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En 1823, Simón Rodríguez —personalidad pasmosa que había sido el maestro de Simón Bolívar— regresó de Europa, donde había convivido con el propio Simón Bolívar y Humboldt, y tuvo su reencuentro con el Libertador. Después de las batallas históricas de Junín (6 de agosto de 1824) y Ayacucho (9 de diciembre de 1824) que puede decirse constituyeron, las dos —una ganada por Bolívar y la otra por Sucre—, la derrota final de los últimos ejércitos españoles en América, la independencia de las naciones liberadas por Bolívar, parecía un enorme acontecimiento. Simón Bolívar interrogó a Simón Rodríguez. Éste le dijo: “Repúblicas sin ciudadanos y sin republicanos”. ¿Los hemos creado ya y qué responsabilidad duerme, insomne, bajo la cabeza de caudillos y los gobernantes nunca cansados del botín del poder? Justamente por ello tiene interés acercarse a la visión que tuvieron los grandes capitanes respecto a los problemas, ineludibles, deparados por la Independencia. En suma, ¿cuál fue su interpretación de la organización jurídica y política de las nuevas naciones? La correspondencia y los escritos de Bolívar y San Martín —este último inseparable de la independencia de Argentina y propulsor de la de Chile, con Bernardo O’Higgins y la de Perú con Bolívar— tienen notable interés. Lectura hacia adentro; hacia la conciencia. En 1829, el 5 de abril, desde Montevideo, San Martín escribía a O’Higgins (“compañero y querido amigo”) y le decía: “Las agitaciones consecuentes de 19 años de ensayos en busca de una libertad que nunca ha existido, y más que todo, la difícil posición en que se halla en el día Buenos Aires, hacen clamar a lo general de los hombres que ven sus fortunas al borde del precipicio y su futura suerte cubierta de una funesta incertidumbre…”. Le dice que se piensa en él como solución y le añade: “No, amigo mío, mil veces preferiré envolverme en los males que amenazan a este suelo que ser ejecutor de tamaños horrores. Por otra parte, después del carácter sanguinario con que se han pronunciado los partidos contendientes, ¿me sería permitido, por el que quedase vencedor, de una clemencia que no sólo está en mis principios, sino del interés del país… o me sería preciso ser el agente de pasiones exaltadas que no consultan otro principio que el de la venganza? Mi amigo es necesario que le hable con la verdad: la situación de este país es tal que el hombre que lo mande no le queda otra alternativa que la de someterse a una facción o dejar de ser hombre público: yo adopto este último partido”. Clemente y generoso fue Sucre con el ejército español vencido —verdadero momento de un nuevo modelo— y fue asesinado por la nueva oligarquía. Simón Bolívar, en su famosa Carta de Jamaica, en 1815, después de cinco años de guerra a muerte, recapitulaba: “…En tanto que nuestros compatriotas no adquieran los talentos y las virtudes políticas que distinguen a nuestros hermanos del norte, los sistemas enteramente populares, lejos de sernos favorables, temo mucho que vengan a ser nuestra ruina. Desgraciadamente estas cualidades parecen estar muy distantes de nosotros en el grado que se requiere…”. Citaba, como ejemplo, a un clásico del estado de derecho: “Es más difícil, decía Montesquieu, sacar a un pueblo de la servidumbre, que subyugar a uno libre”. Meditaba, Bolívar, en su proyecto y sueño de unidad: “Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria. Aunque aspiro a la perfección del gobierno de mi patria, no puedo persuadirme que el Nuevo Mundo sea, por el momento, regido por una gran república; como es imposible no me atrevo a desearlo (en 1826 se reunían en Panamá varios países latinoamericanos para plantear ese proyecto solicitado por el propio Bolívar, pero él no se presentó y denunció sin más los acuerdos adoptados) y menos deseo una monarquía universal en América…”. No obstante, sus enemigos, los solapados, le combatirían diciendo que quería ser el rey. ¿Pruebas? Desde México —no había diálogo— le contestaba nuestro doctor Mora (Tomo I de La Historia de México y sus Revoluciones), de manera cortante: “Bolívar, cuya ambición desmedida (página 534) no se contentaba con los laureles recogidos en su patria, pretendía nada menos que fijar la del continente y dar el tono a todas las negociaciones diplomáticas establecidas en él. Bien conocía la dificultad de extender su influjo a todas ellas, especialmente a Méjico (es obvio que escribía México, aún, con ‘j’) cuya notoria superioridad sobre las nuevas repúblicas en orgullo nacional, riqueza, ilustración y cordura había de ver con cierto menosprecio las miras de un extranjero que pretendiese tener en ella importancia política…”. Lapidación y visión legendaria —él tan riguroso en otras ocasiones— de su propio derredor. El general San Martín, en 1830, escribía desde su retiro o exilio en Bruselas, al historiador argentino Vicente López. Éste, por carta, le había señalado que “muchas veces me he puesto a meditar en las causas del incremento y animosidad que han tomado nuestras eternas discordias…”. San Martín le corroboraba: “…Son justísimas las observaciones que me hace… Por todas partes los nuevos estados presentan los mismos síntomas, el mismo cuadro de desórdenes y la misma inestabilidad. Si sus relaciones políticas o comerciales les uniesen entre sí…”. Ese proyecto, cierto, con turbulencias, aún, connotadas, y otros caudillos de la vieja estirpe— es el intento de los últimos años, pero se sufre por Colombia y Venezuela. Viejas espadas fratricidas. Mientras tanto, Simón Rodríguez recorría el continente, en la miseria, pidiendo una revolución educativa. Abría escuelas en las crestas de las montañas indígenas. Quería crear Institutos donde se prepararan —dice bien Uslar Pietri— los ciudadanos y republicanos para una nueva sociedad democrática. Murió, lo dije ya, abandonado y solitario, en aldeas indias de la cordillera. ¿Por qué ningún gobierno ni ningún caudillo de la Independencia le rescató? Vivían ya para sí. alponte@prodigy.net.mx
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