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DF: ciudad colapsada
La capital del país se aproxima a la parálisis debido a la saturación de automotores El gobierno capitalino es incapaz de resolver los nudos que ocasionan las constantes obras El Distrito Federal, todos lo saben, es la mayor concentración urbana del país y una de las mayores del mundo. Pero lo que no todos saben, en especial aquellos mexicanos que tienen la suerte de vivir y trabajar fuera de la llamada zona urbana, es que la capital del país se aproxima al colapso total, a la parálisis, debido a la saturación de automotores, la insuficiencia y deterioro de sus arterias vehiculares y, por si fuera poco, a la total anarquía en la programación y logística de las obras viales que se realizan por distintos puntos de la ciudad capital. En la década más reciente los capitalinos se acostumbraron —nos acostumbramos— a hacer sencillas las otrora difíciles ecuaciones para calcular las distancias en tiempo, tomando en cuenta factores clave como el tráfico vehicular —para los que viajan en automotores—, y la caótica irregularidad con la que se programan las rutas del servicio de transporte, sea público o privado, y los imponderables como los fines de semana que coincidían en quincena, los puentes vacacionales y otras variables. Salir a la calle, en automóvil privado, en taxi, o en transporte colectivo, público o privado, significa diseñar mentalmente una carta de navegación en la que están en juego esos y muchos otros imponderables. Así, los capitalinos expertos en esas complicadas operaciones podían medir el tiempo que invertirían en cruzar la ciudad de un lado a otro —de norte a sur, este a oeste o con las referencias de las principales salidas de la ciudad—, o si tenían que pasar por infiernos como el de Indios Verdes, el Centro Histórico o la calzada Zaragoza; si debían transitar por colonias saturadas de escuelas —como la Del Valle—, o por los pudientes barrios de Polanco y la Condesa; si debían viajar en una de las muchas rutas del Metro —algunas de ellas, como la 1, 2 y 3, verdaderos vejestorios— o esperar pacientes que la micro cubriera a tiempo la ruta asignada. Un esfuerzo ciudadano inédito en otras partes del mundo. Pero ese calvario —en su expresión literal—, que había sido asumido como parte de los imponderables de la gran ciudad, se ha trastocado de manera radical en los años recientes, a causa de un conjunto de fenómenos sociales, políticos, económicos y urbanos. A la relativa estabilidad económica que llevó a la industria del automóvil a ofrecer crédito a todo el que lo pidiera —con la explosión legítima de miles de mexicanos que ven en la compra de un automóvil un logro aspiracional—, se confrontaron políticas públicas de los gobiernos del Distrito Federal —sobre todo el anterior—, que no invirtió un solo peso en transporte público y que prefirió el culto al automóvil, como los segundos pisos del Periférico. A la contradicción de los dos fenómenos anteriores —a un mayor número de automóviles correspondió la parálisis de la ampliación del transporte público—, se sumó el deterioro de la infraestructura urbana, y un crecimiento y ampliación de vialidades que siempre va por detrás de la demanda de más calles, avenidas, puentes —más amplias y mejor equipadas—, que han convertido a la capital del país en un verdadero infierno para desplazarse de un lado a otro, por cercano o lejano que sea el destino elegido por los capitalinos. Ya era común que millones de trabajadores debieran invertir dos o hasta tres horas para llegar a su destino laboral por las mañanas, y otro tanto por las tardes para regresar a sus hogares, cuando se trata del transporte público, y distancias similares cuando se habla de automóviles privados. Pero en los meses recientes, la contradicción entre más automotores, poca y deficiente oferta de transporte público, el lento crecimiento de vialidades, una regulación inexistente en donde cada quien hace lo que le place y una planeación urbana caótica, han llevado a la ciudad de México al borde del colapso. Resulta aterrador para los capitalinos el inicio de la temporada de lluvias, el regreso a clases, el fin de semana que se empalma con los días de quincena y, sobre todo, los puentes de descanso largos, como el que vivimos hoy con motivo del aniversario de la Revolución Mexicana. Los pasados jueves, viernes y sábado —parte del inicio del puente largo—, y hoy lunes, que es el regreso de los días de asueto, son el mejor ejemplo del colapso que en materia de vialidad vive la ciudad de México. En los tres primeros días citados, abandonar el valle de México por cualquiera de sus cinco salidas de mayor demanda —Cuernavaca, Puebla, Pachuca, Toluca o Querétaro—, resultó literalmente u-na odisea —y lo será hoy durante el regreso—, en la que los automovilistas privados y aquellos que viajaron en transporte público foráneo debieron invertir, en promedio, hasta cinco horas para cruzar las casetas de cobro. Se podrá argumentar lo que se quiera; desde el desbordado número de automotores, hasta el “puente largo”. Pero lo cierto es que las autoridades del Distrito Federal han sido incapaces de resolver un problema que ya empieza a dar signos de colapso, sea en vialidades primarias, salidas de la ciudad, transporte público y rutas concesionadas. Pero además, el gobierno capitalino es incapaz de resolver con eficacia y sentido común los nudos que ocasionan las constantes obras, indispensables y urgentes, pero que se realizan en una total anarquía. Dos perlas. La construcción del Metrobús en Insurgentes Norte, y la reparación de un puente en Viaducto Tlalpan. El viernes y el sábado pasados sólo se podía transitar por un carril de los ocho disponibles. ¿Y Marcelo Ebrard? ¿Dónde está el jefe de Gobierno? ¡Claro, está gobernando! Prefiere las escaramuzas con el gobierno de Felipe Calderón y preparar los festejos del “legítimo”.
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