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    La Primera Dama
Colectivo
06 de enero de 2008

Un cuerpo insaciable

Ahora que estrenamos año, ¿por qué no estrenar una cara nueva, como tantas veces ha hecho la francesa Orlan?

“Un autorretrato realizado con la tecnología de nuestro tiempo”. Ésta es una de las definiciones posibles del trabajo de Orlan, pero ¿es un trabajo? Las palabras empiezan a retorcerse, incómodas con su propia insuficiencia. ¿Someterse a un cirujano plástico es trabajo?

Pues sí, dirían cientos de actrices conscientes de la dificultad de encontrar empleo cuando sus cuerpos empiezan a mostrar la edad.

Sin la menor duda, dirían millones de mujeres dispuestas a operarse la nariz, los pechos, el abdomen, los ojos, la papada, en un esfuerzo heroico por parecerse un poco más a una modelo que a su vez ha corregido sus facciones y su cuerpo.

Ser bella es un trabajo, una inversión hacia donde se derraman los cuantiosos o modestos recursos de cada una.

Ser bella es un objetivo inalcanzable, pero las posibilidades de la búsqueda son ilimitadas.

Si se va a emprender con alguna seriedad, ahí están los incontables modelos ofrecidos por la historia del arte, por la etnografía, por la imaginación desbocada de la moda, por el cine. La serie de operaciones de cirugía plástica que forman La reencarnación de santa Orlan permitieron a la artista moldear y transformar su rostro más allá de las nociones convencionales de belleza, más allá del escrúpulo de lo reconocible. Un rostro es tan maleable como el barro, como la plastilina. Desaparece la barbilla, la nariz se alarga y se respinga, Orlan es una estatua maya, una máscara africana, un pájaro bobo, una virgen en éxtasis, un demonio con cuernos trasplantados a su cráneo. Y ahora la palabra que se retuerce y ya no sabe qué hacer con ella misma es ese verbo enigmático. ¿Qué es “ser”?

¿Quién es cuando el rostro pierde cualquier estabilidad reconocible? ¿Qué digo cuando digo que soy alguien? ¿Soy mi rostro? ¿Hay algo en mí más definitivo que mis huesos? ¿Hay algo más efímero y mutable que mi cara, que busca permanecer a través del maquillaje o de la cirugía y al tratar de fijarse se transforma despiadadamente, como la edad que trata de ocultar? ¿Qué hay de permanente en esta ficción llamada yo?

Orlan se tiende de nuevo en la mesa de sus cirujanos. ¿Qué detiene a alguien en la persecución del ideal? ¿El presupuesto, porque la cirugía estética cuesta siempre muy cara? ¿El dolor, el miedo? ¿Un escrúpulo incierto, una idea siempre rebatible de lo que soy? Queden esas preguntas para la sala de terapia postoperatoria: la tecnología sigue ofreciendo siempre la posibilidad de cambiar un poco más, de estrenar otra cara, otro cuerpo, otra edad.

Aires de juventud

Con ese aire nuevo que se respira durante las primeras horas de la mañana —propiedad exclusiva sólo presente a esa hora del día—, inauguramos el año. Volvemos a caminar por las mismas calles, a realizar las mismas mínimas rutinas y a encontrarnos de nuevo con los rostros vistos a diario, pero en más de un sentido, los días inaugurales de todo año nos hacen sentir tan renovados como esos almanaques en los que se abren meses de días aún por estrenar.

Pese a que no rejuvenezcamos, hay algo en los inicios de año, en su aire, que permea una sensación de juventud. O quizá no sea el aire sino la imagen del gran espectacular por el que pasamos esa primera mañana de regreso al trabajo y en el que la modelo ostenta, más allá de lo que anuncia, una juventud perpetua, capturada en esa imagen, como símbolo de lo que ha llegado a obsesionarnos.

A la vejez del año solemos despedirla con bombo y platillos, pero a la vez, celebramos la urgencia de un nuevo año, de un nuevo comienzo, naturalmente, joven. En nuestros empeños por escamotear la vejez, en lo posible evitarla o vivirla como si no existiera, continuamos buscando la fuente de la eterna juventud: “Recubra la piel con esto. Suprimirá las arrugas de la cara. Cuando la carne se haya impregnado de ella, le embellecerá la piel, hará desaparecer las manchas y todas las irregularidades. Eficacia garantizada por numerosos éxitos”, esta podría ser la consabida frase que hemos escuchado más de una vez en numerosos anuncios, pero su sorpresa no radica en el contenido del texto, sino en la época en que fue escrito: entre los años 3000 y 2500 a. C., como una de las múltiples inscripciones que aparecen en el Papiro de Smith, el documento de prescripciones “médicas” más antiguo y prueba fehaciente de que la juventud —del hombre, de las cosas, del tiempo— han ejercido su fascinación hasta nuestros días y continuará haciéndolo por esa necesidad de permanencia que llevamos a cuestas, con la que soñamos.

En el caso del tiempo, cada inauguración de año atisba nuestros entusiasmos juveniles, sin importar o no importando tanto que en el fondo aglutine la vejez de los anteriormente vividos, pero inasibles, sólo registrados por los recuerdos que en épocas del recomienzo parecen desdibujarse y sorprendernos con lo que ya sabíamos el año anterior, pero momentáneamente olvidamos. Le sonreiremos —esa primera mañana de regreso al trabajo— al compañero de oficina que, más tarde recordaremos, nunca nos ha caído bien por su incompetencia, pero que no importa en el inicial afán de disfrutar los aires de juventud que trae consigo cada comienzo, cada año nuevo y esa seductora juventud que se respira, digamos, hasta que el avance de los días de enero eliminen del año su carácter de “recién estrenado” y la impresión de juventud desaparezca.

vizania@hotmail.com

Los integrantes del colectivo La Primera Dama son: Vizania Amezcua, Juan Carlos Bautista, Adriana González Mateos y Saúl Gutiérrez.

 
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PERFIL
 
La Primera Dama es un colectivo integrador por:

Vizania Amescua: Narradora. Autora del libro de cuentos Naturalezas distintas, Ediciones del Plenilunio, 1999; y de la novela Una manera de morir.

Juan Carlos Bautista: Periodista y poeta. Ha publicado Lenguas en erección, Cantar del Marrakech y Bestial. Odia a los animales y a los niños.

Ishtar Cardona: Licenciada en Sociología por UNAM y es candidato a Doctor por la Sorbona de París. Miembro de la Red Internacional de Investigadores en Ciencias Sociales.

Alberto Chimal: Es narrador y ensayista. Ganador del Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí en 2002, y autor de Gente del mundo (1998), El país de los hablistas (2001). La cámara de maravillas (2003) y Estos son los días (2004).

Adriana González Mateos: (1961) es narradora, ensayista y traductora. Es autora de Cuentos para ciclistas y jinetes, Borges y Escher.

Saúl Gutiérrez: Psicólogo egresado de la UNAM y sociólogo _por convicción_ con un título del Instituto de Investigaciones doctor José María Luis Mora, doctorante por New School.

Noé Morales Muñoz: Dramaturgo, ensayista y crítico teatral. Se ha hecho merecedor a la beca de la Fundación para las Letras o Mexicanas (2003-2004).

Cristina Rivera Garza: Es narradora, poeta e historiadora. Fue profesora asociada de historia mexicana en la Universidad Estatal de San Diego (1997-2000). Actualmente es codirectora de la cátedra de humanidades del ITESM campus Toluca.

 
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