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    La Primera Dama
Colectivo
13 de enero de 2008

Bill y Hillary Clinton: la política, las emociones y la sexualidad

En una reunión con mujeres en New Hampshire, a propósito de la elecciones primarias para elegir al candidato(a) demócrata que buscará la presidencia de los Estados Unidos de América en noviembre del año 2008, Hillary Rodham Clinton, con voz entrecortada y con ojos anegados, suplicó a sus simpatizantes apoyo incondicional y decisión para derrotar a sus ponentes en la contienda: Barack Obama y John Edwards.

Una asistente de la precandidata demócrata, entre incrédula y azorada, dijo que la reacción emocional de Hillary Clinton fue un acontecimiento inesperado y por lo tanto sorpresivo. ¿Por qué? Porque la señora Clinton durante su larga carrera en la política partidista bien se había guardado de responder —en público— con furia las acusaciones enderezadas en su contra, de derramar una lágrima por los muertos de Irak, de abrazar efusivamente a alguien, de echarse a reír a carcajadas o de alzar la voz para regañar al prójimo. Sus sentimientos, remató la asistente, solían permanecer en casa.

Hace muchos años, en el siglo pasado, en la confortable residencia llamada Casa Blanca, Bill Clinton sostenía “relaciones impropias” con la señorita Mónica Lewinsky. El affaire no se mantuvo a buen resguardo sino hasta a principios de 1998. Entonces el presidente de los Estados Unidos de América no tuvo más remedio que actuar: negó públicamente haber tenido relaciones sexuales con Mónica Lewinsky. La “mancha blanca”, sin embargo, estaba ya en el vestido azul y muy pocas personas le creyeron al ahora ex presidente, entre ellas Al Gore y Madeleine Albright, a la sazón vicepresidente y secretaria de Estado de ese país. Se nombró un fiscal especial y el señor Clinton fue acusado de mentir, fue objeto de furiosos embates por parte de sus enemigos políticos, principalmente de los republicanos, y el segundo período presidencial estuvo a punto de naufragar.

No deja de ser curioso el hecho de cómo la infidelidad —plasmada en ese acto sexual, íntimo y secreto— se puede convertir en un tema cuyas consecuencias son catastróficas. Que los políticos se vean envueltos en escándalos de corrupción se entiende como resultado de la “naturaleza” de todos aquellos que participan en la política institucional (y a la ley se le tiene como el medio para contener la voracidad y la desmesura —aunque sea a medias). Pero que los políticos —¿únicamente los hombres?— se enreden en relaciones extramaritales resulta para casi todos(as) inaceptable (en 1987, Gary Hart, precisamente en New Hampshire, renunció a la contienda electoral para obtener la candidatura demócrata debido a que fue ventilada por The Miami Herald su relación extramatrimonial con la modelo Donna Rice). Bill Clinton, pues, no sólo cargó con el sambenito de la infidelidad, sino que también contravino la común creencia de que la sexualidad debe ser legitimada por la reciprocidad (¿Mónica era un simple juguete para saciar los impulsos sexuales de Bill?, ¿o la primera sencillamente sedujo al segundo para hacerse de un empleo bien remunerado en la Casa Blanca?) y los sentimientos (¿Bill y Mónica realmente se amaban?) “inherentes” a una “relación formal”.

Quizás no haya nada más impredecible e incontrolable que la aparición o la difusión de un acontecimiento de carácter privado o íntimo en la esfera pública. Hillary Clinton, para ganar votos, acompaña su confesión de que la actividad política es muy difícil y agotadora con una voz temblorosa y unos ojos arrasados (el emotional display en favor de la “noble causa” de ganar simpatizantes para llegar a ser presidenta del país más poderoso del mundo). Bill Clinton, en agosto de 1998, en un acto de mea culpa, finalmente admitió que tuvo una “relación impropia” con la señorita Mónica Lewinsky (“el sexual engagement” que mina las bases de un gobierno). Con ese arrebato de sinceridad el ex presidente se propuso, por un lado, obtener la “absolución” pública de su “pecado” (“sin el indulto de mi pueblo, mi presidencia se va al infierno”) y, por el otro lado, salir avante del juicio en tribunales.

A Bill Clinton lo perdonó Hillary y el presidente concluyó su mandato en el año 2000. ¿Hillary Rodham Clinton ganará las elecciones en 2008?

saulescri@yahoo.com

Sax in the city

Hay temas ante los cuales más valdría mantener la boca cerrada. Pero lo oral —incluido el sexo oral— tendrá siempre la tentación de volverse cosa escrita. O de exhibirse como asunto demostrado, con los pelos en la mano.

Esto lo digo porque tengo en mente el caso Clinton-Lewinsky, ahora que palpita como un as bajo la manga en las incipientes elecciones para elegir candidato demócrata en Estados Unidos. Parece increíble que en estos días se estén cumpliendo ya 10 años del affaire. Sobre él corrieron ríos de tinta, chorros de tinta. Los chistes se multiplicaron (el chiste que según la concepción de Freud es algo así como el bufón de nuestro inconsciente, el que, como no queriendo, suelta las verdades). Nunca como entonces se habló tanto de la fellatio, esa caricia tan vieja como la humanidad, ese consuelo fácil, inmediato, tan “peladito y a la boca”. Hasta los bonobos, los animales que más se parecen a nosotros además de los panistas, lo practican con destreza y comedimiento. Un antojo del que quedan testimonios preclaros en los muros de Pompeya, en los príapeos y en las sátiras de Catulo. La primera felación que yo recuerdo la leí en la Biblia, en el Cantar de los Cantares, unas líneas de belleza estremecedora: “Como un manzano entre los árboles silvestres,/ es mi amado entre los jóvenes:/ yo me senté a su sombra tan deseada/ y su fruto fue dulce a mi paladar”.

Antes de que Lewinsky se convirtiera en la practicante (becada, además) más famosa de este placer, la corona pertenecía a Linda Lovelace, la célebre estrella de Deep Throat, de quien se especulaba que podía alcanzar el orgasmo con la mera frotación de su garganta. Después de ella, el guagüis (que es como los chilangos llamamos cariñosamente a la felación) cobró un protagonismo inesperado. La crema se salió de la cremallera, diría un cubano. A esa popularidad colaboró sin duda la propagación del sida, que encontró en esta una de las prácticas sexuales menos riesgosas. Pero también ayudaron los protagonistas de los gustosos escándalos que la tenían como cereza del pastel, llámense Collin Farrel, George Michael o Paris Hilton, que desde sus respectivas posiciones y maniobrando con mayor o menor destreza, pusieron la fellatio en punto de turrón.

El caso Clinton-Lewinsky (¡ah qué fácil aliteración la de guagüis-Lewinsky!) tiene implicaciones con el poder que conviene no pasar en alto. Por unos meses el Salón Oral se convirtió en el centro del imperio. Mónica Lewinsky, una muchacha regordeta y no especialmente agraciada, devino en porno star sui generis que puso en jaque la política estadounidense. Aunque fueron muchos los que se desgarraron las vestiduras, el desenlace del oralgate hizo pensar a muchos que el mundo posterior a la guerra fría estaba caliente. Clinton la libró bien, con un aura sexy que todavía lo persigue. Pero también era cierto que el papel de las mujeres implicadas era cuestionable: una, atolondrada objeto de placer; otra, delatora y oportunista, y una más, mujer de poder, defensora de la imagen pública de su familia, pase lo que pase. Yo me pregunto, porque sé que ninguno de los contrincantes políticos de Hillary, por más pérfidos que sean, se lo preguntará en los debates: ¿saldría ella igual de bien librada que su marido en caso de que, ya presidenta, le practicaran la cunnilingus ahí mismo, en el Salón Oral? No es lo mismo, claro está. La felación no sólo es placer, con mucha frecuencia es ratificación del poder masculino.

Pero no nos pongamos pesados. Hay otra historia de felaciones, mujeres y poder que me gusta mucho: la de Tania Dervaux, una bella y explosiva candidata al senado belga (¡no caigamos en provocaciones fáciles, por favor!) que al prometer 40 mil puestos de trabajo (jobs), los votantes le replicaron que mejor prometiera 40 mil blow jobs (chupadas), propuesta que ella tomó al vuelo para encabezar una campaña electoral que no se olvidará fácilmente. No nos pongamos pesados: celebremos la otra cara de la moneda, la parte del placer y del juego.

“El sexo es sucio, sobre todo cuando se hace bien”, ha dicho Woody Allen, quien comparte con Clinton el gusto por el sex, perdón por el sax, y a quien le debemos algunas de las escenas que mejor han desacralizado el sexo. Con su insistencia satírica, con sus chistes inigualables, parece decirnos: El sexo nos pone de nervios, es verdad, pero también es la mejor manera de quitárnoslos.

Los integrantes del colectivo La Primera Dama son: Vizania Amezcua, Juan Carlos Bautista, Adriana González Mateos y Saúl Gutiérrez.

 
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