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    Escrito en voz alta
Lucina Jiménez
27 de enero de 2008

México creó durante décadas una tradición de política exterior basada en el principio de no intervención, en el cual la cultura fue un ingrediente destacado de la diplomacia y, a veces, franca embajadora.

Personajes fundamentales de la consolidación de una presencia cultural de México en el exterior fueron Miguel Covarrubias y Fernando Gamboa, quienes contribuyeron a formar una idea de la mexicanidad en el mundo a través de exposiciones internacionales del patrimonio histórico y artístico, durante la primera parte del siglo XX.

Algo sucedió después con nuestra imagen cultural en el exterior. Se volvió como una foto fija y se congeló. Actualmente el arte contemporáneo mexicano es menos conocido en el mundo. Nuestra contemporaneidad se estacionó en el muralismo, en ciertos contenidos del arte popular, en la infalible imagen del charro consagrada por la época de oro del cine mexicano, en la canción romántica y la música ranchera que se difundió mediante el poder de las hondas hertzianas y la televisión.

Hoy las relaciones culturales internacionales constituyen un campo de gran importancia, dada la interdependencia y la globalización. El reto es el posicionamiento mundial del México contemporáneo del siglo XXI.

Actuar en el escenario internacional de la cultura resulta estratégico no sólo por razones estrictamente culturales, sino también para construir vías para el desarrollo humano sustentable.

Eso significa, por cierto, ir más allá del intercambio de exposiciones, obras de arte, artistas y piezas arqueológicas.

La creación de una nueva diplomacia cultural implica la constante revisión del papel de México en la agenda internacional de las políticas y el turismo culturales, la creación de nuevas formaciones para la gestión cultural en relación con la cooperación internacional, así como el fortalecimiento de la perspectiva intercultural en todas las áreas de gobierno relacionadas con el exterior. Hace falta un programa de exportación de bienes culturales.

La agenda internacional de la cultura se entrelaza con las rutas y las tensiones de la migración. Éstas ponen a debate las posibilidades de circulación de artistas, pero también las necesidades de protección y salvaguarda del patrimonio cultural y los vínculos culturales de los mexicanos en el exterior.

La inserción de México en el debate de la Agenda 21 de Naciones Unidas significa asumir una postura y crear la agenda cultural de nuestras principales ciudades, en la perspectiva del desarrollo sustentable. Igualmente importante es revisar el itinerario de la política pública a desarrollar para dar cumplimiento a las diferentes convenciones de la UNESCO que México ha ratificado.

El fomento a la participación de México en las redes internacionales de producción o circulación artística como Ibermedia o la recientemente restablecida IberEscena abre posibilidades de reforzamiento del cine o de las artes escénicas.

El establecimiento de relaciones de mediano y largo plazo con los grandes y pequeños centros artísticos internacionales es fundamental a fin de crear flujos continuos de diálogo y cooperación. Sin embargo, tienen la misma relevancia las redes informales internacionales que tejen cotidianamente artistas, comunidades y movimientos sociales con agenda cultural.

Un nuevo papel juegan las organizaciones de la sociedad civil en la cooperación internacional cultural, fenómeno que reclama nuevas reglas de participación y colaboración.

Para construir alternativas a una nueva diplomacia cultural es necesario impulsar la formación en cooperación internacional hacia el desarrollo entre aquellos sectores institucionales, privados y civiles que encabezan o pueden impulsar procesos globales, pues muchas veces, la proyección de una determinada acción cultural depende no sólo de su impacto local, sino de su perspectiva internacional.

También necesitamos perfilar y formar negociadores internacionales de la agenda cultural en relación con la economía, sea ésta en el marco del TLCAN, o bien para actuar en los foros internacionales de política económica, como la OMC, donde prácticamente se decide la suerte de las industrias culturales.

La participación de México en la agenda internacional de la cultura impulsada por la UNESCO, la OEI, la Unión Europea, el Mercosur, el Convenio Andrés Bello y muchos otros organismos intergubernamentales, bilaterales y multilaterales es vital, pero lo es también el fortalecimiento de relaciones entre pares, entre organismos civiles, movimientos culturales y circuitos artísticos alternativos, entre artistas y proyectos culturales y educativos que buscan establecer nuevos diálogos internacionales y relaciones interculturales permanentes de mediano y largo plazo.

*Antropóloga

escritoenvozalta@gmail.com

 
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