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Ajuste al gabinete
El ‘modus operandi’ se mantiene incólume: cautela, simulación y secretismo. Como ocurría en el antiguo régimen, el segundo gobierno panista ha preferido guardar las formas del ritual y actuar con la discrecionalidad que reclaman los viejos usos del poder. La sociedad no conocerá las razones del Ejecutivo para “aceptar la renuncia” —eufemismo risible pero necesario— de Beatriz Zavala a la Secretaría de Desarrollo Social. No habrá, por supuesto, un examen crítico ni el mínimo ejercicio de rendición de cuentas como encargada de una entidad clave del gobierno federal. Muy por el contrario, el desempeño de la senadora con licencia será “reconocido” con un cargo de primer nivel en el Comité Ejecutivo Nacional del PAN: titular de Relaciones Gubernamentales. Una salida elegante que, sin embargo, abre una paradoja difícil de explicar: o se trata de un relevo por incompetencia —lo que supone trasladar la ineptitud al CEN panista— o en el enroque se sacrificó a una funcionaria que debía permanecer en el equipo de gobierno. Forzados a elegir entre hipótesis excluyentes, y sin más información que la registrada durante el primer año de la administración, optamos por la primera. Beatriz Zavala rebasó, muy pronto, su nivel de competencia. Sin preparación para el cargo ni experiencia política que paliara sus carencias profesionales, no estuvo a la altura de las exigencias de una dependencia estratégica. No resistió el contraste con su antecesora en el cargo (Josefina Vázquez Mota, estrella del gabinete foxista) ni fue capaz de renovar la estrategia de combate a la pobreza y actualizar los criterios de la política social. Como el resto del gabinete, apostó por la inercia, pero la dinámica social desbordó todas las previsiones. Es muy probable, como afirman ahora sus colaboradores, que Zavala haya operado con una desventaja de origen: no pudo formar equipo propio pues los subsecretarios habrían sido designados por Camilo Mouriño, jefe de la Oficina de la Presidencia. Pero este sería, en todo caso, un ingrediente más de una gestión deficitaria en todos los órdenes. ¿Justificación del bajo rendimiento y la mediocridad? Sea como fuere, la salida de Beatriz Zavala del gabinete era previsible. Su lugar será ocupado por uno de los hombres más cercanos al presidente Calderón: Ernesto Cordero, hasta ayer subsecretario de Egresos de la Secretaría de Hacienda y uno de los responsables del plan de gobierno. Actuario y doctor en Economía por la Universidad de Pensilvania, este panista de 39 años salta a las ligas mayores para ocupar una de las posiciones más importantes del equipo de gobierno: ahí donde el despliegue de políticas públicas suele traducirse en votos y la aplicación de recursos millonarios produce el milagro de la multiplicación de las clientelas. A nadie escapa, asimismo, que la Secretaría de Desarrollo Social es una formidable plataforma para formar figuras de enorme peso político, influencia e interlocución obligada con prácticamente todos los actores políticos, sociales y productivos. Es decir: una posición ideal para construir una candidatura presidencial (remember Luis Donaldo Colosio). Con la mira puesta en las elecciones intermedias de 2009 y en la continuidad del poder panista, el titular del Ejecutivo realiza un ajuste estratégico en su equipo de gobierno y se desprende de pesos muertos, cuotas sectarias o compromisos partidistas. En el segundo año de administración, el de la consolidación, Felipe Calderón está dispuesto a tomar las riendas, apretar tuercas y tornillos, rectificar decisiones erradas o cálculos contrariados. Sería deseable que, en esta dinámica, la renovación llegara a otras áreas de la administración pública federal. El rendimiento decreciente (y contraproductivo) en las secretarías de Gobernación y Agricultura, por lo menos, obligaría a una cirugía mayor. Hace tiempo, demasiado tiempo, que Francisco Javier Ramírez Acuña y Alberto Cárdenas merecen un lugar de honor en la dirección nacional del PAN.
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