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Jacobo Zabludovsky
21 de enero de 2008

Adiós Andrés

Cibeles nos tomó de la mano al poeta Alí Chumacero y a mí, separándonos de familia y amigos reunidos en el patio de su casa para celebrar el cumpleaños 101 de su padre y nos subió a la recámara donde Andrés Henestrosa, con las cobijas hasta el cuello, sonrió al vernos.

—Baja, Andresito —le dije—, no seas flojo, tómate un mezcal conmigo. —No, estoy muy cansado, hoy me quedo aquí. La penumbra pesaba en el ánimo como un presagio, con el frío de las despedidas. Pensé en Sancho y quise decirle “no se muera vuesa merced, señor mío, tome mi consejo y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie lo mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía”.

Cuarenta días después, el 10 de enero en Bellas Artes, estaba de nuevo junto a Andrés pero no lo vi, no se abrió la caja de madera mate sin brillos de latón ni ornatos rituales, tan parecida a las de tablas rústicas, nudosas y ásperas, unidas por clavos vistos en que son enterrados los judíos. Alguna vez me dijo, lo recordé frente a ese ataúd austero como su vida, que era mezcla de español, indio, negro y algún converso cuya huella rastreó a contracorriente del tiempo para ubicar la noche en que sedujo a su tatarabuela. Tal vez fueron esas gotas de siglos en los latidos de su corazón las que generaron sus artículos sobre México como refugio de perseguidos, la Gestapo en Auschwitz, la justificación del sionismo y su nostalgia por el ladino como un idioma evanescente.

Fue en 1946, antes de los 40 de Andrés y de que yo acabalara 18, cuando unimos nuestros nombres a los de Andrés Serra Rojas, Emilio Portes Gil, Adolfo Fastlicht, Moshe Tov, Martín Luis Guzmán, Golda Meir, Jaime Torres Bodet, Samuel Kurian, Agustín Yáñez, Alejandro Carrillo y Agustín Salvat, el día que fundamos el Instituto Cultural México-Israel. Soy el último.

Hace dos años, una noche en el Patio de Bachilleres de nuestra Escuela Nacional Preparatoria, Andrés habló desde su silla de ruedas para decir palabras generosas cuando recibí una distinción universitaria:

“Nunca sé cómo empezar, cómo continuar, mucho menos cómo acabar. Nos reúnen muchos motivos pero uno, el principal, es abrazar al amigo, firme, de pie, como la palabra al ras de labios, premiado por cumplir cotidianamente con la tarea. Cuando yo era joven y de eso hace muchos centenares de años, por estos lugares recorría platicando —nunca entré a clases y se nota—, pero es hablando como ocurren a la memoria cosas que nunca antes habíamos pensado. Quien le dijera al pobre niño despeinado, descalzo, que bajó un día en Buenavista y se dirigió al Paseo de la Reforma atraído acaso por el esqueleto del Monumento a la Revolución. Todo mi caudal se reducía a una funda de almohada, una muda de ropa, unos zapatos de diversa clase: uno era de lona blanca y otro de lona amarilla. Y aquí estoy. ¿Por qué? Cuando un hombre se decide al ayuno no hay fuerza capaz sobre la tierra de vencerlo. Vine aquí, leí a los clásicos, no entendí nada, pero obtuve una lección: eso que no entendemos hoy, Jacobo, tenemos mañana para entender y leí a Platón, a Platino, a Aristóteles y la ganancia fue que puse en mi entendimiento lo que no decía el libro. Al escribir fui autor, al propio tiempo que era un lector. Vale la pena, lo repito, una vida de penurias y lo repito, más bien puedo decir ‘panurias’ y aquí estoy. Dentro de unos cuantos días tengo 100 años y digo entre burlas y veras, más entre veras que entre burlas, que si no puedo ser inmortal por mis obras tengo que serlo en la vida como cuando me veo acompañado por gentes tan ilustres, tan señaladas en la vida de México, me doy por bien pagado. Valió la pena una vida de sufrimientos para merecer, como ahora creo que estoy mereciendo, el saludo y la presencia de ustedes. Muchas gracias”.

Un acto de amor fraternal como ese sólo pudo ser superado con una petición inesperada: la de que yo dijera el discurso en la comida de su cumpleaños número 100, en un lugar extraviado: el salón de fiestas de la Bolsa Mexicana de Valores. Andrés conocía los del espíritu, no los bursátiles, pero la reunión tenía la emoción de lo irrepetible.

“Si quiere encontrar a Andrés Henestrosa —dije aquel día—, búsquelo en San Ildefonso, esa calle tan corta en pasos, tan larga en historia. Lo hallará entre los fantasmas y la leyenda, metido en cuentos y apariciones. Déjelo recoger las palabras adolescentes de quienes apostaron a Vasconcelos y todo lo perdieron. Recuérdelo como cronista de su ciudad. Al fin Henestrosa es apellido también del Marqués de Santillana y los dos Garcilazos. Y cuando el ruido de sus pasos deje de escucharse en el Centro algunos sabrán, gracias a él, cuánta nostalgia puede caber en tan pequeño espacio”.

Pero, ¿dónde y cuándo nos conocimos? Fue hace mil 100 años en San Millán de la Cogolla, cuando un monje anónimo escribió al margen de una oración en latín las primeras palabras de un nuevo idioma, patria, madre y aldea donde el horizonte se trazó con vidas diversas: arcipreste, alcahueta, autor del soneto para enseñarnos a hacerlo, licenciado de vidrio, soldado narrador de la conquista de otro mundo, amante capaz de escribir los versos más tristes esta noche, frutera de El Volador, buscador de su padre en Comala, coronel que frente al pelotón de fusilamiento inventó nuevo génesis.

Todos ellos y muchos más, un infinito universo de hombres y mujeres reales y ficticios, maestros y guías, bellacos y belitres, vecinos hospitalarios que nos permitieron vivir entre ellos, encontrarnos y querernos.

 
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PERFIL
 
Periodista y licenciado en Derecho de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de México. Inició sus actividades periodísticas en 1946 en Cadena Radio Continental como ayudante de redactor de noticieros. En 1950, al empezar la televisión en México, inició la producción y dirección del primer noticiero profesional de la televisión mexicana y desde entonces, ininterrumpidamente, dirigió y presentó tele noticieros hasta el 30 de marzo de 2000. Fue catedrático de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Durante 27 años dirigió y presentó el programa periodístico de televisión “24 HORAS” transmitido en red nacional por Televisa en la República Mexicana. Del 1º de septiembre de 2001 a la fecha conduce el programa "De una a tres” de Radio Red y "La 69" de Radio Centro.
 
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