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Supermartes: el “sistema” y “algo ocurre”
La carrera hacia la Casa Blanca ya tiene indicadores precisos; no concluyentes: Hillary Clinton encabeza la marcha histórica de los “delegados” (más importantes que los votos porque son los delegados los que, en las convenciones de los dos grandes partidos, eligen al candidato presidencial de los demócratas y los republicanos) hacia el verde césped donde Bill Clinton, en un día memorable, vio el apretón de manos entre Rabin y Arafat en el sueño de la paz. El primero fue asesinado; el segundo no se sabe. Verde césped donde, en la Oficina Oval, se produjo uno de los mayores escándalos morales de la Casa Blanca. Hasta el hecho, notable, de transformarse, la Oficina Oval en la Oficina Oral. Ese episodio definió, también, la resistencia del pueblo estadounidense a dejarse avasallar por la Inquisición. Como consecuencia rescató a Clinton de la posibilidad del juicio de destitución (impeachment) y, frente a un fiscal representando las fuerzas más reaccionarias, el pueblo rescató a Clinton como gobernante. Dato fundamental en la evolución de la conciencia social. Se olvida. Fue un elemento nuevo y poderoso. Centro dramático de aquel drama público (entre la “penetración” y sólo la vía oral) estuvo una mujer que, entre el incendio y las cenizas, se impuso ante la sociedad y logró salvar a su marido, el presidente, y a ella misma. Ambición de poder y claridad mental para separar lo esencial de lo secundario. Era la misma mujer, de la clase media republicana, que siendo joven abogada, fue elegida, por el Comité del “impeachment” contra Nixon, colaboradora para armar el expediente. Nixon prefirió la dimisión que el juicio. De todas maneras esa selección del Congreso marcó un hecho: que la mujer, que “eligió” —ella— a Clinton en la Universidad, no estaba dispuesta a ceder terreno. Con el marido gobernador (etapa “experimental” que se olvida) tuvo que soportar amoríos, pero creó los primeros cimientos de la fortuna personal de los dos. No siempre por los caminos más éticos. Sabía el poder del dinero. Las presidenciales cuestan mil millones de dólares. La “experiencia” de que se habla, al parlamentar de ella no es haber estado dos periodos en la Casa Blanca, sino haber vivido, por dentro, la tragedia del poder y la aventura de sobrevivir. En ese sentido representa al “sistema”. Por ello votó por Bush en la guerra de Irak porque esa era la reacción global de los estadounidenses frente al ataque a las torres gemelas. Del otro lado, viniendo de la epopeya de la emigración —los inmigrantes hispánicos han votado, también, por el “sistema” por temor a la “improvisación”— y el mestizaje, porque Obama es un negro a medias. Transporta consigo una interrogación deslumbrante: “Algo está ocurriendo en este país”. En “ese” país. En Kenia, patria originaria de su padre, mientras Obama, universitario y senador, luchaba por los votos, en la tierra de los abuelos de su padre se vivía la guerra tribal permanente y la declaración de guerra frente a los “votos fraudulentos”. Obama, heredero de la cruzada de Martin Luther King, sabe que los votos que él recibe y los millones de dólares que han entrado en su alcancía electoral, son, en su mayor parte, los dólares de la gente y los de Hillary los de las grandes empresas transnacionales. Sin embargo, ha habido mes, por ejemplo, en enero, donde Obama recibió más ayuda, dólar a dólar, que Hillary porque los poderosos dan siempre con cuentagotas y quieren recibir el triple. Los republicanos han votado, en el supermartes, por un héroe del Vietnam —preso allí por años— y que tiene una ética que le merecería como demócrata. Faltan, aún, elecciones antes de la Convención, pero los estados básicos han votado por el sistema. Hillary debe entender que su país debe ser otro. alponte@prodigy.net.mx
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