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Relaciones peligrosas a ritmo norteño Ignoro quién habrá sido el primer sociólogo que se dedicó al estudio del “narcocorrido” como uno más de los rostros culturales de México, pero lo que sí sé es que hasta hace poco, muchos continuábamos pensando que ese medio para “contar cantando” —al estilo del corrido que floreció durante la Revolución Mexicana— la socio-odisea de los narcotraficantes era, hasta cierto punto, un medio de expresión “pacífico”, parte aledaña concebida como manifestación cultural que se limitaba a narrar con ritmo norteño, pero poco tenía que ver con la entraña de la industria narcotraficante. Sin embargo, los recientes ajusticiamientos en los últimos dos años de cuatro cantantes “gruperos”: Trigo Figueroa y Valentín Elizalde El Gallo de Oro, en 2006; la vocalista Zayda Peña, del grupo Zayda y Los Culpables, y Sergio Gómez, del grupo K-Paz de la Sierra, en 2007; sin olvidar que Chalino Sánchez, el creador del narcocorrido, también fue asesinado en 1992, nos han mostrado la ética y estética naturales del ajusticiamiento, su brutalidad deshumanizante, pero no como la revancha entre un grupo de capos y otro que toma a sus “mensajeros” como blanco, sino que parecen ser la conclusión de una relación peligrosa, cercana entre el cantante, el capo y quienes lo rodean. Para nadie resultaba desconocido que los cantantes gruperos, más allá de componer y rendir “homenajes” disfrazados de crónicas sonoras de la realidad, solieran componer las canciones a pedido del capo, presentarse en sus festejos y recibir el pago correspondiente. Hoy, nos enteramos de que esa relación es más profunda y nos hace preguntarnos si la manifestación cultural que rodea al narcotráfico está en verdad fuera de la industria, fuera de su ética. Tan lucrativo como el narcotráfico, la música grupera genera ganancias millonarias que involucran a la sociedad más allá de quienes siembran, venden, trafican o consumen drogas: ahí están quienes escriben libros, filman películas, editan revistas y quienes consumen estos productos, o quienes, no hace mucho, llegamos a repudiar la prohibición de los narcocorridos en la radio mexicana porque lo consideramos un atentado a la libertad de expresión, pero ¿vale la pena fomentar un tipo de cultura que demuestra su brutalidad sin el menor rubor, que refrenda su machismo y procacidad en cada letra? Creo que hoy ya no se trata sólo de garantizar mayor seguridad a los cantantes del género o de analizar más a fondo las complejidades de esa manifestación cultural en la que los cantantes fungen como instrumentos ideológicos, sino de preguntarnos qué clase de manifestaciones culturales estamos generando en una época donde lo “políticamente incorrecto” alcanza el grado de top-ten y si vale la pena continuar fomentando, aunque la ignoremos, tal manifestación. Ya se sabe que desde siempre la violencia nos ha fascinado, de lo contrario no habría forma de explicar el por qué nos gustan tanto las historias de asesinatos y otras atrocidades, pero también es cierto que sin reflexiones a tiempo de un fenómeno como el narcotráfico y su cultura, aparentemente distante de su ética violenta, esa oscuridad que nos es inherente llega a desbordarse, máxime cuando, en muchos casos, forma parte de la educación cultural que reciben día a día nuevas generaciones de habitantes. vizania@hotmail.com La vida y la dignidad humana ¿Quién se podría oponer hoy a que la vida y la dignidad humana sean el centro desde el cual se reglamente obligaciones y derechos, se promueva la distribución equitativa de la riqueza y se diseñe programas con el objetivo de llevar la cultura y el esparcimiento a todas partes? Si no hay unanimidad sí consenso de que la vida de cada uno(a) de nosotros(as) es un valor de primer orden. ¿Un valor? Una consideración, un punto de vista colectivo e individual cuya influencia se deja sentir a la hora de entender y actuar en cada una de nuestras tareas cotidianas. Aún más. El valor y la apreciación de la vida humana alcanzan su punto más álgido —según mi entender— no en la legislación elaborada según los principios procedentes de la carta de los derechos humanos, ni en aquello que se ha dado en llamar en nuestro siglo XXI derechos humanos emergentes (postura política según la cual la vida se degrada cuando la gente no cuenta con un empleo bien remunerado, con vivienda confortable y digna, con agua potable, etcétera), sino en esa especie de “culto a la vida” cuyos rituales mejor formados se encuentran en la religión católica (aun en las peores condiciones de existencia, y dado que es un regalo de Dios, la vida debe preservarse a toda costa) y en ciertos discursos asociados a la medicina moderna (estar sano es alimentarse no con lo que te gusta sino con lo que evites contraer cualquier tipo de enfermedad). ¿Qué reacciones suscita, entonces, el asesinato de varios personajes, miembros distinguidos del show Business, en particular del mundo de la música grupera? En primer lugar, las obvias. En unos(as), el azoro seguido de la pena, la consternación y la tristeza. En otros(as), indignación que llega a ser desánimo y resignación frente al hecho de que incluso las celebridades, puestas a buen resguardo en moradas suntuosas y acompañadas a menudo por cuerpos de vigilancia, son tan vulnerables como para engrosar los índices de secuestros y asesinatos. En segundo, las relacionadas con la sospecha. Si bien la saña con la que torturaron y dieron muerte a, por ejemplo, José Gómez Sánchez, quien fuera cantante del grupo K-Paz de la Sierra, causa estremecimiento y declaraciones en contra de la violencia, el “sospechosismo” orilla a preguntar: ¿el asesinato del cantante no es también la señal de un ajuste de cuentas entre bandas del crimen organizado? ¿Acaso José Gómez estaba involucrado en actividades ilícitas? ¿Él era parte de algún grupo que está fuera de la ley o fue asesinado porque rehusó a integrarse a ese grupo? ¿Esa muerte no denota, por un lado, que el narcotráfico tiene una capacidad bien probada para filtrarse en diversas esferas sociales y, por otro, que esa actividad, en tanto ilegal, tiene un efecto corrosivo sobre las instituciones y, en general sobre el Estado mexicano? Hasta ahora las autoridades no disipan dudas sino establecen “compromisos” (para esclarecer los acontecimientos) que difícilmente se cumplen pero que rápidamente alimentan el rumor y la sospecha. ¿Qué caso tiene seguir hablando de la vida y dignidad humana en una situación en la que lenta pero firmemente se incorporan el riesgo y la violencia en el horizonte de nuestra propia existencia? Hoy más que nunca, quizás, nos damos cuenta de lo vulnerables que somos, de ese sentimiento de inseguridad que en muchas de las ocasiones se traduce en preocupación y quejas en contra de quienes gobiernan este país. Y precisamente por ello, por ser conscientes de nuestra vulnerabilidad, la vida y la dignidad humana deben seguirse considerando un bien común, un valor inalienable, un derecho para seguir pisando este mundo hasta que uno, por decisión propia, quiera bajarse del tren. Los integrantes del colectivo La Primera Dama son: Vizania Amezcua, Juan Carlos Bautista, Adriana González Mateos y Saúl Gutiérrez.
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