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    La ciudad de ayer
Homero Bazán
11 de noviembre de 2007

Como no cabemos de contentos por haber recibido más de 2 mil correos electrónicos de nuestros amables lectores desde que hace cinco meses nos ocupamos de los mitos y leyendas que desde el siglo XVIII se tejen en el imaginario colectivo de nuestra gran ciudad, el día de hoy retomamos y ampliamos por petición de los seguidores de La ciudad de ayer, el mito del duende de los Viveros de Coyoacán, del que escribimos hace año y medio en este mismo espacio.

La leyenda fue difundida como verdadera en el desaparecido diario El Heraldo de México, y más tarde en una desaparecida revista sensacionalista, donde incluso se publicaron fotos de supuestos testigos (con todo y circulito amarillista, y que hoy rescatamos), además del testimonio de una testigo que aseguraba haber tenido contacto con un duende vagabundo y malencarado que habitaba en los terrenos de los Viveros de Coyoacán.

Con los sucesos de 1968 aún recientes y la guerra sucia librándose en todos los frentes del país, muchos vieron en aquello una buena nota de color para calmar los pesares, y al igual que la leyenda del Chupacabras iniciada por el productor “telerrisivo” (y corrosivo) Federico Wilkins para distraer los pesares del error de diciembre, desde locutores de radio hasta cómicos de televisión y columnistas políticos echaron mano del famoso mito del duende de los Viveros, para hacer chascarrillos colorados o alegorías sobre algún funcionario escurridizo.

Al igual que aquel cuento chino aparecido en los tabloides ingleses a principios de siglo, en el que un par de niñas afirmaban haber tenido contacto con hadas y hasta mostraron fotografías trucadas para probarlo, en abril de 1971 una señora ya entrada en años llamada Virginia Escamilla narró cómo al pasear por los solitarios senderos de los Viveros de Coyoacán, cruzó frente a ella un duende de menos de 30 centímetros, con barba espesa y ataviado con pantalones cafés y "una especie de guayabera del mismo color".

Según recordaba la testigo, un calor combinado con cosquillas se apoderó de todo su cuerpo y sintió la necesidad de hincarse y elevar un Ave María, mientras la pequeña criatura la miró con curiosidad por más de un minuto, para después perderse entre los matorrales.

Por supuesto, más de uno se carcajeó y otro tanto creyó fielmente en esos testimonios, fue así como la leyenda urbana se deslizó con sus propias ruedas durante algunos meses y hasta amenazaba con alcanzar la fama de otras historias mágicas de aquel viejo barrio, como la de la mujer-espanto con cara de coyote, que se aparecía en la calle de Francisco Sosa, o los espectros del callejón del Aguacate.

La mencionada nota informativa, adornada con mucha licencia por parte del reportero, sería enriquecida a su vez por los padres de familia, quienes junto con sus vástagos visitaban aquel legendario parque creado en los terrenos donados por el ingeniero Miguel Ángel de Quevedo, y por donde, se dice, las huestes del mismísimo Hernán Cortés solían subir hacia el viejo molino de Loreto, donde el conquistador se proveía de costales y provisiones para su casa y cuartel. Algunos se lanzaron con cámaras fotográficas a la casa del duende y algunas como las de hoy se colaron a la prensa.

Muchos niños se entretenían merodeando por los senderos de los viveros, buscando huellas del mentado duende o algunos de sus objetos personales, porque bien es sabido que tales criaturas cargan con bolsas o lanzas, y a lo mejor en un descuido, hasta el gorro dejaban olvidado junto a una minibotella de alipús. hecho con polvo de estrellas, ¡claro!

Algunos estudiantes maloras de las escuelas aledañas agarraban al compañero más vaciado del grupo y le gritaban a alguna chamacona “¡Mira, aquí está tu duende del terror!”, mientras que entre los visitantes más crédulos solía gestarse el llamado “efecto del monstruo del lago Ness”, que consiste en confundir (a la manera del nunca bien ponderado Jaime Maussán) cualquier perico-perro con un ente sobrenatural.

Cada vez que se movía un arbusto en forma sospechosa o una de las cientos de ardillas cruzaba como bólido rumbo a su escondite, no faltaba el chistoso que afirmara que era el duende travieso que andaba rondando, o bien haciendo pipí.

Hasta los más escépticos volteaban una segunda vez a donde había movimiento, por aquello “del no dejar”. y no faltó el artista callejero, según recuerda nuestro estimado colega Camarena, que plasmó al duende en forma maligna con ojos rojos y dientes afilados, adelantándose a la leyenda de Chupacabras, utilizada como distractor social después del error de diciembre.

Pero ni aun con los fieles adeptos a las mitologías europeas de gnomos, hadas y goblins, el duende de los Viveros de Coyoacán sobrevivió al invierno, y fue uno de esos raros mitos chilangos que no llegaron para quedarse.

Llegado 1972, con el gris panorama del cada vez más represor gobierno de Luis Echeverría, los habitantes de la ciudad no tenían tiempo para fantasías. y entre el silencio forzado de las muchas injusticias que eran justificadas por el mote de “seguridad nacional”, aquel personaje de los cuentos se mudó a tierras lejanas, donde todavía hubiera ciudadanos que pudieran transformarse por un instante en niño.

 
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PERFIL
 
Presentar a la sociedad una manera diferente de ver los barrios y la gente que habitó en ellos desde el siglo XIX hasta 1960 es el principal objetivo de Homero Bazán, quien es columnista de EL UNIVERSAL desde julio de 1999 y cursó la carrera de Filosofía y Letras.
 
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