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    La voz invitada
Varios
16 de diciembre de 2007

El Mediterráneo no se cansa de ir y venir. Aquí hasta el viento crea música. Es tan fuerte que crea una composición diferente cada vez que golpea las hojas de las palmeras. Las campanas fenicias que cuelgan de ellas están afinadas. Ese es el secreto. Las escucho todas las noches por mi ventana antes de dormir. Con más de tres mil años de historia, Ibiza toma su nombre de Iboshim, el dios egipcio de la fertilidad. Su origen es musulmán, con influencia árabe, pero habitada por inmigrantes catalanes y de otras nacionalidades.

Los habitantes de esta isla cercana a Formentera, ciudad amurallada y hermana de Campeche, apenas vuelven a respirar, luego de una larga lucha contra la construcción de una autopista que amenazaba con destruir el patrimonio natural de la isla, codiciado no sólo por la producción de sales, vinos y lana, sino porque es el espacio simbólico donde cobra valor económico su fama de circuito del placer y del desenfreno. Ese es el costo del turismo rentable a ultranza.

Esta imagen de Ibiza —como isla del placer corporal— es tan generalizada que una se vuelve sospechosa o envidiada cuando confiesa la visita. Ahí están las discotecas más grandes del mundo. Ibiza fue refugio de los movimientos hippies de los años 60 y 70, los cuales dieron lugar a una moda local y ha sido visitada lo mismo por Tom Cruis y Penélope Cruz, que por Mike Jagger o Maradona.

En un territorio donde apenas caben 570 kilómetros y 100 mil habitantes, Ibiza es una de las islas Baleares, sitio fundamental de navegación entre el Oriente y Occidente. El patrimonio cultural de la Ibiza profunda está vivo. Dalt Vila se convierte cada año en un mercado medieval donde vendedores y artistas reviven la época de los juglares, a un lado de la muralla renacentista que atraviesa el territorio. Es también asiento de un poblado fenicio, Sa Calera, considerado patrimonio de la humanidad.

Los payeses, campesinos que cultivan olivos, almendros y especias, conservan su tradicional vestimenta y una lengua ibicenca propia, contrastan con los miles de jóvenes de Europa y Estados Unidos, que van a reventarse a las discos: El Divino, Space, Amnesia, Edén, Privilège, Pachá, Prince, al Mambo, o a las sexis fiestas del Blue Rose y otros clubes eróticos.

El vínculo entre cultura y turismo en Ibiza tiene dos rostros que no siempre se miran de frente. El rentable que genera millones de euros por el turismo de verano, el del dance, el nudista o el del frenesí corporal, del cual se benefician las grandes cadenas y los empresarios privados. Claro, generan empleos. Este sector, que vive de noche, da vida a otro fenómeno que va más allá del turismo local porque influye de manera global en los gustos de las pistas de baile de todo el mundo, el de la música electrónica.

Ibiza es un centro productor de house, dance, techno, chill-out, lounge y otros géneros de música electrónica que propicia la confluencia, confrontación e innovación musical de DJ’s reconocidos a nivel mundial. Esa es la isla de Pink Floyd, quien en alguna de sus visitas compuso “Ibiza Bar” en su disco More (1969), es el pequeño espacio que impone moda y agota en un abrir y cerrar de ojos los CD y las descargas electrónicas de los hits del momento.

El otro circuito del turismo cultural lucha por su sustentabilidad, por la conservación del patrimonio natural, con todo y batallas civiles. Batalla por el cuidado y protección del patrimonio cultural subacuático, por conservar los parques naturales, los campos sembrados de almendros, por una gastronomía de gran riqueza, es la Ibiza que sigue su calendario de fiestas religiosas. Acaso esos mundos se encuentran y se miran furtivamente en los mercados de ropa y productos indios, indonesios, africanos, donde el arte popular ibicenco compite sin complejos con otros productos globales, propios del mercado hippie retro, pero contemporáneo.

Sin embargo, Ibiza, la isla blanca, es una sola, aún en medio de la contradicción, vestida de abrigo o de topless, según la época del año, rústica en muchos sentidos, silenciosa en invierno, con sus restaurantes dormidos esperando la nueva oleada del turismo estacional, del turismo del éxtasis, a veces depredador. Mientras descansa y se prepara para el nuevo ciclo, los campos de almendros floreados se visten de rosa, vive la lucha por sacar adelante a los niños y jóvenes en las escuelas, ahora pobladas de inmigrantes de las islas Canarias.

El turismo es una de las industrias globales más rentables. El caso de Ibiza puede ser extremo o simplemente diferente, pero me recuerda el espacio místico de Tepoztlán, excepto que ahí sólo existe El Telón para ir a bailar o Los Ciruelos para escuchar Jazz o bien los pequeños espacios donde las percusiones suenan, donde las calles pueden ser escenario del capoeira o de una danza de concheros. ¿Cuál es el futuro de ese pueblo cada vez más saturado de turismo que busca “experiencias” o fenómenos más allá de lo cotidiano?

Contrasta con la ciudad de Campeche, donde las murallas vuelven dócil al mar y el malecón es espacio público que ha sido devuelto a la ciudadanía. Ahí la televisión privada, aunque usted no lo crea, transmite los conciertos de música clásica y las funciones de danza completas. Los campechanos se preparan para el carnaval y para recibir al turismo de fin de año. Contrasta con Cancún, donde se puede evitar estar en México.

¿Desde dónde se construye el vínculo del turismo con la cultura? ¿Es cierto que son mundos irreconciliables? ¿Tienen que ser tan extremosas las opciones? O más bien, nos cuesta trabajo crear una relación entre iguales, dónde no sólo gane el turismo y pierda la cultura, sino donde ambos se retroalimenten y se beneficien de los diferentes circuitos, servicios, destinos y públicos itinerantes, pero sobre todo, donde se beneficien las comunidades creadoras del patrimonio cultural intangible, elemento de atracción turística innegable.

escritoenvozalta@gmail.com

 
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