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En el artículo del domingo último revisaba la correspondencia diplomática del coronel José Antonio Anastasio Torrens (1790-1872), que estuviera en Bogotá como encargado de Negocios de México, entre 1825 y 1829. Sus textos, dirigidos al secretario de Relaciones, ofrecen —además de la negociación para que el hijo de Iturbide, después del fusilamiento de éste, pudiera integrarse en el Ejército colombiano sin problemas para la viuda— un áspero y duro retrato de Simón Bolívar que, en alguna medida, recupera prejuicios y rumores infundados sobre la decisión de Bolívar de convertirse en monarca o dictador de las Américas. Torrens no vacila en enfundarse la túnica del inquisidor. Como prueba de ese antagonismo prejuiciado, nada mejor que su nota, firmada en Bogotá el 7 de octubre de 1827, sobre lo acontecido en Bogotá el 16 de septiembre. Dice: “Asistieron —al acto en que México invitaba— el presidente (Bolívar) y el vicepresidente al baile que di en celebración del 17 aniversario del primer grito de la libertad mexicana. El primero (Bolívar, se entiende) estuvo al parecer contento, y así lo dio a entender a muchos, pero yo he observado que no le era muy agradable una función en que no estaba colocado su retrato, que no quise poner por no tener el del presidente de los Estados Unidos Mexicanos para colocarlo con él, y sólo puse, en el lado principal de la sala, los pabellones mexicano y colombiano cruzados…”. Fue presidente constitucional, Guadalupe Victoria, entre el 10-X-1824 y el 31-III-1829. ¡Tiempo hubo para tener su retrato, coronel! ¿Qué le permite pensar la injuriosa hipótesis que apunta, si Bolívar aparecía “tan contento”, respecto a la ausencia de su retrato? Más curioso es que no tuviera él, Torrens, un retrato del presidente Guadalupe Victoria para tal ocasión. Lo cierto es que los hechos, la hermosa y dura realidad (la realidad es el único escándalo que merece análisis y no el escándalo sin contextuar la realidad) se cruza con Torrens. En efecto, el 1 de septiembre de 1828 se publicaban, en Londres, Las Memorias de Miller (reescritas por su hermano) y, en 1829, apareció la segunda edición. John Miller, inglés, de acomodada familia, fue hombre de su tiempo. Participó en la gran batalla histórica entre Inglaterra y Francia. La invasión de España por Napoleón, en 1808, y el nombramiento de su hermano, José, como rey de España, posibilitó dos situaciones históricas inéditas: que, de un lado, un Ejército británico, el de Wellington, desembarcara, en España, para ayudar al pueblo español en su levantamiento contra el invasor. Del otro, resultado de esa realidad, John Miller se alistó en el Ejército británico en España y, al cerrarse el ciclo, Miller se incorporó a los ejércitos independientes en Buenos Aires. Sirvió bajo el mando de San Martín —personalidad notable, es decir, alejado del caudillaje y, por ello, ha tenido un lugar digno en esta serie— y después, bajo las órdenes de Simón Bolívar y Sucre, participó, ya general, en las batallas de Junín y Ayacucho (1824) con las que se derrota a los últimos ejércitos españoles en la región. ¿Por qué se olvida? ¿Cómo se afirma y construye una conciencia crítica sin el otro, sin los otros? Decía antes que ese hecho histórico (la invasión de España por Napoleón) deparó dos cosas. La primera ya se ha relatado. La segunda es que Europa contará, rápidamente, con un documento, en inglés y español: Las Memorias de Miller sobre la rebelión latinoamericana. La edición española se editó en Londres, en 1829, en la misma imprenta. Ello delata el interés que deparaba el escándalo de la realidad: que la invasión francesa hizo posible que las clases dirigentes, es decir, los poderosos criollos latinoamericanos —no nos engañemos— entendieran que había llegado su momento: el profetizado por Humboldt: la hora, el momento apropiado, para definir y establecer la independencia. El “grupo” de Londres, con Francisco de Miranda, tejía un inmenso proceso conciencial, —lo hemos visto ya— con el apoyo de Inglaterra que, a su vez, aspiraba al “libre comercio”, es decir, al fin de la “hegemonía del comercio latinoamericano bajo las regulaciones españolas”. Esa realidad (ese único escándalo) permitiría a Canning, canciller de Inglaterra, dirigirse a los independentistas del Cono Sur, ayudados por desembarcos británicos, con estas palabras inequívocas: “Ustedes serán la granja y nosotros la fábrica”. Así se establecería, en todo el siglo XIX, y prácticamente hasta nuestros días, el “intercambio desigual”. El libro de Miller, entre otros, pero de manera fundamental por su difusión en inglés, sirvió para que Karl Marx escribiera, en 1858, un texto polémico para The New American Cyclopoedia titulado Simón Bolívar y Ponte. El apellido Ponte era el segundo de su padre, el de su madre era Palacios. El texto, realizado sin una investigación rigurosa, tiene muchos errores y Bolívar es injustamente maltratado y el relato físico que hace de él (casi el que realiza Miller en sus Memorias) es derivado hacia una visión simplista del “general-dictador” tradicional. Un tema que, en el caso de Bolívar, sin caer en el idealismo, requería más tino. Hubo muchas protestas. Inclusive de la editorial The New American Cyclopoedia. Marx le dice, a Engels, irritadamente, las protestas que recibe: “Me reclaman, le dice, que he elegido un estilo partisano (prejuiciado) y exigen mis fuentes… en cuanto al partisanstyle, ciertamente que me he salido algo del tono enciclopédico. Hubiera sido pasarse de la raya querer presentar como Napoleón I al canalla más cobarde, brutal y miserable. Bolívar es el verdadero Soulouque”. Soulouque fue un tirano (1785-1867) que se proclamó emperador de Haití, en 1849 (un año después de la aparición del Manifiesto Comunista) como Faustino (su nombre) Primero. A todas luces no hay comparación. El escándalo de la realidad nos permite asistir al sobresalto de una época, en crisis, que permitía la caricatura. alponte@prodigy.net.mx
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