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IFE: un proceso amañado
Envuelto en celofán de transparen- cia y adornado con moñitos de “participación ciudadana”, el proceso para elegir a nuevos consejeros del IFE terminará siendo una decisión cupular de los tres grandes partidos. No será, dicen ellos, el reparto descarado de cuotas del pasado, especialmente el ocurrido en 2003, pero tampoco será un procedimiento claro y mucho menos la “consulta ciudadana” que quedó establecida en la reforma constitucional.
La “no objeción” será el método con que los coordinadores de PRI, PAN y PRD tratarán de llegar a “nombramientos consensuados”, porque ni siquiera darán voto o veto a las bancadas minoritarias. De los nombres que se inscriban —unos ingenuamente, otros por convicción y los más inducidos— sobrevivirán sólo los que interesen a los partidos. Los criterios, en teoría legales —de independencia, conocimiento y experiencia en la materia—, en los hechos y en las reuniones a puerta cerrada donde se hará la selección, darán paso a los perfiles que convengan a las fuerzas políticas.
El procedimiento, en cuanto venza el plazo de inscripción, será repasar nombre por nombre en la junta formada por los ocho coordinadores de San Lázaro. Bastará la objeción de uno de los tres grupos parlamentarios —PRI, PAN o PRD— para que un aspirante sea desechado de inmediato. Los que no tengan objeciones pasarán a una segunda lista que se irá depurando con el mismo procedimiento, intercalado con entrevistas a los aspirantes que sobrevivan, hasta llegar a tres nombres que serán electos, incluido el del consejero presidente del IFE.
Para llegar a ese mecanismo hubo fuertes diferencias y jaloneos entre los coordinadores del Senado y la Cámara de Diputados. En la reunión de cúpulas del Congreso, efectuada el martes 13 en la sede del Senado, hubo un momento en el que Héctor Larios, coordinador panista, estuvo a punto de reventar los acuerdos.
“La facultad es exclusiva de los diputados y el Senado nada tiene que ver”, sostenía el panista que rechazaba injerencia o acuerdos con los senadores en la designación de los consejeros. Sus propios compañeros del PAN, Santiago Creel y Ricardo García Cervantes, le cuestionaron su radicalismo. “No vamos a ceder y si no les gusta háganle como quieran”, dijo Larios a punto de levantarse de la mesa. Fue Jesús Murillo el que le leyó a Larios una declaración suya en una reunión previa, lo que calmó la intransigencia del panista.
Aunque en teoría partidos y bancadas no podrán inscribir nombres, la realidad es que priístas, panistas y perredistas están induciendo perfiles y personajes que les interesan, a través de organismos sociales que los inscriben. Veremos, por ejemplo, aparecer nombres como el de Jorge Alcocer, que aún comenta a sus amigos que mantiene su aspiración de presidir el IFE. Aunque en realidad el PAN y el PRD han decidido que lo objetarán para esa posición, y si acaso, el apoyo de Manlio Fabio Beltrones le alcanzará para ser consejero.
Así que nada evitará que al final, con todo el oropel de un proceso “abierto y transparente”, los partidos consumen su intención de imponer consejeros afines; eso sí, tendrán que ser al menos cautelosos, no tan burdos en su selección, si no quieren que los nuevos consejeros y el nuevo presidente del IFE lleguen bajo sospecha y se repita la costosa experiencia de una autoridad electoral cuestionada de origen.
NOTAS INDISCRETAS… En la entrega del martes 20 de esta columna, por error del que escribe, se transcribió mal una frase del discurso de la senadora Rosario Ibarra de Piedra, en el mitin del domingo en el Zócalo. Al oír la grabación de sus palabras entendí mal una de sus frases. Y escribí que ella decía: “¡Hay que ir a verlo!”, cuando en realidad, Rosario dice a la masa: “¡Hay que indagarlo!”.
El párrafo completo de esa parte de su discurso fue: “¿Será que las campanas saludan a esta Convención o querrán hacer que callen las voces del pueblo? ¡Hay que indagarlo!”. Varios lectores, a través de correos, me pidieron aclarar este punto y en aras de la verdad y la precisión a que estoy obligado, reconozco que puse una frase que no dijo la senadora. Sin embargo, también aclaro que en ningún momento hubo intenciones aviesas en esa falla. Hay diferencias, por supuesto, en las palabras, en su intención y significado. Siempre procuro usarlas con mesura y consciente de que, como diría el maestro de semiótica, el respetado Francisco Aceves González, “las palabras valen en tanto significan”. “Hay que ir a verlo” y “hay que indagarlo” son, efectivamente, frases distintas, aunque en esencia, si se revisan los significados, ambas son una invitación —que no una orden— a que la gente averiguara por qué repicaban las campanas de la Catedral de manera tan insistente durante la concentración convocada por Andrés Manuel López Obrador.
La palabra indagar, según la Real Academia Española, significa: “Intentar averiguar, inquirir algo discurriendo o con preguntas”. Sinónimos de “indagar” son: investigar, averiguar, buscar, rastrear, escudriñar, preguntar, sondear, explorar, husmear, enterarse, inspeccionar. Vista y oída en el contexto en que la pronunció, sigo pensando que la frase de doña Rosario Ibarra, a quien respeto como luchadora social, fue desafortunada e irresponsable. “¡Hay que indagarlo!”, ciertamente no es lo mismo que “hay que ir a verlo”, pero a la luz de sus palabras inmediatas “¿o querrán hacer que callen las voces del pueblo?”, fue para un pequeño grupo de radicales presentes en el mitin, un llamado a la acción, a indagar, a investigar, a explorar o husmear qué pasaba con el inusual repique de campanas. Es cierto, y lo digo por respeto a los lectores que escribieron, que no todos los asistentes al mitin de AMLO, es más, la inmensa mayoría de los que acudieron al Zócalo, no interpretaron así las palabras de Rosario. Pero está claro que entre la masa, si bien unida por una convicción y una convocatoria, hay diferencias de todo tipo, incluidas las educativas y culturales, que hacen que una misma frase sea percibida o entendida de manera distinta por cada uno de los asistentes. Puedo coincidir en que el tañer de las campanas de Catedral fue excesivamente largo y que no son convincentes las explicaciones del Arzobispado; pero justificar por eso la acción violenta de un puñado de asistentes a ese mitin sería tanto como avalar la intolerancia, la irracionalidad y la violencia como causa. En fin, reconozco mi error en el cambio de dos palabras, pero sostengo mi opinión de que hubo actitudes irresponsables de ambas partes involucradas en esta confrontación. Si alguien sabe el valor que tienen las palabras dichas frente a una masa son los políticos, sobre todo los que se han forjado en la plaza, la protesta y el mitin; el error de arengar y pedir a la gente que “indagara” qué pasaba no fue mío… Los dados repiten serpiente. Falló el tiro.
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