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Independientemente de que el escritor, dramaturgo y cineasta Woody Allen persiga el humorismo en su escritura, lo más devastador que posee su literatura reside en la crítica social, cuya carga de ironía y sarcasmo sobre los convencionalismos intelectuales resulta siempre explosiva. Confirmación de este talento extraordinario es su nueva colección de cuentos Pura anarquía (México, Tusquets, 2007), que se suma a otras compilaciones similares publicadas también por Tusquets en su colección Cuadernos Ínfimos: Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, Sin plumas y Perfiles que, más tarde, la misma casa editora reunió en un solo volumen dentro de su emblemática colección Andanzas: Cuentos sin plumas (Barcelona, Tusquets, 1988). Pura anarquía (número 638 de Andanzas) está integrado por 18 cuentos que, al igual que las anteriores colecciones de Allen, vieron inicialmente la luz en publicaciones periódicas como The New Yorker y The New York Times Magazine. Otros medios periódicos en cuyas páginas Woody Allen ha deleitado a los lectores con su talento, antes de recopilar sus narraciones en libros, han sido: Playboy, Chicago Daily News, The Kenyon Review y The New Republic. Pura anarquía puede perfectamente añadirse a todos sus cuentos reunidos en 1988, y lograr un tomo de más de 500 páginas con el más puro sarcasmo y el más ácido humor de este artista múltiple que es, también, sin duda, un gran narrador. Woody Allen hace una sátira demoledora de las creencias y supersticiones cultas de los estadounidenses como metáfora de todo el género humano: su parodias son hilarantes y sus burlas a los patéticos prototipos que encarnan la solemnidad literaria, la filosofía, la siquiatría, la cultura clásica, el cine, el arte, el afán por la más elevada condición económica, etcétera, son más que corrosivas. Nadie como Allen para satirizar la vanidad de tanto personaje fatuo y arrogante cuyas creencias oscilan entre la estupidez y la locura. El ojo y la inteligencia de Allen para distinguir y retratar la tontería de quienes se creen inteligentes o astutos son parte de su talento que en ocasiones roza con lo genial. En realidad, Allen no se burla de los tontos simples ni de los ingenuos corrientes, sino de los que se sienten y se saben diferentes porque han abrevado en la cultura o han triunfado en los negocios, el arte, las profesiones, las modas, etcétera, y se toman tan en serio su papel que acaban creyendo sus propias mentiras y sus ansias de grandeza, afectando a no poca gente a su alrededor y, con frecuencia, acabando en la ruina ellos mismos. Pura anarquía no tiene desperdicio, y uno se reconcilia con el buen humor en la literatura cuando lee estos cuentos que, desde sus mismos títulos, nos preparan para reírnos de los fatuos de la cultura y de la burguesía que tanta confianza deposita en las comodidades y en los avances tecnológicos sin darse cuenta de que su vida misma es un desastre: “Errar es humano; flotar, divino”; “Rescate tandoori”; “Sam, le has puesto demasiado aroma a ese pantalón”; “Pluma de alquiler”; “Calistenia, urticaria, montaje final”; “Querida niñera”; “Qué paladar tienes, muñeca”; “Gloria aleluya, ¡adjudicada!”; “Peligro, caída de magnates”; “El rechazo”; “Cantad, Sacher Tortes”; “El sol no sale para todos”; “Atención, genios: pagos sólo al contado”; “Tirar demasiado de la cuerda”; “Por encima de la ley, por debajo del somier”; “Así comió Zaratustra”; “Sorpresa en el juicio de la Disney” y “La Ley de Pinchuk”. El lector tiene oportunidad de corroborar que Woody Allen es un cuentista excelente.
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