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    El ombligo de Venus
Edith González Fuentes
13 de diciembre de 2007

¿En verdad tenemos algo que celebrar?

La plancha del Zócalo está de gala; sonrisas de niños y jóvenes son sus distinguidos visitantes. Ignoro si la pista de hielo, instalada en esa superficie que ha sido testigo de nuestras principales gestas históricas, es o no un acierto. El futuro lo dirá, aunque el pueblo ya dio su veredicto.

El pasado domingo, además, la ciudad conmemoró ahí mismo, la aprobación por parte de la ONU —el 10 de diciembre de 1948— de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Dos circunstancias llaman mi atención. Por un lado, la revisión que se aplica a cada persona para poder ingresar a la Catedral Metropolitana y, por el otro, las vallas que impiden el tránsito de la gente por la banqueta que hace las veces de canto frente a Palacio Nacional. Medidas que sirven para inhibir el acceso del pueblo, feligrés o del mandante, a esos inmuebles. Así se inició en Los Pinos; antes, cuando menos podía verse al interior, ahora es simplemente un bunker ¿Expropiaciones silenciosas?

Con esta romería del Zócalo sería una magnifica idea, aprovechando la capacidad de convocatoria demostrada, promover las deliciosas gastronomía y repostería mexicanas, presentadas quizá por estados o por regiones, e incluir cada semana a un país diferente como invitado: educar divirtiendo hace que el conocimiento permanezca fácilmente en el espíritu.

Reflexionando sobre todo esto, en materia de derechos humanos, después del intrincado y denigrante caso Lydia Cacho, creo que el país tiene poco que celebrar. Es la síntesis del aprecio que desde el poder político se tiene por las garantías individuales.

Por ejemplo no se han contestado, en pocas palabras, se han ignorado las recomendaciones de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y en aspectos importantes, las de la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Tal parece —ojalá me equivoque— que la observancia de la Constitución y de los acuerdos internacionales en la materia van en descenso.

En cualquier país que se precie de tener un estado de derecho, en un caso similar, el servidor público ya habría renunciado y en caso de negarse a hacerlo, su partido político le habría retirado su apoyo. En México, no pasa nada y además indigna que la capacidad de asombro de la sociedad sea mínima.

La percepción ciudadana sobre la impartición de justicia es que ha dejado de corresponder al bien común, ese bien común, creación humana, para la realización del bienestar del individuo, que fomenta un patrimonio para alcanzar seguridad, realización personal, etcétera.

Y de esos principios generales podemos darle cuerpo concreto a una herramienta imprescindible para el bien común: la seguridad jurídica que define así Víctor Manuel Rojas Amandi:

“Por seguridad jurídica se entiende el conocimiento certero y claro que los sujetos que se encuentran bajo el imperio del derecho tienen en relación con: a) el sentido general del sistema jurídico considerado en su conjunto; b) el significado preciso de las principales proposiciones normativas que integran el sistema, y c) las decisiones que la autoridad tomará en cada caso concreto.”

El caso Lydia Cacho tiene un lado positivo: nos ha regalado a los ciudadanos libres de este país la conciencia de que el sistema jurídico no responde a las expectativas, a la esperanza de justicia y seguridad. Ya no comprendemos las normas, ahora la privación ilegal de la libertad, o la inducción a la prostitución infantil o la pederastia, son algo menor, sin importancia, así decide la autoridad judicial y ahí seguirá un gobernador constitucional sin constitución, repartiendo triciclos para la foto.

Ya ni hablar de Acteal o Aguas Blancas, de no rectificar, casos como el de Tláhuac, de la apropiación de banquetas y calles, de balaceras a bordo del transporte público, de escándalos de corrupción impunes, de bloqueos de vialidades, del dinero “evaporado” para la ayuda de Tabasco, rondarán como langostas oscureciendo el panorama de la convivencia social. Después, las malignas y astutas zorras aparecerán acusando a Chávez, a elementos desestabilizadores o al terrorismo internacional de ser los organizadores de las acciones reivindicadoras de la población.

Para los indios de la pradera, en América del norte, el ave de nombre pico verde aparta los desastres de la tempestad y el rayo. De ahí el empleo de sus plumas en algunas ceremonias rituales. Para los semang es un pájaro sagrado, héroe bienhechor, que trae el fuego a los primeros hombres. Sea cada mexicano un pico verde para que, con acciones conscientes y responsables, alejemos el desastre que peligrosamente se avecina y demos fuego a la esperanza de nuestros infantes.

Gracias Lydia.

Un breve parpadeo: a propósito del relevo presidencial en Argentina, la moda parecen ser las democracias “familiares”, antes conocidas como nepotismo. Los Bush y los Clinton en Estados Unidos, el caso argentino, el frustrado de México. El primer gobierno “familiar” que ya se puede juzgar, los Bush, fue totalmente desafortunado, Ojalá no repita el resultado.

 
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PERFIL
 
Actriz, cantante y bailarina. Ha entregado su vida a los escenarios desde los cinco años y es ya toda una leyenda dentro de las telenovelas mexicanas.

Esta exitosa mujer abre un espacio entre su trabajo en el espectáculo para platicar sobre temas de interés general, “para dar el punto de vista de una persona como tú, la de lo cotidiano, la del ser de a pie” como dice ella.

Sea testigo de estos relatos del acontecer actual donde se buscará la unidad entre la belleza, el amor y la verdad, virtudes que se le atribuyen a Venus.

 
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