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La esposa incómoda
En julio de 2004 Sara Silver, la reportera del Financial Times que exhibió las malas cuentas, la opacidad y los excesivos gastos administrativos de la fundación Vamos México, recogió en círculos de la élite mexicana una visión severa, implacable, de la mujer del presidente: “Una provinciana sin educación, cuya ambición sobrepasa sus capacidades; que trata de controlar la agenda del Presidente, las designaciones de sus colaboradores y, como contrapartida, decisiones que favorecen a sus amigos y donantes de su fundación”. Los abusos del poder no se originaron con su llegada a Los Pinos. Desde su paso por el gobierno del estado de Guanajuato abusó de su cercanía con el gobernador Fox, pagando lujos y caprichos menores con dinero público. Pero aquellas resultaron minucias una vez que, tras una boda furtiva, se convirtió en la esposa del Presidente. La señora Sahagún mostró una rara apetencia por el poder y lo ejerció de manera gozosa, incluso intentó convertirse en la sucesora de su marido, pero no entró en sus cálculos el reconocimiento de los límites que imponía un régimen incipientemente democrático, con equilibrio de poderes, transparencia, medios de comunicación más críticos y el escrutinio de la sociedad. El toallagate debió haber sido el primer llamado de atención. Carlos Rojas Magnon, el administrador de la casa presidencial, resultó el chivo expiatorio, aunque no sería difícil imaginar que los gastos excesivos en la remodelación, el equipamiento y los enseres de “las cabañas” hubieran sido definidos por quien entonces se desempeñaba como coordinadora de Comunicación Social, pero ya mantenía una relación con el jefe del Ejecutivo. Desde Los Pinos se utilizaron recursos públicos, personal pagado por los contribuyentes, equipo de comunicaciones y transporte al servicio de la fundación de la esposa del Presidente. No hay forma de evitar la confusión entre lo público y lo privado. Hasta ahora el tráfico de influencias ha sido menos notorio que el repentino enriquecimiento de “los muchachos Bribiesca”, Manuel y Jorge, amparados en la protección de la madre y la bendición de su padre, quien respondió con total descaro a las reporteras Anabel Hernández y Areli Quintero: “¿Se acuerdan de los hijos de Miguel de la Madrid? ¡Hacían lo que querían! Si mis hijos no aprovechan las relaciones que tienen ahora por ser quienes son, serían pendejos” (La familia presidencial). No ha resultado claro a cambio de qué los amigos de Manuel Bribiesca Sahagún se beneficiaron de sus gestiones para obtener contratos de obra pública y concesiones, al estilo de Raúl Salinas, Mr. Ten Per Cent. Pero conforme pasan los días surgen más evidencias del manejo impropio de la señora Marta, sus hijos y los hermanos del ex presidente. Al mismo tiempo, crece el número de quienes buscan deslindarse de la ex “pareja presidencial”. Un caso relevante es el de Lino Korrodi, el verdadero amigo de Fox, quien rendirá testimonio ante la comisión legislativa encargada de investigar al ex mandatario y será citado por el Ministerio Público federal como parte de una averiguación previa en contra de Fox sobre posible tráfico de influencias, abuso de autoridad y enriquecimiento ilícito. En los años del PRI fueron evidentes los excesos de la familia presidencial: esposas como María Izaguirre de Ruiz Cortines o Carmen Romano de López Portillo; hijos como Alfredito Díaz Ordaz o Jorge Alemán Velasco; hermanos como Maximino Ávila Camacho o Raúl Salinas de Gortari; yernos como Salim Nasta, casado con la hija de Díaz Ordaz… Eran los tiempos de la presidencia imperial y la complicidad póstuma, cuya única excepción tuvo lugar durante la administración de Ernesto Zedillo. Cerrado el ciclo con la alternancia en el Ejecutivo, parecía que se clausuraban las vías de la impunidad y el pacto de silencio. No ocurrió así. Vicente Fox ofreció que al concluir su mandato se iría al rancho de San Cristóbal a montar a caballo y a cuidar a sus nietos. Lejos de eso, ha decidido mantenerse en el escándalo. Para algunos, se trata de un hombre honesto pero dócil con las mujeres: su madre, su primera esposa, ahora Marta. Pero, ¿cómo librarlo de la responsabilidad por haber tolerado lo que era del dominio público?
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