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José Carreño Carlón
06 de diciembre de 2007

Semana del No: ni proyectos inevitables ni actores invencibles

Ni el No a Beltrones salva al IFE, ni el No a AMLO es su fin, ni el No a Chávez democratiza

Con traspiés, partidos mexicanos y el líder venezolano pretenden lavar cara autoritaria

Ha sido esta una semana en la que la palabra No ha presidido los titulares de los medios: el No de los votantes venezolanos a su presidente Hugo Chávez. El No a las aspiraciones de Jorge Alcocer a integrar y presidir el Instituto Federal Electoral (IFE), un golpe no sólo a este artífice del descabezamiento del IFE y de las controvertidas reformas en materia electoral y de medios, sino un tropiezo también a su impulsor, el poderoso líder de los senadores priístas, Manlio Fabio Beltrones. Y, finalmente, el No del PRD a la pretensión de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) de obligar a los legisladores de su partido a deshonrar los acuerdos alcanzados con el PRI y el PAN para rehacer (o contrahacer, en algunos aspectos) el Código Federal de Instituciones y Procesos Electorales (Cofipe).

Y si bien cada No tiene sus propios significados, también se puede anticipar un significado común a los tres. Se trata de tropiezos de hombres fuertes de la política, acostumbrados a que nadie les diga que no, y con poca tolerancia a la crítica y a la contradicción de sus acciones y deseos. Y aunque se trata también de traspiés que no alteran en mayor medida sus intereses ni sus proyectos, cada No ha producido el efecto nada deleznable de cuestionar en la percepción pública ese aplastante sentimiento de invencibles con el que los hombres fuertes pretenden perpetuar su poder y esa sensación de que sus designios son inevitables, con miras a desincentivar todo intento de resistir a sus imposiciones.

Pero tampoco hay que echar las campanas a vuelo. Porque ni el No a Beltrones rescata al IFE de la sumisión impuesta con las reformas en curso; ni el No a AMLO marcará el fin de la aventura de su “presidencia legítima”, ni el No a Chávez democratiza la vida pública venezolana. Al menos no por ahora, para usar en sentido contrario el matiz que le dio a su derrota el caudillo bolivariano.

Los analistas internacionales han hecho esta semana los más puntuales paralelismos entre las maniobras que para perpetuarse en el poder han llevado a cabo los hombres fuertes de Rusia y Venezuela, Vladimir Putin y Hugo Chávez, respectivamente. Pero faltaría completar el panorama con el análisis de México como otro país que en estos días estaría debatiéndose entre tomar o no el camino de regreso de los procesos de democratización que siguieron en casi todo el mundo a la caída del muro de Berlín a partir de 1989.

Autoritarismos en vías paralelas

Mientras que el presidente de Rusia arrolló en las elecciones parlamentarias del domingo —lo cual le permitirá cambiar a capricho la constitución de su país—, el presidente de Venezuela perdió por los pelos un referéndum sobre reformas constitucionales para darle formalidad a sus poderes ya autárquicos. Y, acá entre nosotros, los hombres fuertes de los partidos dominantes en el Congreso vieron levemente modificados sus planes. En los dos últimos casos, se trató de pequeños traspiés en los proyectos de ejercer mayores controles sobre la vida pública venezolana y mexicana.

Pero mientras Putin ha presentado el aplastamiento alevoso de la oposición como muestra de la legitimidad democrática de su régimen, Chávez y los jefes políticos mexicanos pretenden mostrar sus tropezones como pruebas de su vocación democrática.

En efecto, si la leve alteración a los planes de Chávez le ha permitido asentar a cambio que el triunfo del No en su referéndum es la mejor prueba del funcionamiento de la democracia en Venezuela, los líderes del Congreso mexicano y sus clientelas han visto en el pequeño tropiezo de la descalificación de Alcocer la oportunidad de lavarse la cara del autoritarismo con que han actuado y de asegurar que las reformas en curso no eran, entre otras cosas, traje a la medida para que el propio Alcocer encabezara el órgano electoral por él rediseñado.

El problema es que ni los procesos comiciales de Rusia y Venezuela fueron verdaderamente libres y equitativos (sometidos a controles brutales, intimidaciones, amenazas y actos de fuerza), ni los líderes de los mayores partidos mexicanos han seguido un proceso parlamentario confiable (para quienes no sean sus clientelas), sino basado en ocultamientos, fintas y filtraciones que hasta ayer por la mañana no les permitían a los ciudadanos conocer con exactitud el texto definitivo que finalmente debió someterse más tarde al pleno del Senado.

Es cierto que, a pesar de la adversidad en que actuó la oposición al No a Chávez, éste se vio obligado a aplazar (“por ahora”, como advirtió) sus planes de acabar formalmente con los últimos contrapesos a su poder autárquico y de perpetuarse en la Presidencia. Pero también es cierto que el régimen de Caracas conserva sobrados recursos de todo tipo para profundizar su proyecto de reordenamiento geopolítico de América Latina y para no tener que enfrentar obstáculos significativos en el corto plazo, de acuerdo con el acreditado reporte de inteligencia de Stratfor, dado a conocer después de referéndum.

El nuevo IFE se vuelve impredecible

De manera que si el No a Chávez no significa (“por ahora”, también) el declive de su poder ni la restauración de la vida democrática en Venezuela, el No propinado por una comisión parlamentaria mexicana al registro de Jorge Alcocer para presidir el IFE tampoco le devuelve al ente organizador de las elecciones la autonomía perdida en las reformas elaboradas por el experto desplazado (sólo “por ahora”, porque sus reformas suprimirán los impedimentos que esta vez le afectaron). Ni les impedirá a los hombres fuertes del Congreso controlar directamente el órgano y los procesos electorales, junto a la comunicación política del país.

Con todo, cada No de los recibidos esta semana por los hombres fuertes anuncia otras negativas a sus deseos, en tanto se sigue reduciendo el sentimiento de que son invencibles y de que sus designios son inevitables.

Esto está volviendo impredecible el derrotero de los nombramientos de los nuevos consejeros del IFE para sustituir a quienes los líderes de los partidos dominantes han decidido descabezar. Por ejemplo, si se le aplicó el No al poderoso líder priísta en el Senado con la descalificación de Alcocer, nada impedirá un nuevo No al deseo de un debilitado López Obrador de ver en la presidencia del IFE a su aliado el ministro de la Corte Genaro Góngora, cuyo salto de un lugar a otro se ve, jurídicamente, discutible.

Aquí es donde se abre la puerta a prospectos de independencia y solidez probadas, como el director de Derecho de la UNAM, Fernando Serrano Migallón, o la ex presidenta del IFAI María Marbán. O a juristas expertos de las nuevas generaciones, como Lorenzo Córdova de Investigaciones Jurídicas o Miguel Eraña de la Ibero. O a experimentados luchadores por la democracia como Arturo Martínez Nateras, cuyo más reciente libro, Honestidad electoral y sufragio efectivo, circula ahora por internet con un epílogo puntual de Raúl Trejo Delarbre.

jose.carreno@uia.mx

 
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PERFIL
 
José Carreño Carlón: Premio Nacional de Periodismo por artículo de fondo, director de la oficina presidencial de comunicación, son algunos datos de una trayectoria de décadas en la comunicación pública.

Profesor de derecho de la información de la UNAM y coordinador de periodismo de la Universidad Iberoamericana, realizó sus estudios de licenciatura en la Universidad Nacional y los de pos-grado en Leiden (Países Bajos) y Navarra (España)

 
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