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Es imposible no amarlo. Con sabiduría y generosidad, Jacques d’Amboise, sabe llevar ligero el manto que lo envuelve como hombre leyenda del ballet, coreógrafo, maestro y fundador del National Dance Institute (NDI) en Nueva York. Ser el responsable de que la danza, la música, el teatro y el canto se hayan alojado en las aulas de esta ciudad, no le impide ser un hombre sencillo, como son los verdaderos humanistas. Así lo demostró en su reciente y primera visita a México, invitado por el Consorcio Internacional Arte y Escuela (ConArte), a fin de visitar las escuelas donde éste hace funcionar el programa Aprender con Danza, así como de dar a conocer el inicio de un diálogo intercultural entre escuelas de la ciudad de México y las de Nueva York, a través del arte. Por ello, D’Amboise sabe atender por igual al hombre que empuja un carro de basura en la calle, quien le grita: “¡Hey, usted, gracias por hacer lo que hace por mi hijo en la escuela!”, o bien negociar con grandes hombres de negocios o presidentes. En sus 30 años de existencia, el NDI ha hecho bailar a más de 2 millones de niños y niñas en Estados Unidos, ya que su trabajo se extiende a varias ciudades. D’Amboise es un ser agudo, preciso y riguroso, a la vez que impredecible, ya que tiene por principio, ser fiel a su gran capacidad de apreciación, asombro y emoción, así como atender su intuición y sentido común. Nacido en 1934, bailó profesionalmente desde los ocho años. Discípulo de George Balanchine, quien diseñó coreografías para él, fue el primer bailarín del New York City Ballet, desde donde convivió con grandes figuras, lo cual no le impidió ir a Broadway, convertirse en actor o en director de cine. Sabio y autodidacta en su formación académica, ha recibido varios doctorados honoris causa, la beca MacArthur y otros muchos premios. Forma parte de la Academia de Artes y Ciencias de los Estados Unidos, pero ello no le impide cantar ya sea en la calle o en un avión, recordar poemas, hablar de los pequeños detalles. Descubrir a la gente en su dimensión humana y darse tiempo para escribir una carta llena de afecto para Nahui, mi hija. En el Jardín Botánico de Santo Domingo, en Oaxaca, se da tiempo para observar la grana cochinilla, símil de la sangre de los pueblos indígenas derrotados en la Conquista, o bien reconocer la estructura del maíz, y entender que Oaxaca es el centro de Mesoamérica. En San Agustín disfruta a todos los y las presentes, la sopa de guías, el mole de amarillito y también la posibilidad de que Aprender con Danza llegue a ese municipio. Mientras esperábamos un avión retrasado, no dudó en pedirme la traducción de un poema y luego hacer un eco con él, a fin de establecer un diálogo binacional, bilingüe y multicultural, como el que ahora inicia entre las escuelas públicas de la ciudad de México y Nueva York. Ese poema, dicho a dos lenguas en la mayoría de los lugares que visitó dice: ¡Paz!, ¡Paz! Fuimos mecidos con música. No importaban los tempos. Tal vez rápido, tal vez despacio. No sabíamos cuánto amábamos bailar. Tanto, que ahora queremos mantenernos en el escenario, ¡Para siempre! El movimiento siempre viene de algún lado. No parte de la nada, dijo a los alumnos de la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea. Es necesario siempre tener claridad y conciencia acerca de la geometría del cuerpo, de las tres dimensiones del cuerpo, para saber hacia dónde se dirige el movimiento en el espacio. Para ello, puso a los alumnos a realizar movimientos con los ojos cerrados, a revisar las bases de dicha geometría y a romper la rutina de bailar siempre bajo la misma estructura rítmica. Cuando se baila, el universo mismo está buscando un nuevo orden, dice D’Amboise. La música y la danza, señaló a los niños de la Secundaria 6, Carlota Jaso, nace de la explosión del universo. Los planetas nacieron y empezaron a girar. Nació la danza. La música y la danza surgieron para buscar siempre un nuevo orden. Cada cosa en el universo está hecha de elementos. Por ello, cada pequeña parte del cuerpo es importante. Al bailar, la intención en cada elemento tiene que ser perceptible para el público. Es así como se puede transmitir emoción y transformar la experiencia del espectador. Sin embargo, dice, para aprender se necesita disciplina y él la aplica: revisa, corrige, comparte el logro de los adolescentes en los ritmos. Hace música y crea danza con los nombres de los maestros de ConArte: I-ván, I-ván, I-ván, I-ván, Ka-ri-na. Juega con el movimiento de las manecillas del reloj. Encontrar un lugar en el aula es importante para cada niño o niña. Pero necesitamos romper con las líneas estáticas que la escuela tiende a crear. Las líneas verticales, dice a los maestros de ConArte, bailarines y músicos familiarizados con la metodología del NDI, tienden a hacer muy rígido o militarizado el movimiento. Hay que crear otro formato, hacer entradas al salón creativas, aplaude la entrada de los alumnos de la maestra Claudia Vázquez y el maestro Gerardo León al piano. No podemos mentir a los niños, tenemos que ser honestos con ellos y no dejar que sigan bailando si lo están haciendo mal. Es mejor insistir y hacer equipos para que mejoren. El niño de más atrás es el más importante, por eso insiste en cambiar los frentes de la clase. Así, el último queda al frente y el de enfrente va atrás automáticamente. En la escuela Rodolfo Menéndez disfruta el mambo de los niños del sexto grado, bajo la dirección de las maestras Mariana Caballero, Gabriela Enrique y Jade Coronel. Una aceleración del movimiento vuelve más contundente la coreografía. Los niños y niñas, en el patio de la escuela, sonríen al sentirse seguros de que han producido un nuevo orden que tiene flujo, cadencia, energía. Solo podemos ofrecer a los niños lo que amamos y por eso ustedes enseñan danza y música, dice a los maestros de ConArte reunidos para recibir un taller por parte de D’Amboise. El aula de danza debe crear un ambiente de confianza y afecto, de preferencia en silencio, para que la voz del maestro de danza no compita con la escucha musical, aún cuando los niños tengan miedo o no quieran bailar. No puedo resumir la riqueza de sus enseñanzas. Desde el poder del gesto, hasta la necesidad de incorporar personajes. A los niños les cuenta trabajo aprender a moverse en su lugar y a controlar el tiempo y el espacio. Cuando hablamos, dice, tenemos un flujo continuo, un ritmo y una cadencia. La danza y la música deben tenerlos también, porque al lograrlo, están aprendiendo a controlas sus emociones y su entorno. No hay papeles más difíciles de cumplir que el ser padres. Pero si hay otro papel difícil es el de ser maestro, dice Jacques d’Amboise a los papás y las mamás de los niños que participan en el programa Aprender con Danza, en la escuela Rodolfo Menéndez. Sus hijos pasan la mayor parte del tiempo con los maestros, por eso es tan importante que los maestros tengamos amor y pasión por enseñar, aparte de los conocimientos especializados. Al final del diálogo, los padres de familia se levantan uno a uno a dar las gracias a Jacques d’Amboise, a los y las maestras de ConArte. Atrás están las imágenes de padres de familia, funcionarios de la SEP, representantes de fundaciones privadas y maestros de aula bailando junto a los niños, conducidos por Jacques, Jenny Seham y los maestros de ConArte. Cuando salimos de la escuela, sus ojos y de paso los míos, se vuelven cristalinos. ¡Nunca he visto más dignidad y esperanza en el futuro que en los rostros de estos papás y mamás!, dice Jacques, no encontraría otro lugar en el mundo donde quisiera estar ahora. Con esta visita de Jacques d’Amboise y de Jenny Seham, maestra de danza que formó a los maestros de ConArte en la metodología del NDI, a partir del convenio firmado entre estas dos instituciones hermanas, se inicia un diálogo entre culturas, entre escuelas, entre lenguas, entre ritmos y cadencias que habrán de movilizar las emociones y crear nuevas formas de entendimiento entre México y Estados Unidos. escritoenvozalta@gmail.com
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