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Ahí estuve
Esta noche se cumplirán 49 años de un acontecimiento que marcó, como ningún otro en el siglo XX, un cambio en la política interamericana y el nacimiento de un régimen comunista que contra todos los pronósticos ha durado casi medio siglo. En las primeras horas del 1 de enero de 1959, Fidel Castro triunfaba al frente de su revolución, y Fulgencio Batista huía en avión hacia el basurero de la historia. Extraigo algunos párrafos del borrador de mis memorias inéditas. En aquella época no había en México estación de radio con noticias las 24 horas del día y la televisión matutina empezaría muchos años después. Tuve que esperar hasta las seis de la mañana para dar la primera información de lo que ocurría en Cuba. De XEW en la calle de Ayuntamiento me dirigí a la avenida Tacubaya para obtener una visa en la embajada de Cuba, ubicada junto a la de la Unión Soviética (una cercanía muy premonitoria, en vista del rumbo que luego tomó la revolución). La actriz y periodista Teté Casuso, allegada a Castro, se había posesionado de los archivos de la embajada. Algunos exiliados políticos cubanos querían quemarlos, pero ella lo impidió: “La Revolución no es el desorden —decía—. Demos un ejemplo de educación, compañeros”. Salí corriendo al aeropuerto. En el mostrador de Cubana de Aviación no encontré a nadie. Todos los vuelos comerciales a La Habana se habían suspendido. Hice guardia buscando un avión que me llevara a Cuba. El aeropuerto de Rancho Boyeros había sido cerrado y la comunicación por radio estaba interrumpida. El 4 de enero un grupo de cubanos partidarios de Castro fletó un avión para regresar a su tierra. Nos habíamos hecho amigos de tanto esperar un vuelo a La Habana y logré un asiento. Íbamos a la aventura, pues aún reinaba la confusión y no se sabía quién gobernaba en Cuba. Las autoridades mexicanas nos esculcaron cuidadosamente para que no lleváramos armas. Cuando el piloto anunció que ya volábamos sobre territorio cubano, todos los pasajeros se pararon a cantar el himno de Cuba y empezaron a sacar armas que habían ocultado, quién sabe dónde ni cómo, desde pistolas calibre 22 hasta ametralladoras. Al llegar a La Habana, después de registrarme en el hotel Nacional, alquilé un coche en una piquera oficial —así le llamaban en Cuba a los sitios de taxis— y fui a buscar a unos amigos que trabajaban en La Voz del Indio, para pedirles que me prestaran una grabadora. Lo de Indio era en homenaje a Batista, así llamado por sus partidarios. Ahora la estación se llamaba La Voz de la Cuba Libre, pero el equipo no había cambiado; me prestaron el mismo armatoste, inconfundible, único con tapa de cremallera como escritorio antiguo, con el que seis meses antes grabé a Fulgencio Batista en el palacio presidencial, cuando me declaró que los rebeldes, presentados al mundo por el periodista Herbert Matthews en el New York Times, estaban todos muertos. A esos muertos salí a buscar con la misma máquina. Recordé a don Juan Tenorio como si Batista fuera don Luis Mejía: “Los muertos que vos matáis, gozan de cabal salud”. Para ponerme al corriente de lo sucedido en los últimos días busqué a Carlos Franqui, uno de los hombres de confianza de Fidel. Sobre la marquesina, era derribado a golpes de mazo el letrero Alerta para sustituirlo por el nuevo nombre del periódico: Revolución. Entusiasmado, Franqui, a cargo de la dirección, me dijo que el pueblo cubano había recobrado su dignidad gracias a los líderes del Movimiento 26 de Julio y empezaba una nueva era de libertad para los pueblos de América. Más tarde Franqui rompió con Castro y pasó a combatirlo desde el exilio. Su Retrato de familia con Fidel es un documento imprescindible para entender cómo se fue transformando el gobierno revolucionario. No era sencillo moverse en La Habana, pues había retenes militares por todas partes. Las gasolineras de la Shell estaban protegidas por milicianos para evitar que el pueblo las atacara. El odio a la “Shell con sangre”, como le llamaba la gente, por el color rojizo de su gasolina, se debía a que era una compañía inglesa y, semanas antes, Inglaterra había vendido aviones a Batista para combatir a los guerrilleros de la Sierra Maestra. Gracias a un salvoconducto que ahora conservo como una reliquia, pude llegar a la fortaleza de La Cabaña, donde el Che Guevara tenía su cuartel general, un castillo como el de San Juan de Ulúa, construido en tiempos de la Colonia para defender a la ciudad contra las incursiones de los piratas. En la entrada mostré el documento con mi credencial de periodista y un miliciano barbudo me dejó pasar levantando su ametralladora, sin pronunciar una sola palabra. Era el 6 de enero de 1959 y Castro aún no llegaba a La Habana pero el Che dictaba las órdenes desde una oficina minúscula donde apenas cabía su escritorio. No se levantó cuando entré. Fumaba un puro casi negro, muy barato, mal torcido, tenía una bombilla de mate sobre el escritorio y la boina calada hasta las cejas no bastaba para contener su abundante melena. Por su bigote ralo y su desaliño me recordó a Cantinflas. Como no llevaba camarógrafo, yo mismo filmé al Che mientras él hablaba y yo preguntaba. Desde el golpe de vista súbito lo más original y llamativo de los guerrilleros eran sus barbas. Habían prometido cortárselas al triunfo de la revolución. Le pregunté al Che: “¿Cuándo piensan cortarse los pelos y las barbas?”. De su respuesta inesperada y brusca daré cuenta la semana próxima.
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