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¿Para qué sirve la poesía? Qué pena que Roberto Bolaño nunca llegara a ser el gran poeta que estaba llamado a ser. Qué pena porque su actitud tumultuosa e iracunda nos dejó el personaje pero no el poema. Y sin embargo, ha sido él, justamente, con una novela, el que nos devolvió la vigencia de la poesía y quien imaginó para ella un protagonismo total, vindicándola como el campo de la lucidez y de la locura, del arrebatado y de la disciplina enfermiza, del solitario ejercicio del destino personal. Ninguna otra obra, ningún poema actual, ha supuesto como lo hace Bolaño en Los detectives salvajes un papel para la poesía más desaforado y totalizante. Sorprende e inquieta, como me decía el otro día el poeta Luis Felipe Fabre, que la revaloración de la poesía se verifique hoy en la narrativa. Que la poesía necesite de ella, a la que en el fondo desprecia, para que la gente (que de todos modos no la leerá) se atreva a suponer su existencia. Para Bolaño la poesía era el oro falso por el que valía la pena todo, era la eterna inmadurez (esa inmadurez tan necesaria para el arte en la visión de Gombrowicz), y una búsqueda rabiosa destinada al fracaso. La poesía, se ha dicho una y otra vez, no sirve para nada. La pregunta sobre su pertinencia, sobre su utilidad, se la formulan una y otra vez los poetas (lo hace, por ejemplo, José Emilio Pacheco en el número más reciente de Letras Libres), apurados por la culpa, un poquito desesperados, avergonzados, pero también orgullosos. En efecto, ¿para qué sirve la poesía? Se lo preguntaron a Borges y él respondió con otra pregunta: ¿para qué sirven los amaneceres? Una respuesta, me temo, que no era digna de él. A mí en lo personal apenas me interesa el efecto escenográfico del amanecer. Y en cambio, como a muchos otros (a veces sin saberlo) me interesa vivamente el hecho cultural del amanecer. Perdón por la pedantería, pero uno acaba entendiendo las cosas mejor por la mirada de la poesía y del arte. Así, un amanecer lluvioso, será para siempre esa línea que dice “bien peinada la mañana chorrea el pelo fino”, de Vallejo. Y la noche, la noche que asusta a la rana que dice López Velarde, tendrá como la tuvo para él una “quieta impostura virginal”. No me alejo con ello de la conjetura de Borges, que en un poema justamente titulado Amanecer, y siguiendo a Schopenhauer y Berkeley, declara que “el mundo es una actividad de la mente”. La poesía, y lo digo con el mayor despecho, no sirve para nada, absolutamente para nada que no sea arruinar la vida de los poetas. La Diosa —como algunos poetas todavía la llaman— les exige sacrificios descabellados a cambio de nada. Como a Cavafis les enseña el valor de decir el gran No, a sabiendas que ese No es la ruina de su vida. El poeta, como antes el filósofo, es la imagen de la deshonra, de la inutilidad. Hay un poeta colombiano, Raúl Gómez Jattin, que describió como nadie la cifra de su estirpe: “Los habitantes de mi aldea/ dicen que soy un hombre/ despreciable y peligroso/ Y no andan muy equivocados/ Despreciable y peligroso/ Eso ha hecho de mí la poesía y el amor/ Señores habitantes/ Tranquilos/ Que sólo a mí/ Suelo hacer daño”. Pero, ¿sirve, sirve para algo la poesía? Los personajes de Bolaño se empeñan en la búsqueda de una quimera, de una metáfora, de un destino: una poeta mítica de la que no se conocen poemas. En el camino tienen tiempo de perderse, de huir, de olvidarse de la búsqueda. En el camino, por mano de un chileno, se escribe la mejor novela mexicana de los últimos años. El final es desconsolador: los detectives salvajes dan con la poetisa pero no pueden cruzar con ella siquiera una palabra. ¿ Para eso sirve la poesía? ¿Para plantear un falso problema y a la vez ejecutar los elementos de su imposible solución? ¿Más Villaurrutia y menos flores de Bach? ¿A quién recurrir en los momentos de crisis? (Definición de crisis: sin importar las razones, se ha llegado al momento de considerar seriamente un salto por la ventana.) Hay quien se dirige a la farmacia y compra su dosis de antidepresivos y luego pasa la tarde leyendo una interpretación química de los sentimientos. Así da con soluciones explícitas y diáfanas a antiquísimas preguntas: ¿Cuánto dura el amor? ¿Qué significa morir? ¿Existe Dios? (Apenas este fin de semana Micaela, el personaje central de Réquiem —película traducida como La posesión— decide que esa explicación es una miserable estafa. Tira al caño las pastillas recetadas por los neurólogos y enfrenta la realidad. Su teoría: está habitada por seres malignos que día con día asaltan su vida cotidiana y consumen su normalidad.) Esto sugiere otro remedio posible: hay quien se dirige a la iglesia más cercana y deposita sus problemas como ofrenda silenciosa a los seres superiores. Al hacerlo debe concentrarse en su fe y hacer caso omiso de los titulares de los periódicos, llenos de palabras blasfemas como pederastia. Otros optan por buscar en la red las infinitas posibilidades que hoy ofrece la terapia. ¿Programación neurolingüística, constelaciones familiares, flores de Bach? Todo está en saber con precisión qué mal se padece para encontrar el camino hacia la cura. El abanico permite todas las hipótesis: hay ángeles revoloteando sobre nuestras vida, las energías se alinean con los puntos cardinales, padecemos un ataque del pasado, es decir, recaemos en la enfermedad de que morimos en el siglo XVII. Mil chamanes ofrecen sus versiones sobre la existencia, casi siempre marcadas por la falta de imaginación. Entre más estrecho sea el camino que se quiera recorrer, más efectiva la terapia. El viejo y abollado sicoanálisis llevaba a un vacío que las terapias actuales se apresuran a llenar con cuentos de hadas. Lo cual sugiere un problema difícil de salvar: ¿quién que haya leído buenas novelas se resigna la literatura de autoayuda? ¿Qué puede un terapeuta contra la palabra de Cavafis? Sólo sé decir que en las crisis de mi vida vuelvo a las páginas de Borges. Tal vez porque me ha acompañado tantos años. No es fácil prescindir de su feroz inteligencia, de su irreverente sentido del humor. Quizá porque los palacios de precisos cristales que edifica son un antídoto al caos que nunca se abstiene de invitarlo. Todo lo cual no obsta para que hace pocos días, en un momento crítico, Juan Carlos Bautista me rescatara con una cita de Pessoa. Los integrantes del colectivo La Primera Dama son: Vizania Amezcua, Juan Carlos Bautista, Adriana González Mateos y Saúl Gutiérrez.
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