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    La ciudad de ayer
Homero Bazán
25 de noviembre de 2007

En la segunda mitad del siglo XX, con los principales servicios aún en vías de desarrollo y la lenta consolidación de las colonias más alejadas del Centro, el ingreso diario por capitalino registrado en esas cifras “ultrasecretas” recabadas por el gobierno y conocidas décadas más tarde gracias a los hurgadores de los archivos oficiales, era de aproximadamente dos pesos. Cifra que no incluía a las zonas más marginadas y donde las obras públicas escaseaban hasta en servicios como el alumbrado, la pavimentación y ya ni hablar de los sistemas de alcantarillado y otros.

Aunque la cultura de las estadísticas aún no era parte del lenguaje político y no cumplía, como hoy, una función escenográfica para sostener iniciativas, esas cifras socioeconómicas realizadas por el gobierno con la intención de armar un nuevo censo capitalino, sirvieron para evidenciar lo alejadas que estaban de la realidad las declaraciones de muchos funcionarios, quienes se alzaban el cuello con las cifras con que operaban varios programas gubernamentales.

Aquellos dos pesitos diarios anunciados ingenuamente por algunos economistas en los principales periódicos, se convirtieron en un indicio incómodo que se adelantó a la implantación del salario mínimo como medida económica para subrayar sin miramientos el jodidismo nacional.

Para compensar el tropezón, un burócrata aplicado de apellido Miranda (de esos que fomentaron la apertura de universidades tecnócratas de filosofía neoliberal para volver tontos a los listos), entró al quite después de que dichas estadísticas se colaron hasta las redacciones y aconsejó a los funcionarios mostrarse complacidos en sus declaraciones ante el raquítico ingreso; como quien dice, en lugar de avergonzarse por el hambre del pueblo, mejor dar gracias de que era hambre y no inanición.

Sería el mismísimo Chava Flores quien se burlaría precisamente de esos famosos dos pesitos, tan celebrados por las autoridades como el ingreso mínimo de los mexicanos, y que según decían, era suficiente para cubrir los requerimientos alimenticios mínimos de una familia promedio.

Muchas mujeres apodadas “Bartolas”, de esas a las que el marido les dejaba unas cuantas monedas para que pagaran la renta, el teléfono y la luz, comenzaron a ser entrevistadas por los reporteros en los tianguis y supermercados para conocer su opinión sobre las declaraciones de los funcionarios.

La mayoría despotricaba amargamente contra esos señores que parecían que gobernaban desde la cantina y cuyos deliriums tremens les hacían imaginar sueños güajiros de lo que podía comprarse con dos pesos.

A menudo, en aquellas notas periodísticas que oscilaban entre la tragedia y el humor involuntario, se destacaba el caso de alguna dolida ama de casa, quien diariamente debía alimentar a niños pequeños y bien podría escribir un libro titulado 99 formas de cocinar arroz con frijoles (por cierto, el kilo de ambos productos sumaba en esa época un mínimo de cuatro pesos).

Y aunque en esos días todavía no habían sido popularizados por los políticos, términos como “canasta básica”, sería a causa de los reclamos populares que las autoridades retomarían algunas ideas económicas que ya existían desde el siglo XVIII, e incluso antes si se toma en cuenta los “trueques igualitarios” de los pueblos prehispánicos, y comenzarían a hablar de la necesidad de mantener a ciertos productos dentro de una “estabilidad de precios”, e incluso del posible subsidio a ciertos alimentos.

Este espinoso tema sería posteriormente aprovechado por algunos vivales de cuello blanco para iniciar todo un bonito abanico de transas oficiales que fueron coronadas con la creación de cadenas de supermercados amparados por el Estado como la famosa Conasupo con todo y su leche radiactiva.

Lo peor es que aun con el paso de las décadas, las cosas no han cambiado mucho. El salario mínimo actual, que en el Distrito Federal ya casi araña los 50 pesos, alcanza connotaciones surrealistas en una nación de contrastes tan marcados. Nuestro querido lector de origen maya, don Guillermino Cu, afirma que sus abuelos le contaban el cuento del conejo-rata.

Se pregunta cómo podría aplicarse esa historia a la realidad actual, donde más de 50 millones de mexicanos subsisten con un ingreso menor a cinco salarios mínimos (250 pesos mensuales), mientras que un solo hombre es considerado el más adinerado del planeta (y del universo, en tanto no se descubran otros mundos habitados) ¿Quiénes son los conejos y quién la rata?

 
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PERFIL
 
Presentar a la sociedad una manera diferente de ver los barrios y la gente que habitó en ellos desde el siglo XIX hasta 1960 es el principal objetivo de Homero Bazán, quien es columnista de EL UNIVERSAL desde julio de 1999 y cursó la carrera de Filosofía y Letras.
 
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