los proyectos paralizados. Sí, pero exigen también que esos cambios incluyan proyectos de reconciliación que contrasten con las costosas divisiones y polarizaciones que desean dejar atrás, precisamente como una de las expresiones centrales de los cambios anhelados.

El dramático rebase, antenoche, de Barak Obama a Hillary Clinton, en la carrera por la nominación presidencial del Partido Demócrata de EU, puso de lleno el tema del proceso preelectoral estadounidense en la agenda del debate público mexicano. Especialmente la propuesta hasta hoy ganadora del senador de Illinois por un cambio profundo, pero que no divida, que no polarice, sino que una y concilie a su país. De particular interés resulta la observación de que, de este discurso rector de Obama, se han hecho portadores millones de jóvenes que han duplicado y hasta triplicado la participación histórica en las urnas de las primarias del Partido Demócrata.

Pero este norte que envía el proceso extraordinario que vive la esfera pública estadounidense no sólo ofrece valiosas lecciones a los políticos mexicanos, sino que también envía impactantes mensajes a los ciudadanos más atentos de nuestras clases medias, ese sector de la población que tradicionalmente ha mantenido y mantiene fuertes impulsos de emulación de la sociedad de EU.

El atractivo para estos mexicanos ya no se reduce al asombro de contemplar que por primera vez la presidencia de Estados Unidos está al alcance de un afroestadounidense abiertamente progresista como Obama, en cerrada competencia con una mujer, también en la antesala de la Casa Blanca, Hillary Clinton. O que uno de estos dos se vaya a enfrentar a un conservador de la tercera edad, John McCain, que sorprendentemente ha defendido contra los suyos proyectos innovadores en temas de lo más sensibles, como el de migración.

Un atractivo adicional a este novedoso espectáculo parece radicar en la observación de la familiaridad con que aparecen como completamente viables tres opciones que las rutinas y las reglas establecidas mostraban como inviables apenas semanas atrás.

Dick Morris: derrota de Hillary

Este espectáculo cautivador muy probablemente incidirá en las expectativas de los electores mexicanos en los próximos procesos. Porque para estos votantes podría resultar altamente seductor un fenómeno que parece más que nunca regido por una renacida percepción de que es el poder de los electores —con sus respuestas a las ofertas de los prospectos a gobernarlos— el que puede hacer cambiar las cosas. Esto, al grado de que ahora, de pronto, ese poder transformó radicalmente unas reglas del juego no escritas, pero vigentes por más de dos siglos, que hacían imposible, por ejemplo, una opción real a la presidencia para las mujeres y los negros.

En este sentido, este (así vivido) poder de los electores parece haber acelerado el proceso de extinción de los viejos patrones de comportamiento político de Estados Unidos, dictados por lo que se llamó desde los años 60 del siglo pasado el establishment, de acuerdo con el puntual recuento de Nicholas Confessore en The New York Times del domingo (“The Vanishing Establishment”). Y éste es otro dato central que no deberían pasar por alto los políticos mexicanos, tan atentos a las señales de las principales zonas del establishment de nuestro país en los grandes negocios, los partidos y los medios.

Pero hay un elemento adicional en las cifras electorales de este martes. La forma en que la opción de Obama le quitó la mitad de los votos de las mujeres blancas a Hillary Clinton en Virginia confirmó la tendencia de los estados de mayoría blanca en los que se mostró la supremacía del discurso y de la estrategia del aspirante negro. Obama parece haber derrotado ya en toda la línea la estratagema de los Clinton para reducir al senador afroestadounidense a una opción étnica marginal, de un outsider —sin experiencia de gobierno ni familiaridad con el poder— y por tanto a una opción condenada al fracaso.

Cada vez más lejos de ver cumplido este propósito, operado de manera personal por el propio ex presidente Clinton, el resultado del martes perfila un final de campaña en que el discurso de la candidata blanca, centrado en su familiaridad con el poder, la redujo a una opción conservadora en franca derrota frente a la oferta de cambio de Obama, como lo escribió ayer Dick Morris, nada menos que el ex estratega de Bill Clinton. Mientras que el saldo específico de Virginia apunta a un desenlace cada vez menos centrado en las banderas o las políticas de identidad: de género o de raza. Más bien la opción tenderá cada vez más a plantearse —como ya se ha escrito— entre el pasado (de los clanes de los Clinton o de los Bush o de otras propuestas convencionales) y el futuro que proponen los jóvenes obamistas.

Hacia esa opción de futuro apunta a su vez la abrumadora votación recibida el mismo martes por Obama en Maryland, una circunscripción de adultos jóvenes de mediana y alta posición económica —y de la más diversa composición multirracial y multicultural— que terminan su formación como parte de los cuadros dirigentes en las escuelas de graduados de las importantes universidades de la región.

Hacer o repetir la historia

Y no es que haya que dar ya por triunfadora esta opción de futuro. Faltan muchos meses y muchas maniobras, muchos millones de dólares y muchos movimientos de acción y de reacción de los contendientes. Incluso las grandes expectativas de hoy pudieran terminar también en grandes frustraciones en las convenciones partidistas de agosto y en la elección nacional de noviembre.

Pero eso no le resta pertinencia a los mensajes de la esfera pública estadounidense a la agenda mexicana. Tampoco a la conclusión extendida de que los actores políticos y las oleadas de participantes en este proceso electoral de Estados Unidos están haciendo historia, es decir, están escribiendo un capítulo original de una historia que están contribuyendo a cambiar.

Esto, ante las expresiones de los más visibles actores políticos mexicanos empeñados en prolongar el empantamiento nacional, en exacerbar divisiones atávicas entre traidores y defensores de la patria y en repetir la historia, o francamente regresarla. Bien harían en seguir los reportes de Roy Campos (consulta.com.mx) sobre los contingentes, la edad y la escolaridad de los mexicanos atentos al proceso electoral estadounidense, para prever las expectativas con las que llegarán a las urnas en los siguientes procesos.

jose.carreno@uia.mx

 
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PERFIL
 
José Carreño Carlón: Premio Nacional de Periodismo por artículo de fondo, director de la oficina presidencial de comunicación, son algunos datos de una trayectoria de décadas en la comunicación pública.

Profesor de derecho de la información de la UNAM y coordinador de periodismo de la Universidad Iberoamericana, realizó sus estudios de licenciatura en la Universidad Nacional y los de pos-grado en Leiden (Países Bajos) y Navarra (España)

 
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