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    La ciudad de ayer
Homero Bazán
16 de diciembre de 2007

Aunque dentro de los presupuestos de las oficinas gubernamentales no existía una partida especial para la celebración del famoso brindis navideño, por alguna razón nunca faltaban los festejos de estas instancias en lujosos salones o restaurantes, cuyas cuentas eran cubiertas de manera misteriosa.

En 1946 un columnista mostró que las celebraciones decembrinas no eran un tema menor en lo que respecta al gasto público. Ya desde esa época, la inversión en cuanto a adornos en vía pública, alumbrado de fantasía y regalos entre funcionarios, alcanzaba una cifra que rebasaba los dos millones de pesos, de aquellos tiempos.

Años más tarde, en 1958, otro periodista haría la cuenta de la inversión en los famosos brindis decembrinos por cada área, de cada dirección, de cada secretaría de la estructura gubernamental de entonces. Su conclusión fue que más de seis millones de pesos (también de aquellos) se gastaba el estado en emborrachar a sus huestes y en brindar con la camaradería característica de la burocracia.

¿A la cuenta de que o de quienes se cargaban aquellas cuentas? Una pregunta que hasta la fecha navega entre respuestas muy ambiguas. Lo cierto era que aquellas pachangas decembrinas resultaban ser también un buen negocio para todo aquel funcionario corrupto que supiera el ABC de la tranza organizativa.

A menudo el restaurante o negocio del amigo, primo, hermano o cuñado (sin aludir a Hildebrando) resultaba el beneficiario y proveedor de la fiesta.

Los más descarados, haciendo uso de su influencia como jefes de área, solicitaban recursos con varios meses de antelación para el mentado brindis bajo los rubros más insólitos.

Entre los más ilustrativos que hemos encontrado en los archivos públicos y que abarcan entre 1960 y 1984 de secretarías como la de Pesca, Recursos Hidráulicos, Gobernación, Educación Pública, y Hacienda, entre otras, resaltan los de “Recursos de promoción de intercambio”, “Cuenta de gastos para incentivos de personal”, “Fomento de festejos tradicionales internos y bailes decembrinos”, “Capacitación en actividades culturales de fin de año”… y el que se lleva el premio al surrealismo gramatical: “Viáticos generales no foráneos para el impulso de fin de actividades en el entorno urbano”.

Cada uno de estos maquillados títulos era estampado sin miramientos en los oficios de cada área para solicitar algunas decenas de miles de pesos a las arcas del Estado y costear así la animada fiesta de diciembre.

Lo malo es que a menudo la ambición tentaba al funcionario en turno (algo que seguramente ya no sucede), quien aún con el presupuesto liberado, organizaba por debajo del agua con los empleados, una coperacha o una venta de boletos para ayudar a pagar el salón y el consumo.

La mayoría, sintiéndose millonarios por el reciente cobro del aguinaldo, pagaban sin chistar su derecho a la cena, sin saber que estaban forrando los bolsillos de un chango ambicioso.

Tal como puede apreciarse en la fotografía que hoy presentamos, a menudo sólo el más alto funcionario podía saborear los manjares en las fiestas navideñas. Esta imagen del ex regente de hierro Ernesto Uruchurtu (un poco gastada y borrosa por el paso del tiempo), se hizo célebre por mostrarlo frente a un jugoso filete, mientras es observado por los hambrientos trabajadores de confianza sentados a su mesa durante el brindis del Departamento del Distrito Federal.

Después de que el puritano funcionario prohibiera el concierto de ese grupillo de melenudos llamados Los Beatles en tierras mexicanas, un grupo de músicos callejeros hicieron popular en la Zona Rosa, a manera de venganza, la canción titulada “El comesolo”.

Hoy, el misterio de cómo se costean los brindis navideños en las oficinas gubernamentales sin existir un presupuesto oficial para este fin, continúa despertando toda clase de suspicacias.

Al respecto, nuestra lectora Irma Durand, recién graduada de la carrera de Economía, nos envió un trabajo escolar que realizó hace dos años, donde llevó a cabo un nuevo cálculo del gasto anual en brindis navideños por cada una de las secretarías, consejos, institutos y oficinas del gobierno federal. Tan sólo a nivel ciudad la cifra alcanza entre todas las instancias los 29 millones de pesos. Lo terrorífico es la suma por cada una de las 32 entidades federativas, incluyendo las oficinas y representaciones a nivel municipal y estatal. Cada año a nivel nacional se gastan 197 millones de pesos en costear brindis navideños. Casi cinco o 10 veces lo asignado a muchos programas sociales prioritarios… todo para que llegue la implacable cruda de enero y la ilusión de abundancia y prosperidad desaparezca con los reclamos de nuestros 60 millones de compatriotas en extrema pobreza… Feliz Navidad a todos nuestros “sabios” funcionarios.

 
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PERFIL
 
Presentar a la sociedad una manera diferente de ver los barrios y la gente que habitó en ellos desde el siglo XIX hasta 1960 es el principal objetivo de Homero Bazán, quien es columnista de EL UNIVERSAL desde julio de 1999 y cursó la carrera de Filosofía y Letras.
 
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