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    Territorio sonoro
espectaculos
02 de febrero de 2008

La música se mueve rápido en la gran ciudad. Atraviesa los oídos con pies ligeros y rostro multicolor. Transita de un lado a otro, incansable, trazando armonías que se pierden en el aire.

Presente en todo momento, para beneplácito o tortura del paseante, camina por las antiguas plazas y avenidas, conserva el sonido del tiempo en el interior de una caja de madera, viaja en camiones repletos de pasajeros, o reposa momentáneamente en los parques esperando una moneda. Festiva o triste, en vivo o grabada, de aéreos colores o de subterráneas sonoridades, la música es oficio de andanzas para quien la ejerce en las calles, e inevitable compañía para el que en ellas transita.

Bajo diferentes formas, la música se desplaza en la metrópolis: aborda los vagones del metro como un ejército de hombres-bocina, que uno a uno, desfilan con jorobas prominentes. De sus espaldas brota el sonido y, a su paso, inundan los pasillos con ecos de voces conocidas; como la de aquella Chamaca de Oro que, con 40 años de trayectoria, ve resumida su carrera en 26 éxitos por 10 pesos. Pero sin que el precio importe, su melodía penetra los cuerpos, sutilmente agita las ideas y las caderas de sus víctimas; y produce el mismo placer o el mismo dolor que una amante fugaz; que antes de abandonarnos, nos regala un último beso. Y con ese gesto fatal el vagón se detiene; y la voz de Sonia, con el pantalón de mezclilla sucio y la mirada llena de ausencias, se pierde entre la multitud dejando tras de sí una estela de notas que no alcanzan a disolverse en el sudoroso ambiente, pues un pasajero aún canta entre dientes: “por amor… en las alas de las mariposas los colores se crean”.

El túnel subterráneo llega a su final; y ahora la música abandona su ejército y adquiere forma del acordeón que arrastra los pies despacio, lleva el diafragma contraído y el cabello desaliñado. Cinco juegos de piernas le brotan y se mueven en sincronía. Su imagen apesadumbrada contrasta con el alegre ritmo que de sus manos nace. El brillante y rojo cuerpo parece no dar cuenta de los interminables kilómetros recorridos por el instrumento, ni de la eterna e injusta paga que cuesta su existencia. Así, el triste acordeón clama en una esquina. Levanta su melancólico canto, cargado de añoranza por una tierra abandonada, por una latitud perdida en la geografía de un país que no recuerda nada.

De igual y trágica naturaleza, en medio de una plaza suena una antigua melodía. Una vieja caja de madera encierra su origen. La caja resguarda en su interior la música de otros tiempos, la protege del aire y evita que se oxide, la lleva con piernas flacas de aquí para allá, como apelando a una memoria que se resiste a recordar. Ojos inocentes miran con asombro su orgánica estructura, pues no logran comprender cómo el tiempo permanece en los objetos, los guarda, los hincha o los comprime. Mentes poco diestras se preguntan cómo es que en las venas metálicas éste artificio llamado organillo, el aire se convierte en armonía. Neuronas sin quehacer piensan en cómo es que aquello que en algún momento fue deleite para los niños o enigma sin respuesta, ahora es un vestigio de tiempos que han desaparecido. Más el organillero continuará su deambular, su trazo del paisaje sonoro de esta ciudad, que al mismo tiempo canta y nos acaricia con dulzura.

 
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