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    Bitácora Republicana
Porfirio Muñoz Ledo
23 de noviembre de 2007

La segunda transición

Casi todo se ha dicho sobre el altercado protagonizado en Santiago por un rey colérico y un presidente encendido. Asombró la interferencia francamente grosera del monarca en un diálogo al que no estaba convidado, en oficiosa defensa de su jefe de Gobierno y en evidente rechazo a las acusaciones vertidas por el dirigente venezolano contra la derecha española.

Aún más, porque desde la primera Cumbre Iberoamericana —paralela a las celebraciones del quinto centenario— Juan Carlos había actuado con la bonhomía propia de un ancestro imperial. Función que exige gran dosis de imparcialidad y de sosiego. Si en su país el rey reina pero no gobierna, en ese marco plurinacional asiste simbólicamente, pero no regaña ni menos grita.

No obstante, las simpatías acumuladas durante su desempeño en la transición española, aunadas a la campaña negra enderezada contra Chávez y su radicalismo verbal, pronto equilibraron y polarizaron los juicios. Llegó a justificarse el desplante como un “hasta aquí” indispensable a los excesos del latinoamericano. Posición asumida con fervor por nuestro compatriota Carlos Fuentes y luego por su competidor pro hispánico y neoliberal, Mario Vargas Llosa.

Fernando Savater escribió: “De ambas intervenciones, la más excusable es la del rey, caldeado por el comportamiento provocativo de Chávez”. Matizó sin embargo: “Se trata de una reacción humanamente explicable, aunque poquísimo adecuada en lo institucional”, ya que le ha correspondido “un papel casi paternal, de cabeza histórica de la comunidad iberoamericana”. También en olvido de que la presidenta efectiva del encuentro era una distinguida dama.

La tinta ha inundado la anécdota pero eludido el fondo del debate bruscamente interrumpido. Es notorio que la página web de la Presidencia del gobierno español no haya incluido el discurso que desencadenó el zafarrancho. Tampoco ha merecido mayor comentario la intervención posterior de Daniel Ortega, quien, más allá de los “estilos personales”, intenta hurgar en la sustancia de la cuestión.

El nicaragüense se refiere a una “dictadura global”, en la que “los yanquis y los europeos tienen una alianza no solamente política y económica, sino que también militar”. Añade que antes de los 80, “los españoles eran vistos por los demás europeos como ahora ven a los latinoamericanos”. Y espeta a Rodríguez Zapatero: “Vos representáis los intereses del norte, lo querrás o no lo querrás, no te podés escabullir de esa realidad”.

Sigue Ortega: “Hablas de empresa privada, pero el PSOE que conocí no tenía esa posición”; “llegaron las inversiones españolas no para ayudar a pueblos empobrecidos, sino para sacar utilidades y llevárselas. ¿Vamos a negar que hay injerencismo europeo en nuestros países?”. Ustedes “ponen las reglas y las condiciones”. “El gran error de los latinoamericanos es no unirnos para proteger nuestros intereses: ¡nos van a respetar en la medida en que nos demos a respetar nosotros!”.

El editorial de El País del día 13, “Demagogia populista”, parece responderle. “España es el segundo inversor más importante en Latinoamérica y el primero si se excluye al Brasil”. Las imputaciones de los líderes populistas contra las empresas españolas son “elementos de política interior”. “El problema de fondo es que nuestras inversiones operan en mercados regulados a su antojo por el líder en turno”.

Ya salió el peine, pero hay que buscar la cabellera. El detonador del incidente fue la acusación de Chávez contra Aznar por su participación en el intento de golpe de Estado de 2004, denunciado entonces por el propio Moratinos, actual canciller del gobierno español. Rodríguez Zapatero reclamó respeto para un gobernante “elegido por el pueblo”, lo que permitió al venezolano retrocar una y otra vez: “Dígale lo mismo a él”.

Culpas son del electoralismo, que no de la democracia. Resulta que la izquierda, para no malquistarse con los intereses económicos, se ve orillada al encubrimiento de sus adversarios políticos. Eso sugerí en un artículo enviado al diario español, que no fue publicado por falta de espacio. Subrayaba, tras la visita de Rodríguez Zapatero a México, “la dualidad entre las obligaciones del Estado español con su empresariado y los deberes de un gobierno democrático respecto de un país cuya mayoría ciudadana pone en duda la legitimidad del Ejecutivo”.

Decía: “Vivimos un escenario de guerra ideológica”. En la prédica aznariana contra “el indigenismo y el populismo” renace el talante ultramontano del franquismo que la democracia española nunca se decidió a sepultar”. Invitaba, con motivo del 30 aniversario de la reanudación, a construir “una relación más plural y simétrica entre nuestros dos países”.

Tal vez se necesite emprender una segunda transición y una reconstrucción igualitaria de Iberoamérica. No veo en esas tareas el papel de una monarquía desgastada. Le deseo a España un reencuentro con lo mejor de sí misma y con todos nosotros, incluyendo Portugal, en la invención de su nueva República.

bitarep@gmail.com

 
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