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Italia, sin el “compromesso storico”
La nueva crisis gubernamental en Italia, con la dimisión forzada de Prodi, el jefe de Gobierno, ante la mínima estabilidad de la coalición heteróclita que le sostenía, revela, una vez más, los efectos inmensos del derrumbe de los muros. La historia permite y requiere el debate, pero los hechos conforman proposiciones ineludibles. En 1976 las elecciones generales en Italia proporcionaban el acercamiento histórico entre la Democracia Cristiana y el Partido Comunista: 38.7% para el primer partido y 34.4% para el segundo. ¿Qué hacer? Viajé, desde México, con un equipo de Televisa —para mi programa televisivo— para entrevistarme, a la vez, con mis amigos democristianos y comunistas. En la sede del Partido Comunista mi amigo, Amendola, no me dejó hablar: “No me negarás que millones de católicos han votado por nosotros”. Quería decirme que había llegado la hora del proyecto de Berlinguer, el líder del partido, para formar (tomo sus palabras a la letra) “un governo di unita democratica e compromesso storico”. Enrico Berlinguer defendía su tesis, el “compromiso histórico” con la Democracia Cristiana, como la única posibilidad de establecer un proyecto estable. Los votos, crecientes, para el Partido Comunista y, decrecientes para la Democracia Cristiana (aunque conservase unos puntos de ventaja) invitaba, a los comunistas, que no dudaban, al revés del Partido Comunista francés (hoy prácticamente desaparecido) en mantener posiciones críticas respecto a la URSS. Ello, no per accidens. Un filósofo, Gramsci, había fundado el partido. Yo le dije, a Amendola, que los votos eran claros e invitaban al “compromesso”, pero que se vivía en la guerra fría y que Roma era, también, sede del Vaticano. Le añadí que al día siguiente me reuniría con un importante operador del periódico del Vaticano (que acababa de llegar de Polonia precisamente) y que conversaría con él sobre el tema del “compromesso”. La respuesta que me dio fue tajante: “No” a la hipótesis de Berlinguer sobre el “governo de unita democratica” entre los dos grandes partidos. Él pensaba que no habría coalición. Así fue. El derrumbe de los muros y el fin de la Unión Soviética significarían después, en Italia, la liquidación práctica de los dos partidos y el Partido Socialista tampoco fue capaz de sobrevivir y, salvo excepciones, los socialismos europeos no han encontrado las claves de un proyecto para el mundo actual, lo que es grave. Si el Partido Comunista se ha hundido en Francia la situación del Partido Socialista galo, como lo han probado las elecciones últimas, tampoco encuentra un proyecto ideológico para sobrevivir aun cuando su necesidad sea evidente. Berlinguer, entonces, me invitó a que fuera con él a Nápoles donde tenía que hacer un discurso de masas. Recuerdo una multitud enarbolando banderas rojas en un día radiante con la bahía de Nápoles resplandeciente y luminosa. Inmenso pasado. Ahora, la frágil coalición de Prodi se ha disuelto y, probablemente, el país (58 millones de habitantes y 35 mil 980 dólares per cápita) la derecha berlusconiana dará de nuevo batalla para llegar al poder. Un nuevo partido, el Democrático de Veltroni, nueva estrella de la izquierda democrática, es el mayor nivel de resistencia. Ha eliminado su extrema izquierda para crear, en el laberinto ideológico italiano, un proyecto socialista moderado e inteligente. Veltroni tiene indudable carisma, pero Berlusconi cuenta con enormes poderes mediáticos y es la tercera fortuna de Europa. Es un adversario duro. Lo esencial, sin embargo, permanece: que, salvo excepciones, desaparecido el Partido Comunista, los socialismos europeos, como la Democracia Cristiana, no encuentran ni su espacio ni su discurso. Las excepciones son mínimas y ello invita a una reconsideración global. alponte@prodigy.net.mx
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