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    Economía Informal
Macario Schettino
15 de enero de 2008

Para ser ricos

El jueves pasado no cumplí mi promesa. Tenía que haber continuado mi argumentación sobre “el esquema que no sirve”, y me interrumpí para comentar acerca de la recesión en Estados Unidos

Espero que me disculpe, pero en la semana pasada hubo muchos comentarios sobre dicha recesión que exigían ser aclarados, y espero haberlo logrado. Una vez disculpado, regreso al tema de nuestro esquema económico, o modelo, como quiera usted llamarlo.

Le decía el martes pasado que hacia 1965 se agotó el modelo construido por la Revolución, o para más claridad, por el cardenismo. Se trataba de una economía primaria en proceso de industrialización, como el resto de América Latina. Y también al igual que el resto del continente, el proceso se acompañó de una intervención directa del gobierno en la economía. Debido a la gran diferencia con el mundo industrializado de entonces, se pensó que era mejor cerrar las fronteras para permitir que la industria nacional, “infantil”, pudiese desarrollarse para después competir.

El resultado fue una economía muy deficiente, poco competitiva, en la que los aranceles sirvieron para que los empresarios ganaran más, y no para que desarrollaran sus empresas. En el proceso, los precios de las materias primas que exportábamos fueron cayendo, como ocurre siempre en el largo plazo, de manera que cada vez podíamos importar menos. Así, los aranceles fueron subiendo para evitar una crisis de balanza de pagos, haciendo cada vez menos eficiente la industria nacional.

Si a esto le suma usted el gran crecimiento poblacional que sufrimos en esos años, gracias a las bendiciones de la medicina, le será más fácil imaginar lo que era México a fines de los 60 e inicios de los 70. El sector primario ya no podía dar más, la industria no había crecido, y había millones de personas más que atender. La mejoría en bienestar que se había alcanzado en las décadas anteriores, que no fue nada espectacular, se empezó a estancar. Quienes vivían en el campo, que ahora ya se había agotado, empezaron a migrar hacia las ciudades a gran velocidad. De esa época data el gran crecimiento de la ciudad de México, sin ningún orden.

Pero en ese momento, en lugar de buscar otra forma de llevar la economía, lo que se intentó fue un renacimiento del modelo cardenista, precisamente por el presidente que más quiso asemejarse al general: Luis Echeverría. Se reactivó la reforma agraria (pero ya no había tierras), se multiplicaron los empleos en el gobierno, se ampliaron las universidades. Pero todo bajo la misma lógica que ni había funcionado antes, ni podía funcionar entonces.

Para fines del sexenio de Echeverría, el fracaso de la economía mexicana ya no era un asunto de técnicos, ya cualquiera lo veía. Pero la devaluación de 1976 y el posterior anuncio del descubrimiento de Cantarell oscurecieron la razón de los mexicanos y les devolvieron las esperanzas de la Revolución Triunfante. Lo que ocurrió, como usted sabe, es que terminamos ese sexenio con una crisis brutal, a la que tuvo que seguir, obligadamente, una corrección en la forma de manejar la economía que popularmente ha dado en llamar neoliberalismo.

Desde mediados de los 80, es decir hace ya 20 años, México vive una indefinición extremadamente costosa. A pesar de que es muy claro el fracaso del modelo nacionalista revolucionario, que nunca logró construir industria nacional y sí se acabó el campo, no hemos podido salir de la camisa de fuerza que se construyó entonces. Peor todavía, se sigue defendiendo ese modelo, culpando al “neoliberalismo” de las fallas. Como si la ineficiencia de Pemex, o de Luz y Fuerza del Centro fuesen resultado de las decisiones de hoy, y no de las tomadas antes de 1965. Como si el deterioro del campo hubiera ocurrido hace unos meses, y no hace más de 40 años. Como si la pobreza hubiera aparecido en 1982.

El discurso del régimen de la Revolución Mexicana fue tan poderoso que ha nublado las mentes de los mexicanos por décadas, y aún lo sigue haciendo. Por eso nos es tan difícil entender que el capitalismo es, hasta el momento, el único sistema económico que produce crecimiento económico y mejora la distribución de la riqueza. Y como eso nunca lo entendimos, pues nunca quisimos ser capitalistas. Pero queremos ser ricos. Habrá que decidirse. Si queremos riqueza, dejemos atrás las telarañas de la Revolución. Si queremos ser revolucionarios, olvidemos los sueños de riqueza.

Lo que no se puede es las dos cosas al mismo tiempo.

www.macario.com.mx

 
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PERFIL
 
Doctor en Administración, candidato a doctor en Historia. Ha sido profesor investigador en El Colegio de México y el Tecnológico de Monterrey. Es director de Investigación y Programas Doctorales del Tec de Monterrey, campus Ciudad de México, y director de la sección Finanzas de El Universal. Ha publicado 12 libros. Su columna consiste en análisis sencillos de fenómenos económicos y financieros.
 
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