|
El pionero
Desde el 8 de octubre, José Luis Calva Zepeda alcanzó lo que buscaba: celebridad.
Lamentablemente, este hombre de 38 años, que se dice actor, dramaturgo, poeta, novelista, no alcanzó la fama por sus dotes de escritor, sino por los crímenes en que está involucrado, tres asesinatos y dos descuartizamientos, por los que se le procesará por profanación de cadáver, ya que el Código Penal del DF no contempla el delito de canibalismo que también se le achaca.
“Tengo pulmones enfermos, corazón grande, huesos frágiles, nariz profunda. Bebedor de mezcal sin gusano, canoso por herencia, grande de bolsillo y escaso de propiedades... pero rico espiritualmente, sexual desde mi juventud, tardía madurez, admirador de la belleza de la mujer, platónico”, son los adjetivos con los que Calva se describe.
Quienes conocieron primero sus andanzas, la policía que lo detuvo cuando investigaba un olor nausebundo que salía de su departamento, y los medios de comunicación, lo definen de otra manera: Poeta Caníbal o Caníbal de la Guerrero”.
Desde hace tres semanas, el nombre de Calva se ha reproducido en China, Inglaterra, Alemania, Estados Unidos, toda América Latina y, por supuesto, México, pero nadie expone sus cualidades artísticas sino los aspectos trágicos de su vida, como del abuso que sufrió de niño, o los cómicos, como la molestia que le causaba que una de sus víctimas lo considerara un “objeto sexual”, según sus propias palabras.
Detenido, sometido al escarnio, Calva podrá presumir de ser el primero en una categoría: la de asesinos caníbales, como el estadounidense Jeffry Dahmer, con quien lo comparan las autoridades.
|