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    La voz invitada
Jorge Meléndez Preciado
06 de febrero de 2008

André Gorz: nueva utopía

Varios autores han alertado acerca del fin del trabajo (especialmente Jeremy Rifkin), otros sobre lo efímero de la existencia (Gilles Lipovetsky), algunos más sobre las nuevas formas de organizaciones, básicamente tribales (Michel Maffesoli). En todos ellos las salidas prácticamente son instantáneas o ausentes. Triste futuro.

La última obra de André Gorz, teórico marxista y amigo durante años de Jean Paul Sartre, muestra un panorama desolador (regresamos a los tiempos de Zola en cuanto a la explotación humana) en los tres primeros capítulos de: Miserias del presente, riqueza de lo posible (Paidós), aunque ciertamente optimista en el cuarto apartado y el epílogo. ¿Estamos ante otra quimera? No parece, hay ejemplos de esa nueva forma social en varios países, aunque marcan la pauta Dinamarca y Holanda. ¿De qué se trata? Veremos.

Como anotamos, siguiendo a diferentes teóricos, la mayoría poco conocidos en este continente e incluso, me atrevo a decir, sin que hayan sido traducidos, André plantea lo que Rifkin afirmó desde 1996: el dilema actual es Nuevas tecnologías contra puestos de trabajo (Paidós). Y la desvaloración humana va en aumento. Lo plantea así Gorz: “La globalización y el desempleo le permiten al capital ejercer de nuevo su poder sin reparto”. Lo que cambia las relaciones sociales, políticas, culturales y ecológicas. Todo lo chupan unos cuantos. El vampirismo a la luz del día.

El fordismo (la producción en serie de artículos), el posfordismo (nuevas fórmulas; peores condiciones), el toyotismo (práctica japonesa donde se toma en cuenta a los empleados para decisiones pero no cambia la concepción vertical de las órdenes), son un trío letal. Hubo intentos de transformar esas fórmulas, como en Suecia, donde se puso en acción algo más colectivo en la fabricación de coches, aunque fracasaron ya que la productividad y la urgencia de ganancia no posibilitan el respeto de los empleados. Y lo que viene es peor. Los automóviles chinos mal hechos, con una seguridad ínfima para el pasajero y una contaminación máxima. ¡Aguas!

André examina los principios del valor de Carlos Marx utilizados en El capital. Desecha varios, haciéndose la autocrítica. Pero, ¡oh descubrimiento!, basándose en Los Grundrisse, conocidos hasta 1953 en Berlín, entiende lo nuevo. En México, yo supe de esa investigación en los años 80 gracias a dos exiliados argentinos que trabajaban en la BUAP, Óscar del Barco y Héctor Bruno. Ellos, con esa y otras divulgaciones, mostraron el atraso en que vivíamos los marxianos aztecas.

Dice Carlitos: “La distribución de los medios de pago deberá corresponder al volumen de riquezas socialmente producidas y no al volumen del trabajo ofrecido”. Esto cambia de raíz el asunto de la acumulación, si el trabajo social se debe a todos, ya podemos laborar menos, en tiempos flexibles, con monedas que no sirvan para acumular sino para comprar lo necesario. Tres planteamientos de Gorz al final de sus páginas. ¿Es posible esto o de cuál fumó el autor? Si lo es, insistimos, se da en algunos Países Bajos, en los citados párrafos atrás y lo vemos en el documental Sicko de Michael Moore a propósito del cuidado de niños y ancianos en Francia.

Dos cuestiones. André señala lo que hoy es evidente en la actual recesión, Estados Unidos va en decadencia y la Unión Europea como otras naciones están al alza. Gorz, a diferencia de otros carlistas que asesinaron a su esposa o se suicidaron, muere luego que fallece su compañera, Dorine, el más bello “último suspiro”, parafraseando a Luis Buñuel.

¡Viva la utopía!

jamelendez@prodigy.net.mx/jamelendez44@gmail.com

 
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