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Republicanos y racismo
En las últimas semanas han surgido una serie de comentarios acerca del legado de Ronald Reagan, específicamente, acerca de si explotó el rechazo de la gente blanca al movimiento de defensa de los derechos civiles Infortunadamente, la controversia oscurece un tema más importante: el papel central que tuvo este rechazo en el surgimiento del movimiento conservador moderno. La trascendencia del asunto racial —y en particular del viraje de los blancos del sur de apoyar abrumadoramente a los demócratas, a apoyar abrumadoramente a los republicanos— es evidente a partir de datos electorales. Por ejemplo, todos saben que los blancos han dado la espalda a los demócratas por tener diferencias en temas como Dios, armas, seguridad nacional y otros. Pero resulta que lo que todos saben no es cierto cuando se excluye al sur del país de la escena. Como señala el científico político Larry Bartels, en las elecciones presidenciales de 1952, 40% de los blancos no sureños votaron por los demócratas; en 2004, esta cifra permaneció prácticamente sin cambios, en 39%. Han transcurrido más de 40 años desde la promulgación del Acta de Derechos de los Votantes, calificada por Reagan en 1980 como “humillante para el sur”. Sin embargo, el comportamiento de los votantes blancos sureños sigue siendo peculiar. Los demócratas ganaron decisivamente el voto popular en las elecciones a la Cámara de Representantes del año pasado, pero los blancos del sur votaron por los republicanos en una proporción de casi dos a uno. Los propios líderes del partido republicano admiten que el gran cambio del sur blanco fue resultado de una estrategia política deliberada. “Algunos republicanos renunciaron a conquistar el voto afroestadounidense, ignorando la situación o tratando de beneficiarse políticamente de la polarización racial”. Esto declaró en 2005 Ken Mehlman, ex presidente del Comité Nacional Republicano. Y Ronald Reagan se encontraba entre esos “algunos” que intentaron beneficiarse de la polarización racial. Es verdad que nunca utilizó una retórica racial explícita. Tampoco lo hizo Richard Nixon. Como lo dicen Thomas y Mary Edsall en su libro clásico de 1991, Reacción en cadena: el impacto del racismo, los derechos y los impuestos en la política estadounidense: “Reagan tuvo el mismo éxito que Nixon en construir una estrategia de gobierno que atacaba las políticas públicas enfocadas a los negros y otras minorías, sin aludir a la raza. (Esta) política conservadora tuvo el efecto de dividir al electorado con base en cuestiones raciales”. Así, Reagan repitió en muchas ocasiones la historia de “el Cadillac de la reina de la beneficencia”: una burda exageración de un fraude menor cometido contra el sistema de asistencia social del gobierno. Nunca mencionó la raza de la mujer, pero no tenía que hacerlo. Existen en la historia muchos ejemplos más de cómo Reagan utilizó tácitamente la cuestión racial para “tirar el anzuelo”. Mi colega Bob Herbert describió algunos de estos ejemplos en una columna reciente. Aquí va uno que no mencionó: durante la campaña de 1976, Reagan habló con frecuencia sobre lo molestos que debían estar los trabajadores al ver que un hombre completamente sano utilizaba cupones de comida en la tienda de abarrotes. En el sur —pero no en el norte— el usuario de los cupones fue convertido en el “vigoroso joven negro” que compraba filete. Ahora, sobre la historia de Filadelfia: en diciembre de 1979, el presidente del Comité Nacional Republicano de Mississippi escribió una carta exhortando al candidato del partido a hablar en la Feria del Condado de Neshoba, justo a las afueras del pueblo donde tres defensores de los derechos civiles fueron asesinados en 1964. Esto ayudaría, escribió, a ganarse a “los votantes que se inclinan por George Wallace”. Efectivamente, Reagan apareció y externó su apoyo a los derechos de los estados, cosa que todos tomaron como una declaración de apoyo en clave a sentimientos segregacionistas. Los partidarios de Reagan protestan furiosamente alegando que en lo personal no era un intolerante. ¿Y qué más da? Estamos hablando de su estrategia política; sus creencias personales son irrelevantes. ¿Por qué tiene importancia esta historia actualmente? Debido a que nos permite entender porque la visión de una mayoría conservadora permanente, tan ampliamente aceptada hace apenas unos años, está equivocada. El asunto es que con el tiempo nos hemos convertido en un país más diverso y menos racista. El incidente del “macaco”, en el que un insulto racial por parte del senador George Allen provocó su derrota electoral, es emblemático de la manera en que Estados Unidos ha cambiado para bien. Y como el ascenso conservador ha dependido tan crucialmente de la animosidad racial —un examen minucioso de los datos electorales muestra que la religión y los “valores” han sido mucho menos importantes—, creo que la declinante fuerza de esa animosidad cambia todo. ¿Puede la retórica antimigrante reemplazar a la política racial? No, porque moviliza al mismo pequeño grupo de blancos y aleja al creciente número de votantes latinos. Ahora, tal vez me equivoco en todo esto. Pero deberíamos poder discutir, de manera honesta, el papel que tiene la raza en la política estadounidense. No deberíamos quitar el dedo del renglón, porque no estamos dispuestos a manchar la imagen de Ronald Reagan.
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