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La confrontación abierta y visceral, en términos políticos y diplomáticos, fue altamente costosa para el país, para la política exterior y para un presidente como Fox, que terminó exhibido y ridiculizado con una penosa llamada telefónica Afinales del verano del año 2000, cuando Vicente Fox ya era presidente electo y su influyente asesor de campaña, Jorge Castañeda Gutman, se perfilaba como el canciller del llamado “gobierno del cambio”, en La Habana, Cuba, se prendían los foco rojos ante el ascenso político de un viejo conocido suyo. Habían pasado casi 20 años de las épocas en que el joven Castañeda mantuviera una estrecha relación con los activos servicios de inteligencia cubana y con altos funcionarios del régimen cubano como Manuel Piñeiro, el hombre al que Fidel Castro confió la construcción del aparato de seguridad interna de su gobierno. En una recepción que tuvo lugar en la residencia del embajador de México en La Habana, unas semanas antes de la toma de posesión de Fox, el entonces embajador cubano en México, Mario Rodríguez, se decía espantado con la posibilidad de que el nuevo canciller mexicano fuera Jorge Castañeda. “Tenemos un expediente así de gordo de Castañeda, que podríamos dar a conocer”, le oyeron decir al diplomático cubano en aquella reunión, donde el gobierno de la isla mostraba la animadversión que tenían hacia el mexicano que fuera años atrás tan cercano a ellos. Para aquellas fechas, el gobierno de Fidel Castro ya estaba muy molesto con Castañeda a partir de la entonces reciente publicación de La vida en rojo, biografía del Che, en la que el autor mexicano dejaba traslucir que, antes de que el guerrillero argentino se fuera a Bolivia, había habido una entrevista ríspida entre él y Castro. Especulaba sobre el hecho de que el gobierno habanero no hubiera emprendido ninguna operación de rescate cuando la guerrilla estaba perdida. También, Castañeda señalaba la circunstancia de que Fidel hubiera dado a conocer la carta de despedida del Che en un discurso en la Plaza de la Revolución, con lo que le cancelaba toda posibilidad pública de regreso a Cuba, mientras éste combatía infructuosamente en el Congo. Todas esas afirmaciones, producto de las investigaciones de Castañeda, en las que el gobierno castrista le abrió sus archivos y le facilitó documentos, habían incomodado a La Habana desde la salida del texto en 1997. En el libro también se señala que Mario Monge, líder del Partido Comunista Boliviano, le había negado apoyo a los guerrilleros, después de un viaje que hizo a la URSS con escala de regreso en La Habana; a ello añadía el retiro intempestivo del representante castrista en La Paz, con lo que Guevara quedó aislado. El distanciamiento entre Castañeda y sus antiguos amigos castristas era total. Lejos habían quedado los años del sexenio de José López Portillo, cuando el joven hijo del canciller Jorge Castañeda y Álvarez de la Rosa era bien recibido en La Habana, y contaba con la protección de Manuel Piñeiro, el legendario Barbarroja, que fue director del Departamento América del Partido Comunista Cubano, instancia que se dedicó a fomentar los movimientos guerrilleros en América Latina, tanto desde el PCC como desde el Minint (Ministerio del Interior) que también dirigió este personaje. De hecho, en La utopía desarmada, un libro anterior a la biografía del Che, donde documentó la historia de las guerrillas latinoamericanas, el escritor Castañeda ya había dado muestras del nivel de información que llegó a tener por la cercana relación que mantuvo con la isla. En una parte del libro, el autor señala que el secuestro del empresario constructor Juan Diego Gutiérrez Cortina y algunos asaltos bancarios en México, ocurridos en 1989 —justo en los inicios del crítico “periodo especial” en la isla—, fueron orquestados y llevados a cabo por gente de Manuel Piñeiro, porque éste estaba desesperado por el recorte presupuestal que sufrió el Departamento América. Ante ello, el gobierno mexicano nunca protestó públicamente y nadie desmintió lo dicho por el acucioso investigador. Pero fue hasta 1998 cuando sobrevino el rompimiento entre La Habana y Castañeda. Durante la Feria del Libro de La Habana de aquel año, que fue dedicada a México, la revista Proceso, en un texto de su corresponsal Homero Campa —amigo cercano del ex canciller—, documentó la resistencia y las maniobras del gobierno castrista para impedir la exhibición del libro del mexicano. Por esas mismas fechas, un ex embajador de México en La Habana le escuchó al comandante Castro una clara expresión de la molestia que La vida en rojo había causado en la isla. “Ese compatriota suyo ha escrito un libro lleno de mentiras. Un día que tenga tiempo voy a sentarme a leerlo, y voy a exhibir una a una sus mentiras e imprecisiones”, dijo el presidente cubano al diplomático mexicano. Pero fue hasta la llegada al poder de Castañeda, como parte del primer círculo del gobierno de Fox, cuando la distancia entre el canciller mexicano y sus antiguos amigos de La Habana se volvió odio, y una confrontación abierta y visceral que, en términos políticos y diplomáticos, fue altamente costosa para el país, para la política exterior, y para un presidente como Fox, que terminó exhibido y ridiculizado con aquella penosa llamada telefónica que confirmó la pequeñez del mandatario mexicano, la excesiva influencia que sobre él tenía su canciller y el conocido colmillo de Castro. El expediente de La Habana Aquella confidencia del embajador cubano en México sobre el expediente “así de gordo” que el régimen castrista tenía sobre Jorge Castañeda, era el aviso al gobierno de México de lo que podía pasar si su antiguo aliado y espía, según los documentos oficiales que esta semana publicó EL UNIVERSAL, desataba una ofensiva contra la isla desde la Cancillería mexicana. La pregunta es por qué en los tres años que Castañeda estuvo al frente de la política exterior mexicana, y tras los tensos episodios y la rispidez que generó su accionar anticastrista desde Tlatelolco, nunca el gobierno de Cuba mostró lo que tenía en aquel expediente sobre el funcionario mexicano. La realidad es que, si no lo hicieron entonces, es muy difícil que aun hoy en La Habana hagan público el contenido del “expediente Castañeda”. De hacerlo, el gobierno de Castro no sólo documentaría la relación tan cercana que llegó a tener con el joven mexicano que, a la postre, sería su enemigo; también probarían que los eficientes servicios de inteligencia cubana espiaron a su “amigo”, el gobierno mexicano. Operación “amiguismo azul” En las prisas y apuros de diciembre, una extraña maniobra tuvo lugar en el Senado. Una iniciativa, impulsada por senadores del PAN, proponía modificar el Servicio Civil de Carrera, obra del sexenio foxista, para eliminar las disposiciones que obligaban al gobierno federal y a sus dependencias a reservar ciertas plazas a profesionales que aprobaran y calificaran en exámenes de oposición. Aparentemente inocua, la iniciativa escondía detrás un aviesa y perversa intención: en las modificaciones legales que se proponían, se establecía que 350 plazas de “directores generales” de todas las dependencias de la administración pública federal serían renovadas y que esas posiciones, de alto nivel en los tabuladores del servicio público federal, podrían ser ocupadas por nuevos funcionarios designados por los titulares de cada secretaría u organismo, sin que los designados tuvieran que pasar por los citados exámenes de oposición. Lo que se pretendía en realidad era despedir a 350 funcionarios, de los cuales un buen porcentaje llegó por méritos y capacidad a esos cargos, para colocar en esas codiciadas posiciones a personajes cercanos a los secretarios y hasta identificados con el gobierno panista. La iniciativa ya había sido detectada por el PRI y el PRD, que la veían con recelo. Desde la bancada panista comenzaron a presionar para que se autorizara la aprobación, pues había desde el gobierno la intención de que este año quedarán libres las 350 direcciones para poder ocuparlas con cuotas y compromisos de los titulares del Ejecutivo federal. Fue tal la presión que debieron ejercer el gobierno y el PAN para lo que algunos senadores opositores denominaron “la operación amiguismo azul”, que hubo un punto en el que la senadora panista Teresa Orduña fue a ver al coordinador del PRI, Manlio Fabio Beltrones, y, casi gritando, le echó en cara al priísta: “Si no aprueban esa ley, ustedes van a ser responsables, y van a cargar en su conciencia que 350 familias no puedan celebrar una buena Navidad”. La senadora Orduña se refería a “compromisos” que ya había adquirido el gobierno de Felipe Calderón con los 350 nuevos directores que ya tenían listos para ocupar las plazas que debían ser desalojadas, de acuerdo con la iniciativa del PAN. La respuesta de Beltrones, cuentan, fue también airada: “Mire, senadora, nosotros no vamos a ser responsables de nada. Los que van a cargar en su conciencia el despido de 350 servidores públicos van a ser ustedes, así que la iniciativa mejor no pasa”. El texto de la propuesta legal aún está en las comisiones del Senado. La presión, dicen, no ha cesado y la intención del gobierno y del PAN es anular algunos avances del Servicio Civil de Carrera; algo así como una involución: sacar a profesionales que acreditaron su capacidad y experiencia en las áreas que ocupan, para meter a amigos, militantes e incondicionales del gobierno. ¿No se suponía que esas épocas habían quedado atrás? Notas Indiscretas… Como la vida es ver siempre hacia delante, sin dejar de aprender de experiencias pasadas, el próximo lunes 11, un grupo de amigos arrancaremos un nuevo proyecto radiofónico que busca reivindicar nuestra labor de dos años como parte de un exitoso concepto que combina la información dura con el humor y la sátira política, de larga tradición en nuestro país. Se llama La Chuleta, y con un talentoso equipo de creativos, productores y periodistas, nos proponemos ofrecer al público una opción fresca y entretenida, pero también sustanciosa, para enterarse de las noticias. Por el 103.3 de FM y el 970 de AM, de 10 a 11 de la noche, la primera cadena de Radio Fórmula verá nacer a La Chuleta. El genial imitador Christian Ahumada, el creativo Eduardo Tornel y Enrique Canales de Los Tepichines, además de la talentosa Samia, serán parte del elenco que, junto con el que escribe, buscaremos llenar las noches capitalinas con una nueva opción radiofónica. Lo invitamos a perseguir y alcanzar con nosotros La Chuleta, donde de verdad habrá carne humorística y sustancia informativa. No se la pierda… Se detienen los dados. Escalera doble. sgarciasoto@hotmail.com salvador.garcia@eluniversal.com.mx
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