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De guerritas intelectuales Vizania Amezcua El 2008 arrancó con aires combativos de índole docta. Si bien inadvertidos para el resto del mundo, claros para los aficionados las revistas literarias, suplementos culturales y periódicos que defienden la libre expresión y el derecho a réplica. Entre una página y la otra, comenzó a narrarse la belicosa historia que comenzó con el lanzamiento del Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2005) de Christopher Domínguez Michael, publicado por el FCE; continuó con la crítica de Víctor Manuel Mendiola (Confabulario) y su declaración de que el volumen en cuestión no era: “Ni diccionario ni crítico”; pasó por la carta dirigida a la directora del FCE que Guillermo Samperio publicó en El Financiero y donde llama a Michael: “Intolerante, criticón, chismoso, señor componetodo, prefecto jactancioso, recetador de pastillas, selectivo, fulano celoso, viejo jerarca, etcétera; y no finalizó, pero casi, con la reseña de Rafael Lemus en Letras Libres donde expresa que el autor: “Lee vigorosamente unas obras e inciertamente otras”, o que da entrada “generosa pero injustificada, en un diccionario de literatura mexicana, a las figuras de Bolaño, Cernuda, García Márquez, Monterroso y Fernando Vallejo”, concluyendo que: “…al distenderse, el libro —ay— se agrieta”. Resumen del combate: al lanzar su Diccionario, Domínguez lanzó en realidad una granada y, en la trinchera contraria —no necesariamente aliada—, Mendiola, Samperio y Lemus —en un tono menos exaltado— no hicieron esperar el bombardeo de respuesta, puesto que la única posibilidad de evitar el enfrentamiento habría sido que Domínguez llamara a su compilación de ensayos y artículos “Mi diccionario”, “Mi selección” o “Diccionario de autor”, como dijo Mendiola, y que habría evitado las graves implicaciones editoriales: dícese: querer hacer pasar por un diccionario algo que es otra cosa, y que da la impresión de haber sido bautizado así a los efectos de una mejor taquilla, o de despertar la polémica obvia, que cualquiera habría podido esperar, para atraer el reflector. Sea como sea, ahora Michael, mañana otro, ayer Cervantes contra Avellaneda, Góngora contra Quevedo o Cortázar contra José María Arguedas, estas batallas confirman que la polémica es una pasión intelectual, pero también que la sopa de letras a la que nos hemos acostumbrado tanto como al ruido ambiental, encierra más la pugna sobre las acciones particulares de sus protagonistas que sobre la discusión de ideas rectoras de pensamiento, capaces de aglutinar gente detrás, que no sean los amigos del atacado protagonista o de sus contrincantes. En ese caldo de cultivo en el que los intelectuales no acaban de despreciarse entre sí, las trifulcas pintan como las arrebatingas típicas de cualquier traspatio. No obstante, en la gran paradoja del ruido ensordecedor que estas polémicas generan entre los que leen y van reconstruyendo las contiendas, pero cuyo rumor no alcanza un grado mayor a: levísimo para el resto del mundo, esa parte anecdótica de la historia literaria, que no la literatura, continúan divirtiendo y entreteniendo, con sus tramas plagadas de declaraciones y denuestos, al pequeño público enterado: ese chismoso merodeador que gusta de la mezcla entre agudeza, brillantez y mala leche, que aguarda la siguiente batalla. La guerra de los literatos Juan Carlos Bautista Apenas nos reponíamos de la zacapela armada por Christopher Domínguez con su Diccionario crítico de la literatura mexicana cuando cayó la bomba de que habían declarado desierto el Premio Aguascalientes de poesía. Los jurados, conjurados, decidieron que entre los 200 manuscritos concursantes era más difícil hallar excelencia que virtud entre los vecinos de Sodoma. Los poetas, que suelen tener humor difícil, no se lo tomaron con ecuanimidad. En foros y blogs lo menos bilioso que se ha dicho es que la poesía está en crisis, pero esto es algo que se dice desde que los poemas se escribían en tablillas de barro. La discusión se ha ido en muchos tonos. Lo más grueso son las diatribas, suposiciones y cuentas pendientes que ahora se quieren cobrar. Lo mejor: una incipiente discusión sobre el estado que guarda la poesía mexicana. En otras circunstancias, me gustaría llamar a la calma y la concordia, pero no lo hago por dos razones: la primera, porque yo fui uno de los concursantes cuya excelencia quedó en entredicho, y la segunda, porque la verdad es que la guerra entre poetas o intelectuales siempre me ha parecido un espectáculo fascinante. Sobre la literatura solemos hablar con aire reverencial, y los mismos escritores frecuentemente se toman en serio la reputación oracular, casi sagrada, de su trabajo. Yo he escuchado a algunos decir que el poeta es “el guardián de las palabras de la tribu”, y decirlo sin que les tiemble la quijada y sin asomo de ironía. Un gran Dios, supuso Darío, debió darles orgullo y vanidad a los pobres escritores para resistir un mundo que se opone a ellos. Las guerras entre literatos suelen ser un circo de vanidades, una hoguera de prejuicios y un hervidero de envidias, pero también es cierto que es en esos bretes en donde mejor se pulen ciertos estilos y en donde con mayor fuerza se definen ciertos proyectos generacionales. Que los poetas no quieran a sus colegas no es cosa nueva y no debería asombrarnos demasiado. Ya Quevedo, en sus Premáticas del desengaño contra los poetas güeros, decía que los poetas “sólo dicen verdad en decir mal unos de otros”. Quevedo casi no quiso a nadie: se burló sin compasión de Góngora (y éste hizo lo propio) y no tuvo miramientos con las desventajas físicas del indiano Ruiz de Alarcón en una época en que no existía la corrección política. El Siglo de Oro fue una edad ejemplar de todos contra todos. ¿Un escritor ha de aplaudir a otro? A menos que sea en su rostro, abofeteándolo, que fue la manera en que Novo —ese maestro del estilo y del veneno— “homenajeó” a Usigli. Un amigo suyo, que recibió sus puyas con muy buen humor, Elías Nandino, dice algo significativo en su autobiografía, Juntando mis pasos: “Estoy convencido de que la amistad es un sentimiento sincero, pero los poetas, solapadamente, son enemigos”. Lo que Novo sabía es que no son las palmas de las manos, sino la lengua, el arma más afilada que los escritores usan contra sus colegas. Lo que dicen a veces es atroz. Mark Twain, por ejemplo, opinó de Jane Austen: “Es imposible de leer. Es una gran lástima que la dejaran morir de muerte natural”. Ante el deceso de Capote, Gore Vidal sólo vio en ello otro de sus trucos publicitarios. Ni los espíritus más refinados parecen libres de la maledicencia. En los Diarios de Bioy Casares con Borges, publicados apenas, asoma el sarcasmo, la burla más o menos sutil, contra sus colegas. Uno puede temblar de ira, o pasmarse, ante el desprecio que los escritores demuestran, por mencionar algo, contra Virgilio Piñera o Gombrowicz. Hay escritores que vivieron posesionados por la ira o la envidia, y murieron con ese regusto en la lengua y en la pluma. Cabrera Infante escribió un hermoso y admirativo texto: Reynaldo Arenas o la destrucción por el sexo y en pago el homenajeado lo llamó La Jíbaro-Inglesa y descargó sobre él toda su capacidad satírica. Pero también creo que ese humor vitriólico fue su respuesta visceral al acoso y pienso que esa capacidad de los textos arenianos, que los recorre en su centro mismo, es uno de los mayores lujos de su obra y su explicación minuciosa. ¿Debemos alarmarnos por la ferocidad de nuestros poetas? No. Los huesos de la poesía parecen robustecerse con la mala leche. Ese afán de confrontación, debate, antagonismo de ideas y personas (aducía Clemente Orozco, que no era escritor, pero en todos los gremios se cuecen habas) es el verdadero motor del arte. Y decía una cosa más: “Si alguien quiere conciliar, si alguien quiere sembrar el punto medio, a ése hay que darle, ése es el enemigo”.
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