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Algunos historiadores estadounidenses dicen, no sin razón, que con la presidencia de Thomas Jefferson comienza la “segunda revolución de Estados Unidos”. La primera fue la de la independencia en la que él mismo, con Benjamín Franklin, John Adams, Robert Livingston y Roger Sherman, preparó un primer borrador de la Declaración de 1776. Presidente durante el periodo de 1801 a 1809, con Jefferson, se inicia la expansión de la nación. La segunda revolución, en suma, sería la ampliación, con un proyecto previo, permanente, consensuado, de nuevos límites inmensos, véase. En 1803 nombró como enviado especial en Francia a James Monroe (el de la futura doctrina Monroe), para que, con el embajador de Estados Unidos en París, su viejo amigo Robert Livingston, preparara la compra de la Luisiana a Napoleón. Estados Unidos —las 13 colonias de Inglaterra— tenía un nuevo mapa en las sillas de los caballos que, por el otro lado, cabalgaban hacia el Oeste. Jefferson dijo: “Es el acto más grande de mi vida”. Tenía razón: era el comienzo. Inmediatamente fue la Florida española. Jefferson adquirió la Luisiana por escasamente 15 millones de dólares. Robert Livingston y James Monroe añadían un territorio que doblaba (con sus 828 millas cuadradas) el territorio de las 13 colonias. Después cayó, sin más, la Florida en 1809. España, era claro, no podía mantener su inmenso imperio sin haber hecho la Revolución Industrial ni la Revolución Parlamentaria. La correlación de fuerzas se expresaba, efectivamente, en los pueblos que habían hecho o que hacían la Revolución Industrial en el cuadro de los gigantescos intereses de un nuevo sistema comercial a escala del mundo. James Monroe, quinto presidente de Estados Unidos, con el Tratado de Cesión de la Florida Oriental, supo que continuaba el proyecto de Jefferson. El embajador de España en Washington firmó, doliente y desalentado, el Tratado (Adams-Onis) de las “nuevas” fronteras en 1819. A la vera de la Independencia de México. Lucas Alamán intuyó que las fronteras del Adams-Onis se “moverían” más. Unos años antes, el mismo embajador español en Washington, Luis de Onis, el 1 de abril de 1812, escribía al virrey Venegas (marqués de la Reunión y gobernante de Nueva España entre 1810 y 1813) sin equívocos: “Cada día se van desarrollando más y más las ideas ambiciosas de esta república, y confirmándose sus miras hostiles contra España, V. E. se halla enterado por mi correspondencia, que este gobierno se ha propuesto nada menos que fijar sus límites en la embocadura del río Norte o Bravo, siguiendo su curso hasta el grado 31 y desde allí tirando una línea recta hasta el mar Pacífico, tomándose por consiguiente las provincias de Tejas, Nuevo Santander, Coahuila, Nuevo Méjico y parte de la provincia de Nueva Vizcaya y la Sonora. Parecerá un delirio este proyecto a toda persona sensata, pero no es menos seguro que existe, y que se ha levantado un plan expresamente de estas provincias por orden del gobierno, incluyendo también en dichos límites la isla de Cuba como una pertenencia natural de esta república…”. El mismo Onis, firmaría después, el 22 de febrero de 1819, la Cesión de las Floridas y las nuevas fronteras con Nueva España. El proceso estaba en marcha. Él vio, en la Secretaría de Estado, el nuevo mapa. ¿Insensato? ¿Sensato? Onis lo viviría. Al producirse la Independencia de México, el gobierno nacional asumió que las fronteras históricas de Nueva España eran las del nuevo México soberano asumiendo, por tanto, las fronteras definidas por el Tratado Adams-Onis. El ministro de Estados Unidos en México, el célebre Poinsett —que merecería biografía aparte para descifrar su juego de ajedrez— señaló que no. Dijo que era preciso imponer “una frontera natural” más al Sur. El río Grande en la mira con el inmediato problema de Texas como prueba específica. México nombró, en 1827, a Manuel Mier y Terán, como presidente de la Comisión de Límites entre México y Estados Unidos. Desde 1829 los informes de Manuel Mier y Terán —veterano insurgente que había estudiado en la Escuela de Minas— dieron testimonio de la situación real al otro lado del río Grande. Sus palabras son dolorosas: “La población extranjera —dice— en las regiones que constituyeran los viejos dominios de Nueva España, era ya ocho veces más que la mexicana, y los datos concretos en ciertos territorios revelaban que no existía estructurada organizada para hacer frente a la creciente fuerza, orientada claramente a Texas, para asumir el poder. Decía que sólo en Dewit y Austin existían visos de legalidad, pero que los contados soldados mexicanos, mal armados y… sin caballos no podían hacer mucho. Pedía, con urgencia, fortalecer las tropas de la frontera, establecer presidios que representaran la autoridad mexicana, colonizar la región con mexicanos o europeos, y establecer aduanas…”. (Página 119 del tomo III, El Poblamiento de México, México en el Siglo XIX). En 1830, Mier y Terán pedía —en sus Reflexiones— ante lo ya previsible, el envío de agricultores mexicanos a Texas para hacer frente a la invasión progresiva. Lucas Alamán, secretario de Relaciones, asumía la gravedad del problema. Planteó el envío de tropas. Nunca llegaron. México vivía sus revoluciones. No una sola. La biografía de Manuel Mier y Terán, desalentado, con su esposa enferma, solitario, se termina. Se suicidó en 1832. Un pistoletazo, nunca bien explicado, que sobrecoge y conmueve. Quede ahí, en el silencio, en la reflexión. Lincoln protestó contra la expansión de Estados Unidos hacia el río Grande. No por consideraciones sentimentales. Pensaba que la expansión produciría más estados esclavistas y ello haría más difícil su proyecto de liberación. El 4 de marzo de 1845, el presidente Polk anunciaba “que la República de Texas solicitaba ingresar en la Unión”. El mismo Polk, con el Tratado de Guadalupe, supo que la nueva frontera de Estados Unidos era la del río Grande con 500 mil millas cuadradas más. Pagó, en teoría, por el terreno cedido, 15 millones de dólares. Entre mayo de 1846 y febrero de 1848, el ejército de Polk tuvo mil 743 muertos y 4 mil 152 heridos. Nada. Ese periodo de Manuel Mier y Terán impresiona.
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