|
Tratado como tonto
Últimamente, el senador Barack Obama ha estado diciendo que se requieren acciones importantes para evitar lo que insiste en llamar una “crisis” del seguro social La ocasión más reciente fue en una entrevista con The National Journal. Los políticos progresistas que lucharon ardua y exitosamente contra los intentos de la administración Bush de privatizar el fruto más valioso del new deal están indignados, y con toda razón. No obstante, el error de Obama en relación con el seguro social es exactamente lo que podría esperarse de un candidato que promete trascender el partidismo en una época en la que eso no es posible ni deseable. Para entender la naturaleza de la equivocación de Obama, se necesita saber algo sobre la función especial que tiene el seguro social en el discurso político en Estados Unidos. Dentro del aparato político, hacer comentarios fatalistas sobre el seguro social —declarar que en su forma actual el programa no podrá sobrevivir a la carga de pagar las jubilaciones de la generación de la posguerra— es considerado un distintivo de seriedad, un modo de demostrar fuerza y dimensión de estadista. Considere, por ejemplo, este diálogo sobre el seguro social entre Chris Matthews, de MSNBC, y Tim Russert, de NBC, en una edición reciente del programa “Hardball”, conducido por el primero. Russert: “Todos saben que el seguro social, del modo en que está construido, no tendrá el mismo lugar la próxima generación... demócratas, republicanos, liberales, conservadores”. Matthews: “Es un mal sistema de pirámide en este momento”. Russert: “Sí”. Sin embargo, entre esos “todos” que saben que el seguro social está condenado no hay ninguno que realmente entienda los números. De hecho, toda la obsesión que el aparato político de Washington tiene con la carga fiscal que representa una población que envejece es una equivocación. Como Peter Orszag, director de la Oficina de Presupuesto del Congreso, señaló en un artículo reciente escrito junto con el analista Philip Ellis: “La situación fiscal de Estados Unidos a largo plazo ha sido en buena medida mal diagnosticada. Pese a toda la atención dedicada a los retos demográficos, como la próxima jubilación de la generación de la posguerra, la salud financiera de nuestro país de hecho será determinada principalmente por la tasa de crecimiento de los costos de salud per cápita”. ¿Cómo es que la noción más difundida está tan equivocada? Bueno, en gran medida es resultado de décadas de alarmismo deliberado sobre el futuro del seguro social por parte de ideólogos conservadores cuyo objetivo final es socavar el programa. De esta manera, en 2005 la administración Bush trató de impulsar una mezcla de privatización y recortes de prestaciones que, con el tiempo, hubiera reducido el seguro social a nada más que un enorme plan de los llamados 401 (k), en los que el ahorro depende enteramente del empleado y la empresa no maneja ni asegura los recursos. La administración afirmó que esto era necesario para salvar el programa, que según funcionarios “se dirigía a un iceberg”. Pero los verdaderos motivos de la administración eran, de hecho, ideológicos. El economista conservador Stephen Moore, conocido por su rechazo a los impuestos, puso el juego en evidencia al describir el seguro social como “el vientre (punto débil) del Estado benefactor”, y encomió el plan de Bush por encajar una “lanza” en ese vientre. Afortunadamente, las tácticas de miedo fallaron. Los demócratas en el Congreso se mantuvieron firmes; los analistas progresistas desmintieron, una tras otra, las falacias de los privatizadores; y la gente dejó en claro que quiere preservar una red de seguridad básica para los estadounidenses retirados. Ahí debió terminar todo. Sin embargo, lo que Jonathan Chait, de The New Republic, llama “derecho a la histeria”, al parecer nunca se acaba. En octubre, The Washington Post publicó un editorial criticando a la senadora Hillary Clinton por no estar en pánico por el seguro social. Y, como hemos visto, desatinos como la afirmación de que el seguro social es un sistema de ventas de “pirámide” parecen estar nuevamente en boga. Lo que nos lleva de regreso a Obama. ¿Por qué seguirle el juego a esta nueva ronda de propagación del miedo y desvirtuar una de las grandes victorias progresistas de los años Bush? No creo que Obama sea un privatizador de clóset. No obstante, es alguien que sigue insistiendo en que puede trascender el partidismo de nuestros tiempos y, en este caso, eso lo ha convertido en un tonto. Obama quería una forma de distinguirse de Hillary Clinton. Y para alguien que ha dicho que la razón por la que “no podemos resolver los grandes problemas que exigen soluciones” es que “la política se ha vuelto demasiado rencorosa y partidista”, unirse a los ataques contra la postura sobre el seguro social de Clinton debió haberle parecido una oportunidad única para sonar firme y al mismo tiempo bipartidista. Sin embargo, el seguro social no es uno de esos grandes problemas que exijan solución; es un problema pequeño, de los últimos de la lista de problemas trascendentes que enfrenta Estados Unidos, pero que de todos modos se ha vuelto una obsesión para la gente en el poder. Y tratándose del seguro social, como en muchos otros asuntos, lo que Washington quiere decir con bipartidismo es que todos deberían unirse para darle a los conservadores lo que ellos quieren. Todos quisiéramos que la política estadounidense no fuera tan rencorosa y partidista. Pero si intenta encontrar terreno común donde no lo hay —lo cual es el caso en muchos asuntos actualmente—, termina siendo tratado como un tonto. Y eso es lo que le acaba de suceder a Obama.
|