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    La ciudad de ayer
Homero Bazán
02 de diciembre de 2007

La persignada SA de CV

Con el reciente incidente ocurrido en la Catedral por parte de los manifestantes perredistas y su posterior inquisición por parte de autoridades episcopales, llega a la memoria la añeja costumbre capitalina de utilizar recintos o imágenes religiosas para abanderar movimientos políticos, programas, proselitismos… y como vimos recientemente, como efectiva arma manipuladora de masas para convertir en demonios a cualquiera que atente contra los intereses del Estado.

Sería durante los años 40 cuando la polémica a este respecto volvería a despertarse con las campañas iniciadas por grupos políticos, sindicatos y hasta empresas que intentaban posicionar a sus candidatos y productos en el mercado.

Como no existían (ni existen) leyes muy claras al respecto, y todo aquel que tratara de levantar la voz corría el riesgo de chamuscarse, y no por gracia del Diablo, sino por la sacrosanta indignación de los grupos de ultraderecha, durante esta década los capitalinos conocieron desde una marca de jabones adornados con la imagen de la virgen de Guadalupe, hasta movimientos de trabajadores que usaban a esta figura como parte de su nombre y propaganda.

No obstante, aunque nadie parecía molestarse por el uso que se le daba a las sagradas imágenes, algunos periodistas con clara postura laica demostraron que el trasfondo de esos grupos y empresas no era muy santo y que la finalidad de usar ese tipo de imágenes era solamente para camuflajear con “lo divino” sus verdaderos intereses.

Fue muy sonado el caso de la Asociación Guadalupana de Caridad para el Prójimo, que cada mes recorría los barrios y colonias para recolectar ropa, periódico y otros triques para los niños pobres.

Los miembros de dicha asociación incluso mostraban credenciales y repartían folletos con la dirección de su sede, especificando la amplia “labor humanitaria” que llevaban a cabo.

Un periodista conocido por ser más combativo que un boxeador con pulgas en el calzón sería quien investigaría a fondo a la supuesta asociación.

No sólo descubrió que la dirección de la sede era inexistente, sino que publicó el nombre y apellido del verdadero beneficiario o “niño pobre”, como lo bautizó. El chango se hacía llamar Eudoro Ramírez, alias El Pastor, y era el líder de un grupo parecido al de Alí Babá y los 40 ladrones. Cada mes, el susodicho y sus secuaces acudían a las casas de los parroquianos a surtirse de la ropa y tiliches que después comerciaban en los tianguis de segunda mano.

Las supuestas reuniones religiosas que organizaban y a donde acudían por lo general los habitantes de las ciudades perdidas, eran sólo una pantalla para esconder los lavados de cerebro que el susodicho realizaba con los humildes. Como quien dice, las ganancias eran limpias, los proveedores del gángster eran los parroquianos crédulos y sus trabajadores, esclavos, cuyo único sueldo era la promesa de que las puertas del cielo se les abrirían en proporción a la cuota de mercancía que consiguieran.

Sin duda, tener a los símbolos celestiales como representantes de ventas era ir a la segura. Durante esa misma década, una cantina del Centro provocó la ira de los fieles y beatos al repartir una propaganda de tarjetas que en un lado tenía impreso a San Antonio y en el otro la leyenda: “Déjame bendecirte con una copa de cortesía”. Y aunque el detalle significaba un sacrilegio para muchos, eran pocos los que se atrevían a tirar el cartoncito al suelo por temor a que les cayera la maldición de los cielos.

Entre los sindicatos que más echaron mano de la fe para lograr sus fines, se contaba el Guadalupano de Trabajadores, que en su propaganda exhibía las imágenes de una pareja mexicana, enarbolando tanto a la bandera nacional como a la virgencita. Por cierto que este grupo obligaba a sus miembros a hacer constantes peregrinaciones a la Villa y a pagar cuotas para ayudar a cuanta iglesia se encontrara dentro de su “sociedad”.

Algunos piensan que la Secretaría de Hacienda ha desaprovechado este recurso. Imagínese que en cada cédula se imprimiera junto a nuestro RFC la imagen de algún “santo patrono” con la leyenda: “Paga a tiempo hijo mío... y entrarás por la puerta ancha”. En menos de un año nuestras arcas estarían más retacadas que los fondos para la remodelación del rancho Fox o las cuentas “inexistentes” de los Bibriesca.

ciudadeayer@gmail.com

 
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PERFIL
 
Presentar a la sociedad una manera diferente de ver los barrios y la gente que habitó en ellos desde el siglo XIX hasta 1960 es el principal objetivo de Homero Bazán, quien es columnista de EL UNIVERSAL desde julio de 1999 y cursó la carrera de Filosofía y Letras.
 
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