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Retorno a San Ildefonso
El doctor José Narro Robles tomará posesión mañana de la Rectoría de la UNAM y se espera dé a conocer su programa para los próximos cuatro años. Le propongo que incluya la recuperación de los más importantes edificios del antiguo barrio universitario para dedicarlos a la docencia, a su vocación original de escuelas. Hace 50 años la UNAM se mudó al Pedregal de San Ángel. Tenía entonces la mitad de alumnos y maestros y el traslado, a pesar de la distancia, era fácil cuando los vehículos circulaban con desahogo. Hoy, más de medio siglo después, el acceso a la magnífica Ciudad Universitaria se dificulta en un laberinto urbano que cubre todo el valle, trepa por las montañas, y aleja a estudiantes y maestros de aulas y laboratorios. El Metro ha sido la gran ayuda y el segundo piso sobre el Periférico también, pero no solucionan el problema de la lejanía, la complicación vial y el crecimiento incesante de la ciudad. En el centro quedaron edificios de la UNAM que han tenido una suerte desigual: están subaprovechados como museos, lugares eventuales de congresos, seminarios, cursos de capacitación, reuniones esporádicas con fines culturales, artísticos o académicos. La Fundación UNAM alquila esos inmuebles para financiar programas de rescate de los propios edificios, digitalización de la biblioteca y hemeroteca nacionales, y becas para buenos estudiantes en mala situación económica. Pero todos estos impresionantes palacios y casas de materiales nobles esperan un mejor destino. A mí me parece que deben volver a ser las escuelas que fueron. Parto de la perla de la corona, el viejo edificio de San Ildefonso que Benito Juárez destinó desde 1867 a la Escuela Nacional Preparatoria. Tiene tres patios y entradas por Justo Sierra y San Ildefonso. El patio grande podría mantenerse como museo, con el marco de los murales de Rivera y Orozco, el salón El Generalito y el anfiteatro Bolívar y su acceso por la puerta de Justo Sierra. Los otros dos patios tienen en sus tres pisos las aulas vacías, como esperando el retorno de alumnos y maestros que podrían usar la puerta de San Ildefonso cercana al Carmen por donde entramos y salimos generaciones de preparatorianos, evadiendo, maestros y alumnos, los escobazos de don Trini, a quien la edad no le impedía cumplir sus deberes de portero cuidadoso de que no estorbáramos el paso. Esa puerta, misma del bazucazo en el 68, podría volver a abrirse sin problema. La corona tiene otras gemas: el Palacio de la Autonomía en Licenciado Verdad, construido sobre el convento de Santa Teresa la Antigua, del siglo XVII, obra remodelada a fines del XIX. Desde su balcón esquinero se proclamó la autonomía universitaria y durante décadas fue escuela de Odontología y luego Preparatoria. Su vista es hacia las ruinas del Templo Mayor. La escuela de Jurisprudencia que fue convento de Santa Catalina de Siena en el siglo XVI, ocupa la esquina de San Ildefonso y Argentina. La escuela de Economía en República de Cuba 92 fue construida hace 100 años por la familia Ortiz de la Huerta con cantera gris y basamento de piedra oscura. La escuela de Medicina frente a la plaza de Santo Domingo fue tribunal del Santo Oficio desde 1736. Tiene un anexo en el ex colegio de los hermanos maristas que se destinó a laboratorio de la facultad, “despojado de toda reliquia escolástica y de toda filosofía de rutina”, dijo Justo Sierra. La Academia de San Carlos fundada en 1791, donde fray Juan de Zumárraga había establecido el Hospital del Amor de Dios en el siglo XVI, alojó la Escuela Nacional de Artes Plásticas y la Facultad de Arquitectura entre Soledad y Moneda. El templo de San Agustín del siglo XVI, donde estuvo la Biblioteca Nacional, esquina de Uruguay e Isabel la Católica, pertenece a la UNAM desde 1929 y está vacío desde el traslado de su medio millón de libros, manuscritos e incunables a Ciudad Universitaria. El Palacio de Minería en Tacuba 5, frente a El Caballito, ambas obras de Manuel Tolsá, una como arquitecto y la otra como escultor, albergó durante muchos años, en sus cinco patios, la ex capilla, biblioteca, galería de rectores y salones del director y de actos, unido todo por una de las escaleras más elegantes de América. Habría que mencionar también al ex convento de San Pedro y San Pablo, en la calle Del Carmen, donde estuvo la hemeroteca antes de ser llevado su acervo al Pedregal. Todos estos edificios y otros menores están restaurados y en perfectas condiciones. Han recuperado la plenitud de su belleza con todas las ventajas y comodidades de la ingeniería moderna. Mi propuesta al rector es muy clara: devolverles el uso para el que fueron creados o adaptados. Salones de clase con las mismas carreras que en cada una de ellas se seguían, con el mismo nivel académico del campus del Pedregal. Acudirían los estudiantes del centro y norte de la ciudad, evitándoles el trayecto de 40 kilómetros entre los cerros de La Villa y las faldas del Ajusco, la vida de las escuelas se reflejaría en el entorno del Centro Histórico: volverían librerías junto a la Porrúa que sigue ahí, sola, desde hace 100 años, fondas, papelerías, cibercafés, hospederías, médicos y boleros. La Casa del Estudiante frente al jardín del Carmen, volvería a ser alojamiento de alumnos foráneos. Las calles del Centro, libradas de sus tiendas al aire libre recobraron amplitud y belleza. Entre los planes del gobierno del Distrito Federal está expulsar de los pisos altos de vecindades céntricas las bodegas y mercancías que los ocupan para restaurar su uso original de viviendas. Volverían cines y teatros. La vida urbana. Repoblar el Centro como propósito fundamental de su recuperación se lograría en menos tiempo. La Universidad en el mejor momento de su historia, puede tener otra Ciudad Universitaria en el sitio de su fundación hace cuatro siglos y medio. No se reduce a gesto simbólico el regreso de la cultura superior a su lugar de origen y residencia tradicional, entre los otros poderes que de hecho o por derecho gobiernan México. Gratuita, popular, laica. El contrapeso al Zócalo.
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