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Año desastroso para el PAN, ¿triunfal para Calderón?
PAN-gobierno: perdido en la traducción de su fobia anti-PRI al código de cogobierno pro-PRI Michoacán, vía cardenista al rescate del PRD; el rey español entra al debate de la izquierda Para el PAN, el primer año del gobierno panista de Felipe Calderón fue electoralmente desastroso. Hasta antes de las elecciones del domingo pasado, la explicación más socorrida para esta debacle partía del comportamiento del líder nacional de ese partido. Heredada por Fox a Calderón, la jefatura panista de Manuel Espino ha sido de confrontación abierta con su propio gobierno, lo mismo en políticas públicas que en decisiones de partido. A esta explicación se han agregado los costos electorales de las denuncias contra los excesos patrimonialistas en el ejercicio del poder atribuidos a Fox y a sus familiares. Pero tras estas últimas elecciones del año, la explicación transitó a la especie de que el gobierno panista de Calderón podría estar detrás de las derrotas del PAN, o al menos podría estar obteniendo beneficios de ellas. Se escribe por ejemplo que el Presidente le habría impedido a su partido explotar las vulnerabilidades del PRI (en Puebla, en este caso, antes en Oaxaca) a cambio de conservar su alianza con ese partido en el Congreso federal. Y se argumenta asimismo en favor de la ventaja que esperaría también Calderón de su (supuestamente) deseada o inducida derrota panista en Michoacán, porque le abrió el paso a un PRD institucional cuyo candidato triunfante a gobernador se ha opuesto a la extravagancia de AMLO de mantener el no reconocimiento al Presidente en funciones. Estas y otras explicaciones pueden (y parecen) tener diversos grados de respaldo en los hechos. El problema es que unas y otras abonan en la percepción de la prueba no superada por los gobiernos surgidos del PAN tanto en la relación con su partido, como con el Congreso y con los imperativos de la gobernabilidad, al lado de las luchas por mantener o conquistar el poder. Como ejemplos de lo anterior, durante su gobierno Fox se mantuvo en campaña de imagen personal dentro y fuera de su partido a costa todo: de la cohesión del propio partido; de las posibilidades del gobierno para alcanzar acuerdos con el Congreso; de la gobernabilidad, que llegó a lesionar en grados de alto riesgo, y de la conservación del poder por su partido, lograda por los pelos y probablemente más a pesar que gracias al activismo presidencial. Mientras que Calderón, de acuerdo con las nuevas versiones de las derrotas panistas, obtiene acuerdos con el Congreso y afirma la gobernabilidad a cambio de inhibir a su partido, de propiciar la consolidación de los enclaves de poder de los demás partidos, de entregarles a los líderes parlamentarios minoritarios del PRI el control del órgano electoral federal, de las elecciones de los estados y de algunos contenidos básicos de los medios de comunicación, así como la expectativa de cederles ya la operación del gobierno —dentro de la “reforma del Estado”— y de adelantarles una suerte de garantía de reconquista del poder presidencial en las siguientes elecciones. PRI-gobierno: atracción y fobia Para hacer frente al liderazgo adversario de Espino como primera entre las explicaciones del declive de su partido, el remedio parece estar a la vista con la elección el mes próximo de un líder leal al proyecto de Calderón, como Germán Martínez. Pero quedan por descifrar los problemas de fondo de la relación de los partidos en el poder con sus gobiernos y viceversa. En este caso, falta por resolver la ecuación PAN-gobierno. Dentro de una cultura política nutrida de fobias contra la política realmente existente, así como de estereotipos y resquemores antigubernamentales, entre los que destaca un atavismo de más de medio siglo contra el llamado PRI-gobierno, el PAN-gobierno se sigue viendo tan “perdido en la traducción” de las funciones de la oposición a las del gobierno como Bill Murray en Japón, en la famosa película de ese título. Menos divertido, ciertamente, pero igualmente confundido. Ante la orden de AMLO a los legisladores del PRD de no concurrir a las tareas de cogobierno propias del peso de su representación en el Congreso, y ante los titubeos o francas acciones de zapa de algunos de los más prominentes congresistas de su partido, el gobierno panista se ha visto atraído por los grupos parlamentarios del PRI a una singular forma de cogobierno, con la misma fuerza de la fobia histórica alimentada contra el partido de los gobiernos posrevolucionarios desde el nacimiento del PAN en 1939. A un año de ese cogobierno, están por verse los efectos de haberle dado vía libre a la consolidación de los enclaves estatales de poder de los competidores del PAN, de haberle entregado a los jefes parlamentarios el control de las autoridades electorales del país y, por esa vía, de la comunicación política permitida a través de los medios, así como la distribución clientelar de buena parte del presupuesto. Ello, para no hablar de la promesa —que ahora le cobran a Calderón— de cederles las decisiones básicas del gobierno bajo el modelo del llamado “Gobierno de Gabinete”, que por lo pronto se ha traducido en una forma de cogobierno en el que el socio minoritario, el PRI del líder del Senado, ha terminado por imponerle sus condiciones al gobernante PAN del Presidente de la República. El saldo electoral del año es apenas el enganche de los costos a pagar: el PRI le quitó al PAN el gobierno de Yucatán, conservó el de Sinaloa y ganó mayorías de alcaldías y congresos locales en Aguascalientes, Durango, Chihuahua, Zacatecas, Oaxaca, Veracruz, Puebla y Tamaulipas. El PAN sólo conservó el gobierno de Baja California y posiciones locales en Tlaxcala. Y el PRD conservó los gobiernos de Chiapas y Michoacán. La prueba del 2009: mal augurio A este paso, para 2008 no se vislumbran avances del PAN en gobiernos, congresos ni alcaldías en Baja California Sur, Quintana Roo, Hidalgo, Nayarit, Coahuila ni Guerrero. Pero sobre todo se ciernen los peores augurios para la elección legislativa intermedia de 2009 con su significado de reprobación o refrendo del mandato presidencial, al tercer año del sexenio, una prueba que se ha equiparado con la reelección al cuarto año para un segundo periodo presidencial en Estados Unidos. Superar o reprobar esa prueba significará además para Calderón contar o no con una mayoría más confiable en el Congreso para depender menos de las (gravosas) condiciones impuestas por el voraz cogobernante del PRI. Por lo pronto, otros puntos a registrar de la agenda de la semana serían el resultado electoral de Michoacán, que marca la vía cardenista al rescate del PRD; la providencial ausencia de Calderón en el territorio comanche en que se convirtió la Cumbre Iberoamericana, y la entrada del rey Juan Carlos de España al debate de la izquierda mexicana, con costos de opinión pública y electorales previsibles para el bando que, también previsiblemente, se está alineando en favor del “callao” Hugo Chávez. jose.carreno@uia.mx
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