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El Presidente mostró habilidad, talante y talento para ceder posiciones y espacios de poder a cambio de ganar gobernabilidad Para la sobrevivencia del nuevo gobierno resultó fundamental la alianza de los partidos en el Palacio de San Lázaro Si existen resultados tangibles a un año de iniciado el gobierno de Felipe Calderón —reformas al ISSSTE, fiscal y electoral—, es precisamente gracias a que las fuerzas opositoras representadas en el Congreso encontraron en la nueva administración los espacios para el ejercicio de la política, que en términos pragmáticos no es otra cosa que la aceptación colectiva, del sistema de partidos políticos, para modificar los mecanismos de competencia y acceso al poder. Eso que eufemísticamente se nos pretende vender como “las grandes reformas alcanzadas en el primer año” del gobierno de Felipe Calderón, en realidad debe ser visto como un reflejo básico de sobrevivencia de un naciente régimen que, en efecto, arrancó en medio de “momentos difíciles y de gran incertidumbre”, en los que peligraba la vida institucional de la República —como lo reconoció Calderón— y en donde el gobierno mostró habilidad, talante y talento para ceder posiciones y espacios de poder, a cambio de ganar gobernabilidad, que no es otra cosa que el consenso de la sociedad en general, y de los opositores en particular. Acaso por eso, en la ceremonia con la que celebró el primer año de su toma de posesión, el presidente Calderón hizo un reconocimiento al Congreso y a la “responsabilidad de los legisladores (que) marcó de manera muy significativa el rumbo del nuevo gobierno”. El presidente dijo que a pesar de que hace un año “parecía impensable vislumbrar siquiera el más mínimo acuerdo entre las fuerzas políticas del país… hoy el Congreso ha procesado reformas cuya trascendencia no se había observado en más de 10 años en la vida de México, con lo cual se rompió el tabú de la incapacidad crónica de los mexicanos para procesar nuestros desencuentros y avanzar en las reformas estructurales que el país necesita”. Pero fue más allá en su “agradecimiento a los legisladores” de todos los partidos. Dijo Calderón: “Se podrá estar de acuerdo o no con las decisiones del Congreso, eso es de esperarse, pero lo relevante es que las diferencias entre los mexicanos se procesan donde deben hacerlo, en la representación política… y el proceso de acuerdo seguido en materia electoral está permitiendo reconstruir el consenso general y el aval pluripartidista y generalizado a las normas y a los órganos electorales, elemento indispensable para revitalizar la gobernabilidad democrática”. ¿Cuál es la señal de fondo del mensaje que pronunció el Presidente el pasado sábado en Palacio Nacional? Primero, como ya se dijo, fue el claro reconocimiento del valor y la importancia del Congreso —y de los partidos opositores— en superar la gran crisis política, social y de credibilidad derivada de julio de 2006. Luego fue un reconocimiento a Congreso y partidos por su contribución en las tareas que evitaron el naufragio de Calderón, y en establecer las bases para “revitalizar” la gobernabilidad. Pero acaso lo más importante fue el reconocimiento de que ante los peligros que enfrentaba la vida institucional y la sobrevivencia del nuevo gobierno —marcada por la polarización política y social, descrédito institucional y amenazas reales de ingobernabilidad—, resultó fundamental la alianza de los partidos en el Congreso, y su decisión de reconstruir los mecanismos de competencia para el reparto del poder. En pocas palabras, que la confrontación política no se está resolviendo en las calles, sino en el Congreso. Hasta aquí todo parece bien en la lógica de un gobierno que arranca su gestión altamente cuestionado, con problemas de legitimidad política y social —a pesar de que legalmente es legítimo—, y en medio de una seria crisis de confianza y credibilidad. Todo parece bien si se toma en cuenta eso que para el Presidente es “la responsabilidad de los legisladores” y de los partidos en las reformas aprobadas, y que lo llevaron a asegurar cosas como la siguiente: “Pienso que en cierta forma las cosas empezaron a cambiar desde ese momento”. Pero lo que no se dice es que en buena medida el gobierno de Calderón terminó por ser rehén de la emergencia en la que llegó y arrancó su gestión, y del cálculo de los partidos políticos opositores, que se dijeron dispuestos a garantizar la gobernabilidad, sólo a cambio de jugosos “trofeos de guerra” y de una reforma electoral de la que son los grandes ganadores, incluso por encima del partido del Presidente, y de avances electorales que habían convertido a los ciudadanos en el centro del andamiaje para la disputa por el poder. ¿A qué nos referimos? Todos saben que el PRI condicionó su calidad de “opositor leal” a la entrega del gobierno de Yucatán, a la sobrevivencia del gobernador de Puebla, Mario Marín, y a cambio de la demolición del IFE y la guillotina para su Consejo General y su presidente, Luis Carlos Ugalde. En términos generales, operó un nuevo reparto de poder, en donde el IFE fue la principal moneda de cambio. El gobierno de Calderón ganó elementos básicos de gobernabilidad, su sobrevivencia, y reformas como la del ISSSTE y la fiscal, además de promesas de otras reformas importantes. En el caso del PRD —y a pesar de la postura asumida por el mesías tropical—, los amarillos fueron más ambiciosos y si bien en el discurso se opusieron a las reformas al ISSSTE y la fiscal, en la práctica las dejaron pasar, a cambio de que se les entregara una porción del IFE, la cabeza de Ugalde, el gobierno de Michoacán, reformas regresivas en el Cofipe y, muy probablemente, la presidencia del IFE. La ganancia para Calderón, de parte del PRD, fue la legitimidad de su gobierno, en los hechos, y la caída del poder fáctico de la “mediocracia”. En el fondo queda claro que todos ganaron; el de Calderón es un gobierno de resultados, con márgenes aceptables de gobernabilidad, y sin la guillotina de la crisis institucional, mientras que los partidos se quedaron con el control de las elecciones y centros estatales de poder. Sí, todos ganaron, menos los ciudadanos, que no podrán dar “gracias” al Congreso. aleman2@prodigy.net.mx
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