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    La ciudad de ayer
Homero Bazán
18 de noviembre de 2007

En los vendavales del tiempo. A través del viejo catalejo de recuerdos de quienes han habitado esta vieja urbe desde hace varias décadas, no puede quedar ausente la imagen de los numerosos chiquillos que se abrían paso por las calles de aquel barrio de la niñez para hacer girar con una vara alguna llanta de bicicleta o para rodar aquel neumático abandonado por alguna pendiente, para después, como el personaje mitológico de Sísifo, volver a subirlo hasta la cumbre.

Mucho antes de que la televisión llegara a imponerse como la ama y señora de las neuronas de la niñez de todo el mundo, los infantes de antaño solían inventar juegos con cualquier elemento que estuviera a su alcance. No importaba si eran algunos trebejos de madera, una botella, algunas corcholatas o una caja de cartón, para el ingenio de aquellas generaciones, que afortunadamente crecieron sin videojuegos, no existía ningún límite.

A inicios del siglo XX, las llantas fueron de gran atractivo para los pequeños diablillos de los barrios, quienes con algo de imaginación las transformaban en protagonistas de sus juegos, a menudo relacionados con las famosas carreras de autos que ya desde los años treinta se narraban por la radio, despertando al piloto que muchos llevaban dentro.

Por aquellos tiempos, era común ver en colonias como Tacubaya, la Obrera o la Hidalgo, a alguna horda de niños dándole vuelo a media docena de llantas viejas para ganar una imaginaria carrera alrededor de la cuadra.

No faltaba el escuincle que se consagraba como campeón del barrio y que organizara su club de futuros pilotos, quienes debían cumplir con las reglas de oro de toda elemental masonería infantil: ser leales a la camiseta, nunca hacer trampa a algún compañero con cerrones en las esquinas, no tratar de lucirse con la niña que le gustaba al jefe, pero sobre todo, estar siempre prestos para emprender la huída en caso de que alguna llanta se saliera de control y se estampara contra un puesto de frutas o se metiera como bólido al zagúan de algún edificio, justo cuando iba saliendo doña Francisca, la enojona viuda beata del barrio.

Numerosas fotografías inmortalizaron la tradición infantil de reciclar para los juegos aquellos neumáticos inservibles que eran abandonados por los conductores en los camellones y terrenos baldíos.

Lo único malo, según recuerda don Rodolfo Santoni, quien a mediados de la década de los cuarenta solía tener su club de corredores de llantas en las calles aledañas a la plaza de Santo Domingo, era que la mayoría de los compañeros no tenía un lugar para guardar su maravilloso y redondo juguete de goma.

Según recuerda don Rodolfo, tras negociar infructuosamente con su madre en numerosas ocasiones para que le permitiera guardar su llanta en el corredor del departamento o en la cocina, solía dejarla tapada con periódico en el fondo del zaguán de su edificio, ubicado en la calle de Brasil.

Lo malo es que tanto él como sus compañeros debían correr a menudo tras los trabajadores de limpia, quienes recogían sus tesoros por orden de alguna vecina entrometida.

El reemplazo de la llanta de confianza podía cambiar para siempre la suerte de un ávido corredor. El señor Santoni recuerda haber derramado lágrimas cuando al regresar de la escuela no se encontraba con su imaginario carricoche de carreras con tanta historia estampada en sus surcos.

En adelante, junto con sus compañeros, solía depositar sus llantas en uno de los portales de la plaza al cuidado de un amable viejo que respondía al nombre de don Javier, y quien las utilizaba durante la noche para detener la lona con la que cubría su puesto de evangelista.

Entre las anécdotas que nuestro lector recuerda con más nostalgia, se cuenta la de su pequeño amigo Octavio, quien junto con él, era uno de los mejores llanteros de la colonia y lamentablemente murió de pulmonía a la edad de 12 años.

Desconsolados, los miembros del club de bólidos de la Plaza de Santo Domingo interrumpieron cualquier carrera durante semanas. El día que finalmente se animaron a recoger nuevamente las llantas con don Javier, todos sintieron un nudo en la garganta al contemplar el negro cilindro de su amigo Octavio.

Aquella noche, “como en un ritual tribal”, afirma Rodolfo Santoni, decidieron que la llanta nunca podría ser corrida por otro piloto, por lo que decidieron prenderle fuego y dejar que rodara por la solitaria calle hasta perderse de vista. Nuestro lector sólo recuerda la imagen de aquel luminoso cilindro abriéndose paso entre la negrura de la madrugada, llevándose parte del espíritu de su amigo.

Gracias a nuestros amables lectores por la confianza de compartir con nosotros sus anécdotas más personales. Poco a poco les iremos dando cauce en este espacio.

ciudaddeayer@gmail.com

 
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PERFIL
 
Presentar a la sociedad una manera diferente de ver los barrios y la gente que habitó en ellos desde el siglo XIX hasta 1960 es el principal objetivo de Homero Bazán, quien es columnista de EL UNIVERSAL desde julio de 1999 y cursó la carrera de Filosofía y Letras.
 
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