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    Itinerario Político
Ricardo Alemán
21 de enero de 2008

El caso W y la esquizofrenia

Esa expresión de repudio a la salida de Aristegui confirma que México ya tiene una saludable “opinión pública”

El problema aparece cuando ese sector no acepta la existencia de otras vertientes de la misma opinión pública

Si bien resulta molesto para algunos, exagerado para otros, y para no pocos hasta motor para el resurgimiento de esa curiosa batalla entre buenos y malos que caracterizó al proceso electoral federal de julio de 2006, lo cierto es que el llamado “caso Aristegui” —legítima decisión de una empresa mediática de no renovar el contrato a la periodista, que provocó una saludable reacción social de protesta— le ha hecho un gran favor a la democracia mexicana.

Se puede estar o no de acuerdo con el argumento esgrimido por la señora Aristegui y sus seguidores —de que la cancelación de un contrato privado es un atentado a la libertad de expresión de la periodista y al derecho de los escuchas a sintonizarla—; se puede aceptar o no la teoría de que la periodista, sus colaboradores y defensores —los que perdieron no sólo un empleo, sino una ventana para su expresión— tienen una clara militancia partidista y son los mismos que le dieron cuerpo al cuento del fraude, y se pueden validar o no los argumentos delirantes de que la periodista fue echada como resultado de un manotazo del “espurio”, al que según esos delirios “Carmen tenía hasta la madre”.

Se pueden discutir las miles de posturas que ha generado el caso, pero nadie puede negar que esos miles de simpatizantes y defensores de la señora Aristegui tienen el derecho a expresarse, a ofrecerle solidaridad moral y hasta apoyos económicos —porque sin duda alguien debe pagar lo que cuesta una campaña de promoción como la que está detrás—; que tienen el derecho a financiar costosos desplegados, ordenar la impresión de no menos caros carteles y cartulinas con la imagen de Carmen; a organizar mesas redondas y debates sobre la perversidad de los poderes fácticos; conferencias y lobbismo parlamentario, de echar a caminar los efectivos centros de reacción inmediata —que lo mismo responden a críticas en radio que mandan cartas a la prensa escrita—, y hasta de promover en todos los foros el martirologio de Carmen.

Y es que esa descomunal fuerza social, espontánea en una buena porción, patrocinada en otra, sin orden ni concierto en algunos casos y perfectamente organizada en otros, no es más que una de las expresiones recientes pero fundamentales de toda democracia. Y ese poder social es definido por la ciencia política como “opinión pública”. Dice Matteucci: “Los hombres, en la formación de la sociedad política, han renunciado, en favor del poder político, al uso de la fuerza contra un ciudadano. Pero conservan de hecho el poder de juzgar la virtud y el vicio, el bien y el mal de sus acciones (de las acciones de las diversas expresiones del poder). La ley de opinión se coloca junto a la ley divina y a la ley civil, y su sanción es la reprobación y el elogio por parte de la sociedad de tal o cual acción”.

Pues bien, esa formidable capacidad que sectores sociales diversos tienen para organizarse en torno a una causa —en este caso el respaldo político, moral y económico a la señora Aristegui—, de expresarse contra la arbitrariedad de alguna de las distintas formas del poder —en esta ocasión contra la supuesta complicidad entre el poder de Prisa, Televisa y el “perverso gobierno espurio”—, no es otra cosa que la confirmación de que México ya tiene una saludable “opinión pública”, estemos o no de acuerdo con su causa y con sus métodos de expresión.

El propio Matteucci define así “opinión pública”: “Es un fenómeno de la edad moderna; de hecho presupone una sociedad civil separada del Estado, una sociedad libre y articulada, en la que hay centros que consienten la información de opiniones no individuales, tales como los periódicos y las revistas, los clubes y los salones, los partidos y las asociaciones, la bolsa y el mercado; o sea, un público de particulares asociados, interesados en controlar la política del gobierno, aunque no se desarrolle una actividad política inmediata”. De esa manera, parece que podremos estar de acuerdo en que la reacción social en torno a la salida de la señora Aristegui de su informativo en Televisa Radio, puede ser definido como una muestra clara de que en México la “opinión pública” existe, se expresa y su expresión consigue sus objetivos; la sanción social a los excesos del poder.

Pero el problema aparece cuando ese sector social, esa porción de la opinión pública que se manifiesta en apoyo a la periodista y en rechazo a los poderes formales y fácticos —como Prisa, Televisa y el gobierno de Calderón— no acepta y menos reconoce la existencia de otras vertientes de la misma opinión pública, que ven el caso de Carmen de otra manera, que piensan distinto y hasta consideran que el de la señora Aristegui es otro circo mediático.

Supuestamente el debate es por la libertad de expresión, pero según los simpatizantes de Carmen —entre reputados intelectuales y periodistas—, pensar distinto no sólo es una traición, sino significa ser de derecha, comparsa de Prisa, Televisa y del gobierno de Calderón. Olvidan que “la libertad de expresión y el derecho a la información no sólo son derechos fundamentales de cada ciudadano, sino que significan el reconocimiento y la garantía de una institución política fundamental, que es la opinión pública libre, indisolublemente ligada al pluralismo político, que es un valor fundamental y un requisito de funcionamiento del estado democrático”.

Pero el asunto rebasa la intolerancia y alcanza niveles de esquizofrenia cuando el mismo sector social que apoya a la periodista Aristegui les niega a otros ciudadanos el derecho de organizarse bajo la misma premisa de “opinión pública” y de protesta contra la reforma al artículo 41 constitucional porque ven vulnerada su libertad de expresión, ya que se impide que en tiempos electorales los ciudadanos puedan contratar espacios en radio y televisión para criticar a los partidos o a los candidatos en contienda. ¿Cuál es la diferencia entre la protesta de los apoyadores de la señora Aristegui y los críticos al nuevo texto del 41 constitucional? Más allá del fanatismo, de las posturas maniqueas y de los delirios persecutorios, los dos grupos defienden los mismos derechos y son ejemplos de la saludable consolidación de la opinión pública. Lo demás es odio y mezquindad.

aleman2@prodigy.net.mx

 
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Apasionado del periodismo, así explica el autor su dedicación de más de 10 años a este espacio donde se afana en traducir, aclarar y revelar los entretelones de críptico ámbito que es la política. Su trabajo requiere análisis, conocimiento y paciencia para poner en su lugar las piezas del acertijo. Le intriga también la literatura, aunque asegura que ninguna novela es más interesante que la realidad política.
 
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