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Así se le llamó a la temporada decembrina de 1909, año en que el Ayuntamiento derrochó a diestra y siniestra cientos y quizá miles de galones de pintura para completar la manita de gato a las calles principales de la urbe, para que luciera escenográficamente aceptable para las Fiestas del Centenario de 1910. Aquella fiebre por pintar y resanar contagió a muchos capitalinos, quienes al contemplar la oficina de gobierno o la iglesia siendo remodelada, se animaban a pasarle la brocha a la fachada de su vivienda. Según datos encontrados en los registros públicos. Tan sólo una de las principales empresas extranjeras de pintura con sede en la capital, logró vender ese año más de 34 mil galones de pintura. A la par, con las fraccionadoras de la ciudad trabajando a todo vapor y con la aparición de zonas habitacionales respaldadas por el porfiriato, el trabajo para los pintores de brocha gorda se hizo cada vez más abundante, siendo los verdaderos ganones de aquel deseo general por remodelar. Ningún reto era demasiado para aquellos amos de las fachadas, quienes solían recorrer los barrios con sus cuerdas y escaleras para ofrecer sus servicios al mejor postor. Desde esa casona de la Roma cuyo esplendor comenzaba apagarse por el polvo levantado por los carretones, hasta esa capilla escondida de la Santa María, entraban en los encargos de estos hombres, quienes debían ganar clientes con base en recomendaciones, y por lo tanto, esmerarse en no dejar grumos, en evitar las escurridas y sobre todo las secciones descoloridas en esos muros que a la larga se convertían en su legado de vida. Ya desde finales del siglo XIX, aparecían en las gacetillas anuncios de oficiantes de la brocha gorda que aseguraban que “La buena pintura era para las casas lo que un buen vestido para las señoras”. Incluso rescatamos de los archivos uno muy curioso que promocionaba al señor “Heredia, hijos y asociados”, quienes cumplían trabajos urgentes en menos de día y medio, mediante un pequeño ejército de 10 chalanes, a quienes se describía como “mozos serios, formales y agradecidos del pan de cada día”. Por lo general, la chamba no conllevaba mayores riesgos que subirse a una escalera para alcanzar las partes más peliagudas; sin embargo, cuando se trataba de grandes construcciones, de tres o más niveles, la lista de candidatos para sacar el trabajo se reducía a aquellos que desde principios del siglo XX comenzaron a dominar el arte de las cuerdas y poleas. Con el embellecimiento escenográfico de la ciudad, previo a las Fiestas del Centenario porfirianas, el trabajo para estos maistros tuvo una buena racha. Algunos predios grandes de Bucareli asemejaban hormigueros colmados de andamios y estructuras metálicas, donde un batallón de pintores y yeseros le daban un segundo aire a los edificios y los dejaban listos para presumirlos ante la crema y nata europea. Mientras tanto, en los barrios más modestos, donde por lo general no faltaba el típico marido “hágalo usted mismo”, era común que los pintores fueran llamados por las abnegadas esposas para remediar las cochinadas de sus cónyuges, quienes bartolamente habían pasado una capa de pintura por encima de la vieja, ignorantes de que antes había que ocupar unas horitas en raspar para que no hubiese cuarteaduras ni levantadas. En las década de los 50, con la proliferación de los negocios de venta de pintura y ferreterías, la bolsa de trabajo se hizo común en los negocios donde el encargado, previo arreglo con los susodichos, recomendaba a las señoras a ese maistro que lograba acabados de convento y hacía que los techos parecieran teñidos por la divina gracia. De acuerdo con el lector Antonio Ríos, de la colonia Moderna, un gremio muy olvidado era aquel que dobleteaba la chamba de bolero y de pintor de brocha gorda. Estos señores lustraban los zapatos y al mismo tiempo ofrecían sus servicios al cliente y le entregaban una tarjeta. “De entre tanta gente que atendían al día, por lo menos captaban uno o dos trabajos por semana”, afirma don Toño, rememorando las experiencias de un compadre suyo. A la par de la bonita pista de patinaje del Zócalo y los adornos de Santaclós que comienzan a adueñarse de los rincones del Centro Histórico para cumplir con la encomienda gubernamental de hacer sentir a los mexicanos gringos de segunda, los maistros de la brocha gorda continúan apostándose en las calles del primer cuadro con sus letreros para captar clientela. En vez de regalos caros e inútiles, ¿no sería buen detalle regalar la pintada de la casa a los suegros, la tía, la abuelita o la dueña de las quincenas? En vez de un abrazo a regañadientes la noche del 24, podríamos ser recordados todo el año por nuestra buena acción ¡piénselo! ¡Feliz Navidad! ciudadeayer@gmail.com
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