Buscar en:
  
   
    La Primera Dama
Colectivo
03 de febrero de 2008

Hombres y mujeres: ¿somos distintos?

1)Después de las dos de la tarde, de un grito mi madre nos ponía a mis hermanas y a mí a la mesa. El primer plato servido era para mi padre. Un día, mi hermana mayor, atenta y de palabra fácil (para mí, al contrario, el mundo se evaporaba cuando me entregaba de lleno a comer) le preguntó a mi madre: “¿Por qué le das el plato con más comida a mi papá?” “Porque él es más alto y fuerte que cualquiera de nosotros”, fue la respuesta a la que le siguió un silencio prolongado.

2) En una tarde veraniega, de esas en las que queda la impresión de que el Sol nunca se va ocultar, después de ingerir dos espléndidas tazas de café, me levanté de la mesa y me dirigí al baño. Como la mayoría de las casas de café en aquella había un baño para hombres y otro para mujeres. Enfrente de la puerta de este último esperaba una muchacha muy joven. Un segundo antes de entrar al baño de hombres, y queriendo ser amable, le propuse a la parroquiana: “Pasa a este baño, yo puedo esperar”. La muchacha vaciló, se rehizo y entonces contestó: “Como yo soy mujer y usted hombre, yo debo entrar en este baño y usted en aquel. Gracias”. Entré en el sanitario y cerré la puerta con seguro.

3) “¿En qué bebes la leche, en una taza o directamente del envase?”, fue la pregunta que a boca de jarro me hizo una amiga. Después de unos segundos que me parecieron horas contesté que regularmente bebía leche usando una taza. “¿Usualmente? Mi marido usualmente saca la leche del refrigerador y bebe directamente de la caja. ¿No has tomado así la leche?”. Sentí calor en las mejillas y dije: “En un par de ocasiones”. “Dime tú —ya para en este momento el volumen de la voz de mi amiga era más alto—, ¿cuándo has visto a una mujer bebiendo directamente del envase?” Hice el intento por hablar pero sólo tartamudeé. Mejor permanecí callado.

4) Llego a la peluquería. El lugar está lleno. Hay seis personas (entre ellas dos niños cuyos gestos de la cara me hacen pensar que no están a gusto allí) antes de mí. “Ni modo”. Me siento y tomo una revista. Al llegar a las páginas cuatro y cinco me encuentro la foto de una mujer que tiene un tarro de crema en las manos y la foto de un hombre que también tiene en las manos (que están vendadas como las de los boxeadores) un frasco de crema. Ella está en bata, con un escote no muy pronunciado y con los hombros descubiertos. Tiene los labios pintados y se insinúa apenas una línea azul arriba de los párpados. “Es muy bonita”, pienso. Enseguida leo debajo de la foto: “La belleza no es un lujo, es una necesidad.” En la otra foto, él está en calzoncillos, con el ceño fruncido y con los brazos extendidos, tensos los músculos, como ofreciendo el tarro de crema. Se lee abajo: “Ser atractivo ya no es un juego rudo”. Levanto la mirada y veo que le cortan el cabello a uno de los niños, quien aún retiene el gesto adusto. Le doy vuelta a la página.

5) Voy platicando con un amigo. Éste me cuenta: “Creo que las mujeres y los hombres hablamos idiomas distintos. Una noche conversaba con una amiga quien, súbitamente, me dijo: hay una fiesta, qué te parece. Le contesté que si ella quería que se fuera. Creo que se ofendió. Pero es que no entiendo porque las mujeres no dicen las cosas directamente. Siempre se andan con rodeos”.

6) La amiga (es la misma, la que se fue a la fiesta) de mi amigo me dice en tono de queja: “Le conté a nuestro querido amigo que me habían asaltado. Estaba temblando. Y sabes que me preguntó: ‘¿Viste la cara del asaltante? ¿Llevabas dinero? ¿Encontraste a un policía? Me puse a llorar’”.

7) Estamos en una reunión y a hurtadillas escucho que mi amiga le cuenta a otra amiga la historia del asalto. Me sorprendo al escuchar que nuestra segunda amiga no pregunta: “¿Llevabas dinero?”, sino la consuela diciéndole: “Sé lo que se siente, a mí me pasó una vez…”.

8) ¿De verdad somos radicalmente distintos hombres y mujeres al grado de que hablamos dos “idiomas diferentes”? O ¿nos esforzamos en hablar dos idiomas diferentes y entonces por eso llegamos a ser distintos hombres y mujeres? ¿Qué hubiese sucedido si la joven muchacha pasa al baño de los hombres o si mi amigo consuela a nuestra amiga recién asaltada? Quizás ya no seríamos tan diferentes. Quizás.

saulescri@yahoo.com

Toda una dama

Tiempos hubo en que una dama se distinguía por su lenguaje. Jamás habría permitido que de su boca salieran vocablos capaces de arrojar alguna mancha sobre su distinción ni sobre su pureza; nunca hubiera levantado la voz. Ni siquiera hubiera consentido en que ciertas palabras se pronunciaran en su presencia. Tiempos idos para siempre, ay, como podría testimoniar la diputada Ruth Zavaleta, que ni se ruboriza ni retrocede al afirmar su pleno goce de otro ámbito de equidad: como ciertas frases sí se vociferan respecto de ella (frases que implican que no se la considera una dama), le revira al viejo líder peleonero otro exabrupto que da fe de su amplio conocimiento de la gramática y de su independencia de criterio.

No hablemos del líder orgullosamente misógino, para quien el respeto a las damas es, evidentemente, obsoleto y no pierde ocasión de exhibir lo que verdaderamente piensa de ellas, tan llenas de piernas. Quizá con quien platicaría muy a gusto es con el ex presidente que no vacila en pavonearse junto con su lavadora de dos patas.

(A ese adelanto electrodoméstico le debemos, por cierto, una cruzada en contra de cierta manía discriminatoria del idioma español. Gracias a ella, que limpia, fija y da esplendor —la lavadora de dos patas, quiero decir— ahora nos avergonzamos de decir “niños” y decimos siempre “niñas y niños”.)

¿Será que poco a poco van desapareciendo las diferencias de lenguaje entre hombres y mujeres? Por lo menos es un hecho que el lenguaje es hoy un territorio de combate en el que tantísimas mujeres crean, enmiendan, discuten, injurian. Tal como la vida femenina se transforma sin tregua, hasta el punto de poner en duda la pertinencia de ese concepto, así se transforma el idioma. Es difícil ya pensar en palabras, giros o frases propias de las mujeres.

Pero no quise decir eso (qué frase tan femenina). Hay tantos tonos frecuentados por nosotras. Qué difícil ser mujer y no disculparse, por favorcito. Qué afines somos con los diminutivos. Tal vez el ejemplo de Ruth Zavaleta arrase con la costumbre de bajar los ojos y hablar reverencialmente en presencia del jefe. O quizá ya se prepara el grupo panista que se lanzará en defensa de la corrección según la cual una dama debe ir cubierta de eufemismos y jamás decir, por ejemplo, aborto.

Desde luego que en este cambio inmenso colaboran personas de todos los confines: qué contorsiones no harán las palabras en bocas de quienes gozan transmutándolas porque ellas y ellos viajan entre los géneros y nacieron hombres pero siempre fueron mujeres o accidentalmente tienen órganos femeninos pese a la masculinidad de sus personas, o... el arco iris no me dejará mentir ni enredarme más. Ni una palabra más, porque ya no sé si debo escribir palabro.

lg212@nyu.edu

 
BÚSQUEDA
Autor:  
Columna:
 

PERFIL
 
 
Columnas anteriores
 
La primera 2008-01-27
 
La primera 2008-01-20
 
La primera 2008-01-13
 
Un cuerpo insaciable 2008-01-06
 
La primera 2007-12-16
 
 
- A   A   A +
El UNIVERSAL | Directorio | Contáctanos | Código de Ética | Avisos Legales | Publicidad | Mapa de sitio
© Queda expresamente prohibida la republicación, parcial o total, de todos los contenidos de EL UNIVERSAL