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Sin camino: Houllebecq
Un experto en informática (no importa su nombre) trabaja para una gran empresa (cualquiera), da cursos en varios ayuntamientos y descubre que en realidad su vida es insustancial, propia de aquellos que transitan sin sentido, falto del mínimo esfuerzo por salir de la postración en la que se encuentra. Es la Francia actual donde los emigrantes incendian autos y nada cambia y los presidentes de la república mudan de esposa para salir en portadas de revistas frívolas. Michel Houllebecq, en Ampliación del campo de batalla (Anagrama), dice al principio: “El mundo se uniformiza ante nuestros ojos; los medios de comunicación progresan; el interior de los apartamentos se enriquece con nuevos equipamientos. Las relaciones humanas se vuelven progresivamente imposibles… Y poco a poco, el rostro de la muerte, aparece en todo su esplendor. Se anuncia el tercer milenio”. ¡Paradojas! No tenemos, ahora, un individuo que busca en Tailandia y el ligue con una mujer la posibilidad de hacerla y, no importando la cosificación, lograr experiencias sexuales únicas como en Plataforma. Ni mucho menos a quien encuentra, en determinada secta donde se combina el esoterismo con los descubrimientos científicos, al nuevo hombre (La posibilidad de una isla). En esta ocasión el tedio es lo básico, las enfermedades lo corriente, la hospitalización lo que llega y hasta el sicoanálisis inoperante o de moda. El viaje es de introspección, no de vivencias terrenales (Lanzarote). Se descubrirá, entonces, la repulsión de uno mismo, la denigración de todos, la insatisfacción como objeto, la nada existencial de la que hablaba Sartre. Pareciera que tenemos una sombra: “Desde hace años camino junto a un fantasma que se me parece y vive en un paraíso teórico, en estrecha relación con el mundo”. No hay posibilidades de saber quiénes somos, menos el rumbo. Ir deambulando de trabajo, por sitios donde hay ciertos atractivos pero sin verdadero interés; escuchar a los jefes parlotear acerca de los rendimientos y a nuestros compañeros intentar ligar sin muchas posibilidades, es algo que destaca en la obra. Frente a las angustias de quienes tienen de 25 a 40 años, los jóvenes —sobre todo ellas— se dibujan potentes, atractivos, vivaces, dispuestos al juego que sea, aunque a fin de cuentas son también presencias sin aliento, materia, estructura. El recambio biológico porque sí, natural. ¿Hasta cuándo? Ni siquiera hay la evasión por el alcohol, las drogas o el placer carnal. En un momento nuestro héroe dice: “La idea me obsesiona: cortarme el sexo. Imagino las tijeras en la mano”. Si algunos quisieran encamarse con adolescentes o hasta féminas maduras para llegar al clímax, él no busca ninguna satisfacción; está como un zombi de Saguayo, según lo dibujan bien Jis y Trino. Por ello, “El mismo deseo desaparece; sólo queda la amargura, los celos y el miedo”. Y es que “Ninguna civilización, ninguna época han sido capaces de desarrollar en los hombres tal cantidad de amargura”. Lo que sucede ahora es que a todos, hombres y mujeres, les falta “amor”. Palabra mágica, única, abretesésamo, pero ausente en casi todas partes, incluso en Francia. Este país antes nos maravillaba con sus películas y novelas de parejas luchadoras por lo sublime y ahora nos muestra la cara amarga del desprecio a muchos o la de políticos que van de unos brazos a otros sólo para que los pasquines hagan publicidad. ¿Fin de la historia? Cuando menos acidez terrible de Houllebecq. jamelendez@prodigy.net.mx jamelendez44@gmail.com
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