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    La Primera Dama
Colectivo
09 de diciembre de 2007

Chilangos en las rocas

Muchos años después, Jonathan Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Siempre había querido palparlo más allá de los raspados de sabores que vendían a la salida de la secu y de los cubos que hacían sonar su megacoca como una maraca en el cine. Él quería conocer el hielo, lo que se dice el hielo, como en las películas. Los mexicanos siempre tendremos esa carencia, ese compartimiento escarchado de nuestro corazón. La eterna primavera y sus indicios nos harta. Nadie aquí se enteraría de la sucesión de las estaciones si no ocurriera en los aparadores de los centros comerciales. Para principios de noviembre, en Perisur, Jonathan supo que había llegado el invierno. Tal vez este año la catástrofe climática haría que nevara al fin en la ciudad de México. Su abuelito recordaba una gran nevada en la capital allá por los 50, pero a la mejor ni era cierto, porque su abuelito luego decía cosas bien chistosas, pobre. Si caía el aguanieve en el Ajusco, Jonathan y su familia correrían allá para hacer muñecos antes de que se derritiera por completo y a comerse unas quesadillas de chicharrón prensado.

Las cosas fueron muy distintas esta vez. El jefe de Gobierno, el señor Ebrard, que se empeña en hacernos creer a los chilangos que nuestra ciudad es la gran cosa, anunció que se instalaría una pista de hielo en pleno Zócalo. No cualquier pista, ya se sabe que a los chilangos eso no nos va, sino la pista más grande del mundo. Luego luego un periódico al otro día lo proclamó a ocho columnas: “¡Como en Nueva York!”, ni más ni menos. Después de las playas de Marcelona, donde la chamaquiza se revolcó en chapopote que dio gusto, llegaba el hielo cosmopolita. ¡El hielo, señores, como en Europa, como en Canadá, como en todo el mundo civilizado! Los rencorosos de siempre dijeron que eso era puro populismo y que la pista ni siquiera era la más grande del mundo. Luego de jugar al golf, el obispo de Ecatepec, Onésimo Cepeda, declaró con santo vocabulario que el asunto iba a ser “un rompedero de hocicos” y que el señor Ebrard mejor debería invertir en el drenaje profundo. El papá de Jonathan, que no se pierde ninguna de las marchas de El Peje, respondió que ya con la Iglesia teníamos para cloacas profundas y mandó al obispo a saludar a su madrecita... no la del Tepeyac, sino la otra.

El 1 de diciembre, el día de la inauguración, Jonathan y su familia estaban excitadísimos desde temprano, se vistieron acorde a la ocasión, con gorros, guantes y abrigos que acalorarían a un esquimal, y se encaminaron desde el mediodía al Centro. En cuanto entraron en el Metro vislumbraron el gentío que se iban a encontrar. Caminaron desde Izazaga hasta el Zócalo porque los accesos estaban cerrados, entre esa multitud que ya enfebrecida se vuelve “pueblo” y que iba a lo mismo: a conocer el hielo.

La plaza no los decepcionó: ahí estaban los grandes murales de foquitos, dignos de un Diego Rivera lumínico, plenos de mexicanos de antes (o de nunca) y nochebuenas y piñatas. Un obrero se había matado en la víspera, durante la colocación, pero de eso mejor ni hablaron. Tampoco se mosquearon por la marea humana, los codazos y las rechiflas: siempre era lo mismo. Se regocijaron en cambio de que el Zócalo estuviera rodeado de pinos imprevistos y de stands con cafeterías, antojos, autos y un montón de cosas más. Los Reyes Magos bailoteaban al lado de Mickey Mouse y del Hombre Araña, que movía las caderas al ritmo del meneíto. Al rey Baltazar le habían pasado bola por todo el rostro y se comía un elote con harto chile y mayonesa. En medio de todo eso la gran pista de hielo deslumbraba como un espejismo. Jonathan y su hermano El Kevin se abrieron paso hasta el barandal y exclamaron al unísono: “¡Órale, está bien chida!”. Luego se formaron con estoicismo para que les dieran una pulsera que les permitiría ir a practicar por 50 minutos eso que había condenado el obispo. Sólo que Jonathan y El Kevin, que le hacían a la patineta e iban que volaban para skatos, no se les rompió la de mascar y los patines para hielo les hicieron los mandados.

Había tanta gente en la pista, en las graderías y en los alrededores, que era un milagro que tanto calor humano no derritiera el hielo. La gente se tomaba la foto o el video del recuerdo. Es cierto que al fondo se alcanzaba a ver el Palacio Nacional con ese color solemne del tezontle y que la gente seguía siendo morena; pero el paisaje había cambiado radicalmente, aquí mismo, en el punto donde se había fundado la gran Tenochtitlán. Si los aztecas la hubieran erigido sobre ese gran bloque frío, ¿habría sido otra nuestra historia? ¡Puras elucubraciones! Lo único cierto es que ese primero de diciembre, los chilangos ahí presentes, Jonathan, su familia, todos, descubrimos algo que nos subió la temperatura: que el hielo, la verdad sea dicha, nos sienta muy, pero muy bien.

milsombras64@yahoo.com.mx

Edulcorantes bizarros

No es posible negar que la experiencia en sí es una dulce ensoñación: hielo sobre la plancha del Zócalo, las navajas que surcan el blanco entre edificios coloniales: a un costado la catedral, al otro un palacio. Nada que recuerde el ruido habitual del tránsito, pero sí otro rumor: el de los 200 chilangos que patinan de manera simultánea mientras otros aguardan su turno. Espejismo al fin, la pista del Zócalo es parte de la diversión y contento efímeros que encierran los festejos decembrinos: abundancia momentánea, dos semanas para sentirse un turista dentro o fuera de la ciudad, un respiro para los agobios cotidianos entre el año que se fue y el que se avecina y, para rematar este 2007, la ilusión de un hielo vuelto pista que de suyo no frecuenta nuestra ciudad.

Contra natura resulta el “pan y circo” que nos brindan nuestras autoridades, ahora al más puro estilo canadiense, europeo o estadounidense —para que no se nos olvide la serie de complejos de los que seguimos siendo presas como buenos latinoamericanos—, y da origen a esa mezcla bizarra entre lo que sería común ver en Nueva York y nuestra consabida idiosincrasia mexicana que todo olvida mientras haya jolgorio. No es de extrañar entonces que la autoridad se haya dado cuenta, desde hace mucho, que esta clase de obsequios funcionan muy bien para distraer ciudadanos convencidos de que exigir otro tipo de obligaciones es una franca muestra de mala educación para quien nos hace un regalo.

Frente a los problemas que enfrentamos como ciudad, como país, y que además de constituir una lista siempre pendiente, siempre inacabada, gozan de una robusta naturaleza kafkiana, acostumbramos seguir importando esas versiones, en México vueltas bizarras, de lo que vemos en otros lados como los pasajeros edulcorantes, fugas, para no volvernos locos y continuar funcionando de manera “normal” en esta ciudad.

Pero no contentos con eso, revestimos las insólitas iniciativas de valores democráticos: nada de que patinar en hielo sea sólo cuestión de gente pudiente, ¡pista de hielo gigante para el pueblo!; el mismo que contribuyó, vía sus impuestos, con buena parte de esos 4 millones de pesos que costó el “regalito” navideño, y los mismos que tendrán que pagar otros 40 pesos por el par de patines y 50 minutos para sentirse cosmopolitas cuando, lo más seguro, gran parte de los que bordean la pista no lo hagan esperando turno porque ganan menos de 40 pesos al día.

¿Y qué importa si esos 4 millones de pesos hubieran podido servir para arreglar un par de calles o acondicionar algunos parques, sin duda más duraderos? México es un país tan boyante y rico que puede darse esa clase de regalos ornamentales, efímeros. A fin de cuentas, estamos en plena época decembrina y ya llegará enero y el resto del año para volver a agobiarnos.

vizania@hotmail.com

Los integrantes del colectivo La Primera Dama son: Vizania Amezcua, Juan Carlos Bautista, Adriana González Mateos y Saúl Gutiérrez.

Esta columna se une a la indignación general ante el vergonzoso fallo de la Suprema Corte de Justicia en el caso de Lidia Cacho.

 
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