|
Los dilemas regionales
Tras una semana de intensos intercambios con el segmento intelectual y la clase política de América Latina reencontré la tragedia mexicana, hecha de incompetencia, imprevisión y pequeñez. Los sucesos de Tabasco, la tierra que “no ha acabado de secarse” —como dijera Pellicer—, muestran el anverso físico de una ruina moral: el patético concurso por una recompensa mediática entre aquellos mismos que encarnan la punible responsabilidad de no hacer. Asistimos al espectáculo, difícilmente sostenible, de un poder público gibarizado e impotente frente al empuje de la naturaleza —acumulado por decisiones políticas irreflexivas— que pudiera ser el anuncio del desbordamiento social. Convendría mesurar los torrentes caudalosos de la inconformidad popular y actuar en consecuencia, sobre todo en vísperas de un centenario aleccionador. En contraste, la búsqueda de soluciones posibles a problemas semejantes es la constante de nuestra región. Acabo de conversar telefónicamente con Álvaro Colom, presidente electo de Guatemala, a quien hace meses acompañé en su lucha. La derrota del militarismo remanente abre en ese país la oportunidad de una reconciliación civil, de inspiración social-demócrata e impulso claramente desarrollista. Concurrí en Quito al 50 aniversario de la FLACSO, cuyo Consejo Superior preside nuestro compatriota Francisco Valdés Ugalde. Auténtica fiesta de la academia y excepcional vehículo de integración intelectual y humana. Más de mil 500 participantes, de diversas procedencias, edades y jerarquías, en debates secuenciados durante tres jornadas inagotables sobre los temas más acuciantes del devenir latinoamericano. Las preocupaciones centrales pasan por los movimientos sociales e indígenas, la descentralización política y la participación ciudadana, los sistemas de partidos y los regímenes políticos, las evoluciones recientes en los países andinos, las migraciones, las rutas del narcotráfico, la comunicación social y la regulación de los medios electrónicos. Me correspondió intervenir en el encuentro final sobre la integración de América Latina, en compañía de Luis Maira y de Rodrigo Borja. Quedó en claro que no es válido hablar hoy de fragmentación regional, como lo sugería el título alternativo de la mesa. Por diversas vías concurren procesos unitarios, sean de conectividad geográfica, complementación económica o hegemonía ideológica. Ocurre que transcurren en pistas diferentes, que no los vuelven compatibles: por una parte, los esquemas institucionales, como el SICA, el Caricom y el Mercosur, y por otra los proyectos políticos, tan circunstanciales como pueden serlo el ALBA, el Unisur y hasta el Plan Puebla-Panamá. Propuse que el Grupo de Río encomendara una evaluación estricta sobre la vigencia y funcionamiento del más de un centenar de organismos regionales y subregionales existentes, y que convocara después a una conferencia con objetivos refundacionales. Somos a fin de cuentas los mismos estados que hemos suscrito los instrumentos respectivos y que sostenemos las burocracias correspondientes, cuyos objetivos muchas veces se han extraviado o son obviamente redundantes. Enseguida, habría que definir las áreas prioritarias de la integración global, entendida como la suma de integraciones parciales, y determinar los tiempos y métodos para la reconstrucción del andamiaje institucional. En prolongada plática con el ex presidente Borja, invitado —aunque todavía no aceptante— para conducir Unisur, concluimos que el empeño es viable, a condición de atenuar todo género de excesos y alcanzar en países clave la gobernabilidad democrática. Ese día fue publicado el proyecto de nueva Constitución del Ecuador que contiene, en formato extenso, la expresión legal de reiteradas demandas ciudadanas. Sobre todo por lo que hace a derechos humanos y sociales, rendición de cuentas y órganos constitucionales autónomos, aunque preserva el régimen presidencial clásico. En breve charla con el presidente Rafael Correa, sugerí la utilidad de someter el texto al debate latinoamericano. Me trasladé posteriormente a Lima, con el propósito de recuperar el legado del APRA y de mi querido Víctor Raúl Haya de la Torre. En conversación con el último sobreviviente de los fundadores, Armando Villanueva, subrayamos la necesidad pragmática de mantener una política de principios contra toda adversidad. Con el presidente Alan García trazamos un mapa cuidadoso de las tendencias políticas regionales, que ya no se debaten entre democracia y dictadura, sino entre los intentos transformadores de gobiernos radicales y los empeños de crecimiento económico con estabilidad política y razonable distribución de la renta. En todos los foros estuvieron presentes los retos que enfrentan nuestras incipientes democracias en el cuarto menguante de la era neoliberal y los límites insalvables de la concentración del poder en que se fundan los regímenes populistas. Éstos debieran, como lo hicieron en su tiempo Lázaro Cárdenas, Getulio Vargas y Juan Domingo Perón, generar sistemas políticos incluyentes y durables, más allá del efímero poder personal. Se estima que la integración regional exige no sólo una estricta definición de intereses comunes, sino la compatibilidad de estructuras y parámetros políticos que conduzca a una consolidación democrática compartida. bitarep@gmail.com
|